Lo llaman un verano adelantado, pero lo que está viviendo Europa estos días es algo más. Lo que hasta hace pocos años se consideraba excepcional empieza a convertirse en una nueva normalidad climática. Temperaturas extremas en primavera, noches tropicales en mayo, récords históricos pulverizados y un impacto sanitario que ya supera ampliamente al de muchos otros riesgos sociales tradicionalmente percibidos como más graves.
La advertencia lanzada por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) de Naciones Unidas no deja lugar a la duda. Según sus previsiones, existe un 86 % de probabilidad de que antes de 2030 el planeta registre un nuevo año récord de temperatura global. Y el récord podría llegar mucho antes: incluso en 2027, impulsado por la posible llegada de un episodio especialmente intenso de El Niño.
Lo verdaderamente novedoso en este aumento de las temperaturas es la velocidad, la anticipación estacional y, sobre todo, cómo el calor está revelando una fractura social cada vez más visible.
Tres veces más muertes que los accidentes de tráfico
El calor extremo provoca ya en Europa muchas más muertes que fenómenos tradicionalmente asociados a grandes crisis públicas. Solo en 2024, las altas temperaturas causaron en la Unión Europea aproximadamente tres veces más muertes que los accidentes de tráfico, 16 veces más que los homicidios y miles de veces más que el terrorismo. Sin embargo, el calor sigue sin percibirse socialmente con la misma gravedad.

El gran peligro es el efecto acumulativo sobre personas vulnerables, mayores, enfermos crónicos o ciudadanos que viven en viviendas mal acondicionadas. El estrés térmico agrava patologías cardiovasculares, respiratorias y renales hasta disparar la mortalidad. Y ahora el problema ya no se limita al verano.
Qué son las “cúpulas de calor”
El gran protagonista meteorológico de 2026 está siendo la llamada cúpula de calor, un concepto cada vez más frecuente en las revistas científicas. Aunque suene casi apocalíptico, se trata de una situación atmosférica dominada por altas presiones persistentes que actúan como una especie de tapa gigante sobre el continente.
Cuando esto ocurre, el aire desciende desde capas altas de la atmósfera y se comprime, calentándose todavía más. El resultado es una combinación extremadamente peligrosa: cielos despejados, ausencia de viento, acumulación progresiva de calor y temperaturas nocturnas anormalmente elevadas.
Estas noches tropicales, cuando los termómetros no bajan de 20 ºC, son precisamente uno de los factores que más preocupan a epidemiólogos y autoridades sanitarias. El cuerpo humano necesita enfriarse durante la noche para recuperarse del estrés térmico acumulado durante el día. Cuando eso no sucede, aumentan drásticamente los riesgos cardiovasculares y respiratorios.
España, Francia y Reino Unido han vivido en mayo temperaturas propias de julio avanzado. Londres ha superado los 35 ºC, Francia activó alertas inéditas para esta época del año y varias zonas de nuestro país están rozando los 40 ºC cuando ni siquiera hemos iniciado el verano.
La desigualdad también mata
Un estudio europeo ha concluido que las diferencias sociales provocan más de 100.000 muertes adicionales al año relacionadas con el calor y el frío en Europa. La investigación, basada en datos de 654 regiones europeas entre 2000 y 2019, demuestra que factores como la pobreza energética, la dificultad para mantener la vivienda climatizada o la desigualdad de ingresos aumentan enormemente la mortalidad asociada a temperaturas extremas.
Los investigadores estiman que si toda Europa tuviera niveles de desigualdad similares a los de las regiones más igualitarias del continente, podrían evitarse cerca de 110.000 muertes al año. Las regiones más pobres suelen tener viviendas peor aisladas, menos acceso a refrigeración, más exposición laboral al exterior y sistemas sanitarios más tensionados. El cambio climático, por tanto, no afecta a todos por igual.
Calor extremo más allá del sur
En España, el episodio que estamos viviendo esta semana deja otra señal especialmente preocupante. El calor extremo ya no es exclusivo del sur peninsular ni de los meses centrales del verano. Ciudades del norte como Bilbao, Pontevedra u Ourense registran temperaturas superiores a los 30 ºC, algo especialmente problemático en zonas menos acostumbradas a estos valores y peor adaptadas urbanísticamente.
La humedad del Cantábrico agrava además la sensación térmica. Cuando el sudor se evapora peor, el cuerpo pierde eficacia para refrigerarse y el riesgo fisiológico aumenta. Los datos del sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III muestran que la mortalidad atribuible al calor se concentra especialmente en mayores de 65 años, y aún más entre quienes superan los 85. En el verano de 2025 se contabilizaron en España 3.832 muertes atribuibles al calor, un 87,6 % más que el año anterior.
Los científicos insisten en que Europa se está convirtiendo en uno de los epicentros mundiales del calentamiento global. El continente aumenta su temperatura aproximadamente 0,56 ºC por década desde mediados de los años noventa, más rápido que cualquier otra región del planeta. ¿Estamos preparados? La nueva realidad climática está redefiniendo el tiempo atmosférico y, de paso, poniendo a prueba los sistemas sanitarios, las infraestructuras urbanas y la capacidad de las sociedades para proteger a los más vulnerables.








