Madrid es sinónimo de calor extremo en verano. De abanicos y sombras, de terrazas con sistemas de nebulización. Las altas temperaturas no solo condicionan la vida de quienes viven en la capital, también la de quienes trabajan al aire libre. Entre ellos están los guías turísticos, como Cristina López Regueiro, que ha tenido que adaptar horarios, recorridos y hasta su forma de acompañar a los visitantes para minimizar los riesgos.
“Es verdad que la temporada baja en Madrid es justamente ahora, julio y agosto. Aunque con un turismo creciente en la capital, es cada vez menos baja.”
Aun así, intenta convencer tanto a las agencias como a los clientes para que las visitas se realicen a primera hora de la mañana o a última de la tarde, aunque eso suponga trabajar fuera de su horario habitual.
“Las agencias extranjeras suelen pensar que la hora más calurosa en Madrid es de doce a tres de la tarde. No tienen en cuenta el tramo hasta las seis de la tarde, que aunque el sol no esté tan alto, el problema es el calor residual del suelo en zonas sin árboles. Por lo que intento evitar a toda costa esos horarios, que en realidad es casi toda una jornada laboral”.
Cuando el calor aprieta, los museos y los monumentos se convierten en un refugio perfecto para los grupos y permiten hacer una pausa antes de continuar el recorrido.

Aunque no existe un protocolo específico para los guías turísticos, considera que la prevención pasa por aplicar el sentido común. “No hay nada específico que no sea el cuidado que debemos tomar como cualquier otra persona. Beber agua, ir con ropa cómoda, llevar algo de comer en el bolso/mochila, evitar las horas de calor (aunque como he comentado, esto último no siempre se puede llevar a cabo) e intentar en la medida de lo posible ir por la sombra. Y hacer paradas, no llegar a los límites de cada uno”.
Antes de comenzar cualquier recorrido, también establece una serie de pautas con los visitantes. “Al inicio les informo de que intentaremos en todo momento ir por la sombra, les pregunto al comenzar si llevan botellas de agua y que cuando pasemos por alguna fuente, les indicaré que pueden rellenarlas/beber. Les pido que me avisen ante cualquier atisbo de mareo, que no aguanten: es una visita para disfrutar, no una prueba de fondo.”
Se ha convertido en una experta en sombras para poder desarrollar sus explicaciones, forma parte de su rutina, igual que preguntar con frecuencia si el grupo necesita parar o entrar en algún establecimiento para comprar agua. “Y es algo que creo que es instintivo en todos los guías: preguntar cada tanto si van bien, si necesitan entrar a comprar algo en bazares… Hay que tener en cuenta que para nosotros está haciendo mucho calor. Pero los grupos de ciertas nacionalidades generalmente no están acostumbrados para nada a estas temperaturas, por lo que lo sufren bastante más.”
Aunque nunca ha tenido que atender a ningún turista por un golpe de calor, sí ha visto cómo otros guías han tenido que recurrir a los servicios sanitarios. “Sí tengo compañeros que han tenido que llamar al servicio sanitario. Y ocurre incluso dentro de museos/monumentos. En estos casos, se suele avisar al auxiliar de sala. Generalmente, el group leader se queda con la persona.”

Ella misma también vivió un episodio de agotamiento el verano pasado. “Aunque sí que me ha pasado a mí. El año pasado, cuando llegó el calor, me confié. Estuve pendiente del grupo, sombras, agua… pero no llevaba ni azúcar o sal para mí y me había quedado sin agua. Menos mal que fue al final de la visita. Me senté antes del fundido a negro y una mujer del grupo me dio agua y una galleta. Si ya lo tenía presente hasta entonces, a raíz de ese momento fui mucho más consciente de la importancia de cuidarse en esta profesión.”
Trabajar a cuarenta grados la deja más cansada, con el cuerpo hinchado y con menos energía de lo habitual. “Parece que una se acostumbra más o menos al calor. Más o menos. O que aprendes a mentalizarte. Sin embargo, lo notas con el paso de las semanas. Terminas más cansada y se necesita más tiempo de recuperación porque no son solamente las horas de visita. Sino al llegar a casa y se notan los pies, las piernas y los brazos más hinchados, lo cual puede agravar otros asuntos de salud derivados de nuestro trabajo. Aunque no lo parezca a priori, ser guía necesita de mucha energía. Hemos de estar pendientes de otras personas, mientras intentamos explicar nuestra ciudad, hacerles disfrutar. Si ya vienes abotargada de semanas atrás y añades que las noches casi no refrescan como antes, por lo que no descansas bien, y sigues trabajando a 37 y 40 grados.”
El calor también ha cambiado algunos de los recorridos habituales por el centro de Madrid. “Si es una visita a medio día hasta bien pasada la tarde, procuro no cruzar la Puerta del Sol, por ejemplo. Es un punto clave de la ciudad, pero a esas horas el sol cae a plomo y el calor sale del suelo. No hay tregua. A no ser que el recorrido continúe hacia Cibeles o Neptuno, explico la plaza desde la calle Arenal. Incluso cuando con el tour haya que cruzar, explico ahí y al pasar por el Kilómetro 0 y el Oso y el Madroño, les señalo que es lo que he explicado previamente. Los grupos entienden que es por su bien. De hecho, lo agradecen.”
De cara al futuro, cree que el sector turístico tendrá que seguir adaptándose a un escenario marcado por el aumento de las temperaturas. “Algunos sugieren promover el turismo en el centro en vehículos, por ejemplo, lo cual no haría sino agravar más el problema. Además de que una ciudad como Madrid no lo permite (por la peatonalización del centro, las calles estrechas, entre otros). Y bien está así, ya que considero que se debe disfrutar recorriéndola a pie.”
Y reclama más espacios verdes en el centro de Madrid. Cruzar la Puerta del Sol en pleno agosto es un acto de fe. “No pensado para el turismo sino para reducir el estrés climático de los propios madrileños.”

