Opinión

La revolución de una generación sin futuro

Francia
Un manifestante ondea la bandera francesa mientras se producen enfrentamientos con la policía antidisturbios
Efe
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La Generación Z ya comprendió que su futuro económico (en líneas generales) es materialmente imposible. De eso va la protesta en Francia y en muchas otras partes. Protestan porque no tienen nada que perder. Es el comienzo de la revolución de los Centennials o Gen Z: jóvenes nacidos después de 1997. Intentemos entender sus causas, al menos en lo que respecta a su base espontánea, más allá del vandalismo (infiltrado o no), que condenamos venga de donde venga.

La promesa central del capitalismo es que el esfuerzo tiene recompensa, y que el trabajo garantiza vivir cada vez mejor. Y así fue para la generación del baby boom (mayores de 62 años), nacidos durante el auge del capitalismo de posguerra. El paradigma estaba claro: estudiar, trabajar duro en un empleo estable, comprar una vivienda propia, asegurar una jubilación digna y vivir mejor que la generación anterior. Además, el crecimiento económico y los impuestos bien recaudados financiaban un Estado de bienestar que garantizaba salud, educación accesible y movilidad social ascendente. Pues, dicho paradigma ya perdió vigencia. Y los zetas lo saben.

-FOTODELDÍA-PARÍS (Francia), 17/10/2026.- Un automóvil arde en la plaza de la República mientras estallan enfrentamientos entre manifestantes y la policía durante una protesta contra el aumento del coste de la vida y los recortes en los servicios públicos en París, Francia, el 17 de octubre de 2026 EFE/YOAN VALAT
Un automóvil arde en la plaza de la República mientras estallan enfrentamientos entre manifestantes y la Policía
EFE/YOAN VALAT

Ahora los jóvenes, por muy bien formados que estén, se enfrentan a la precariedad económica con sueldos estancados que no crecen al mismo ritmo que la inflación real y el encarecimiento de la vida. Comprar una vivienda o incluso alquilar, se ha convertido en un lujo cada vez más inaccesible. Trabajar ya no garantiza independizarse, y mucho menos acumular riqueza. Por eso a menudo se les acusa de falta de esfuerzo o ambición, pero la realidad es que juegan a un tablero donde las reglas cambiaron. El coste de la vida sube mucho más rápido que los ingresos, mientras que los gobiernos, fuertemente endeudados, se hacen cada vez más ineficientes.

Los boomers, convencidos del mérito individual

El problema es que la opinión pública sigue siendo moldeada por los ganadores de este juego: los boomers. Una generación ciegamente convencida de que el mérito individual es el único motor del éxito, y que le cuesta admitir que su propia prosperidad fue un producto irrepetible de circunstancias históricas favorables, y no de una superioridad moral o un mayor esfuerzo. Para ellos la pobreza o la precariedad actual no son fallas del sistema, sino culpa exclusiva del individuo. Esta desconexión les impide ser empáticos con lo que está pasando, incluso tratándose de sus nietos. Al haber disfrutado de un ascensor social que funcionaba a pleno rendimiento, hoy miran desde su éxito y bienestar a una juventud a la que juzgan livianamente de “falta de cultura del esfuerzo” o “cristal”.

Tirana
Manifestantes se enfrentan a los antidisturbios durante una manifestación estudiantil en Tirana, Albania
Efe

Por su parte, la Generación X (1965–1980), está atrapada en una pinza histórica. Aunque lograron disfrutar al menos de los coletazos del paradigma heredado, hoy muchos se acercan a una doble carga estresante: la de unos padres más longevos que sus patrimonios y con unas pensiones en peligro, y la de unos hijos pocos capaces de emanciparse, amenazados por la destrucción de empleos por el avance implacable de la inteligencia artificial. Los Millennials (1981–1996), en cambio, decidieron romantizar su propia precarización, disfrazándola de “libertad” y “flexibilidad” en el marco del falso emprendimiento en la gig economy. No tienen patrimonio ni quieren tenerlo, porque se refugian en el altruismo (buenismo), con causas simbólicas y abstractas como el cambio climático o las batallas culturales. Se dedicaron a salvar el planeta y a derribar estatuas, mientras sus contratos de miseria y freelancismo (llamado coworking) se multiplicaban. Una huida hacia adelante para evadirse de su realidad económica y reinterpretarla en clave de éxito, con la ayuda, claro está, de las redes sociales.

PARIS (France), 19/10/2026.- A French firefighter responds to a street barricade burns as clashes between riot police and demonstrators continue for the second day during nationwide protests against the high cost of living in Paris, France, 18 October 2026. (Protestas, Francia) EFE/EPA/MOHAMMED BADRA
Un bombero francés responde a un incendio en una barricada callejera.
EFE/EPA/MOHAMMED BADRA

Pero la Generación Z (1997–2012) ha acabado con ese espejismo y ha vuelto a colocar la economía en el centro del debate político. Entendieron que sin seguridad material no hay libertad posible, y por eso salen a la calle para protestar contra un sistema insostenible que les robó el futuro. Y si bien los hechos que acaparan el centimetraje mediático son lamentables y condenables, el trasfondo del malestar y el origen de las protestas son lógicos y legítimos, por lo que conviene entenderlos. Su instinto los hace comprender que la pasividad y la inercia solo garantiza una muerte lenta desde el punto de vista de su bienestar. Porque, además, no hay propuestas políticas que planteen soluciones realistas y viables. Por el contrario, los populismos de ambos extremos solo pretenden usurpar su frustración para beneficio particular.

El reclamo: poder vivir bien del trabajo

Ni la agenda woke ni la agenda nacionalista resuelven el problema económico, al contrario, lo agrava. La primera por aumentar el gasto público en formato clientelar e ideológico, y la segunda por espantar el bono demográfico y las aportaciones ya indispensables de los migrantes trabajadores. El péndulo político seguirás moviéndose de un lado a otro, sin que nada cambie, mientras el reclamo seguirá intacto: poder vivir bien del trabajo, como antes. Incluso, vivir cada vez mejor, como prometía el capitalismo. Si ahora se comienza a hablar de los temas reales del comer, en vez de avivar el guerracivilismo cultural, habrían tenido sentido estas protestas. Ojalá el sistema las sepa canalizar y digerir, para auto reformarse. Que el poder tome nota, antes de que sea demasiado tarde.

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