Opinión

Los carteles

María Dabán
Actualizado: h

En general, soy muy fan de los carteles y de algunas pintadas que muchas veces demuestran el ingenio de la gente. Me gusta, por ejemplo, ese reclamo escrito en la pizarra a las afueras de un establecimiento en el que ponía: “Tenemos cervezas más frías que el corazón de tu ex”. Los bares, en general, dan mucho juego para este tipo de cosas. En Madrid, cerca de la puerta del Sol, hay una mítica taberna en la que todavía puedes ver en la pared una placa que pide no escupir en el suelo y, hace un par de meses, en un local de Malasaña, vi una papelera de esas pequeñitas que se colocan en las mesas para tirar las servilletas, en la que sabiamente se daba un consejo para los que todavía confían en recibir algún mensaje de esa persona que te ignora por completo: “Si no te ha escrito ni cuando estaba pedo, olvídate”. Más claro, agua, ¿no?

Otros carteles resultan, por ejemplo, bastante llamativos. En una de las crónicas escritas desde París por Manuel Chaves Nogales cuando ya había comenzado la Segunda Guerra Mundial, el periodista recogía una curiosa señalización que decía: “Refugio antibombas para dos personas, o para tres si son delgadas”. Y, es que, claro, no es lo mismo. Los hay, también, que llaman a la confusión, y exigen una aclaración escrita a mano como el que advertía que “los hisopados se hacen en la parte de atrás”. Por si había dudas, alguien había añadido: “del edificio”.

Incluso la información de servicio puede tener también su punto ingenioso. Hace un tiempo viajé a Estados Unidos con unos amigos. Unos meses antes se había estrenado Top Gun: Maverick, y en una de las autopistas tuvieron a bien subrayar la necesidad de respetar el límite de velocidad con una frase: “No eres Maverick, así que conduce despacio”.

Sin embargo, el cartel más sorprendente que me he encontrado en mi vida lo vi en el desierto de Atacama, cerca de la frontera de Chile con Bolivia: “Prohibido el paso, -decía- a los bolivianos, las prostitutas y los rusos”. Han pasado muchos años, lo confieso, y todavía no le he encontrado sentido a esta mezcla.

En este caluroso verano, es bueno también recordar el cartel que pusieron los chóferes de una línea de autobuses: “Señor pasajero. No importa por lo que esté pasando en la vida, tiene que usar desodorante”. Como soy usuaria del transporte público no puedo estar más de acuerdo con esa recomendación, que, en invierno, estas cosas se ocultan a veces debajo de un abrigo, pero en época estival no hay ninguna posibilidad de tapar la falta de higiene.

Mis carteles preferidos serán siempre los que, de una u otra manera, sirven para que alguien declare su amor por otra persona. En Chipiona, una pintada decía: “Eres la pringá de mi puchero”. Y, hace poco, vi otra que resumía, sin tapujos, el enamoramiento más absoluto: “Te hilodrato”. Signifique lo que signifique eso, claro. Solo espero que esta devoción haya podido ser correspondida.