No sé si todo está peor que antes o todo está como ha estado siempre, puede, que como ocurre tantas veces, todo vaya por barrios. Hemos vuelto a tener una acampada en la Puerta del Sol, como la de hace quince años, que ha desplazado otras noticias que hasta hace nada copaban titulares. Ahora es Sol y el nuevo decreto (los dos). Ya lo dijo Virginia Wolf, todo es efímero como el arco iris. Supongo que ella quería referirse a los mejores momentos de la vida, pero la fugacidad es aplicable a todo.
Y hablamos de la Puerta del Sol y de nuevo es todo blanco o negro, a favor o en contra, como en tantos otros temas donde nadie escucha al de enfrente, porque cada uno se atrinchera en su opinión y no hay vuelta de hoja, y todo esto me recuerda a la película que fui a ver este pasado fin de semana, que también está o estaba hasta ahora como noticia en todas partes, y por todas partes todo el mundo opinando sobre ella. Sí, seguro que lo has adivinado, fui a ver La bola negra.

He ido a ver La bola negra y me ha encantado. Me ha encantado, me ha emocionado, me ha conmovido, y me ha hecho pensar sobre muchas cosas, y también recordar a muchas personas que están y otras que ya se fueron. El caso es que antes de ver la película ya había escuchado y leído multitud de opiniones de personas que ya la habían visto y curiosamente de otras que no, pero que también tenían su opinión. Pasa, no es ninguna sorpresa porque vamos por la vida cargados de opiniones que no estamos dispuestos a cambiar, vamos cargados de prejuicios por la vida. Y aplicado a una película, antes de verla ya sabemos (o creemos saber) si nos va a gustar o no.
Y así, da igual de qué opinar, se va formando un ambiente, en el que estamos inmersos desde hace mucho tiempo, donde no hay espacio para escuchar a aquellos que piensan de manera diferente a como pensamos nosotros.

Se habla de polarización y se habla de cancelación de voces (basta recordar lo sucedido en el festival de Granada hace unos días), y todo parte de los prejuicios, de esas opiniones que habitan dentro de nosotros como si fueran inamovibles, como si fuera imposible cambiarlas.
No escuchamos. No miramos. O sí, escuchamos y miramos para confirmarnos en nuestras ideas. No hace falta más que echar un vistazo a un debate de los tantos que hay para confirmar que nadie escucha a nadie, porque cada uno tiene su verdad, y claro, si tienes la verdad, para qué vas a escuchar al que no la tiene. Y todo es tan cansado.
Debería ser obligatorio escuchar de vez en cuando a los que piensan de manera diferente, leer o ver películas que nos confronten con lo que pensamos, que tampoco es obligatorio cambiar de opinión, pero al menos sabremos que lo que pensamos lo hacemos por nosotros mismos, no por ósmosis.
Afirmaba el filósofo alemán Gadamer que la experiencia estética es una forma de autocomprenderse, que el arte nos permite comprendernos mejor a nosotros mismos ya que la obra de arte modifica siempre al que lo experimenta, pero para que esto suceda, uno tiene que llegar sin ninguna opinión preconcebida, o si la tiene, dejarla apartada a un lado.
En tiempos de tanta polarización, de tanto blanco y tanto negro, de tanta opinión cierta, miro el arte aún con más esperanza, como si fuera lo único que nos queda, como si siempre hubiera sido lo único que nos quedó (quizá no lo único, pienso también en la naturaleza)
No creo que esta época sea peor que las que nos precedieron, el problema es cuando empiezas a ver que todo se repite una y otra vez, será la edad o que he leído mucha historia, demasiadas novelas o he visto demasiadas películas. Es triste, pero a veces es todo tan predecible que aburre, la realidad se hace cansina e insoportable. Pero como decía Nietzsche, tenemos el arte para no morir de la verdad. Un libro, una película, ir a un museo, el arte no va a transformar de inmediato la sociedad, dijo Paul Auster en una de sus entrevistas, ni va a evitar que los niños sufran hambre, pero el arte abre las mentes y los corazones de las personas. Mi recomendación, ve a ver La bola negra. Y si no, date un paseo por el campo. Quizá hasta puedes hacer las dos cosas.

