Opinión

Montsergas

La portavoz del PSOE, Montse Minguez.
EFE
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El cinismo, al igual que el precio de la vivienda, está en máximos históricos. La coherencia, esa cualidad tan compleja de alcanzar hasta para las personas más intachables, ha dejado de ser una meta noble para convertirse en un estorbo. La política siempre ha sido un terreno plagado de medias verdades, da igual desde el lugar del tablero desde donde la mires. Sin embargo, desde hace tiempo se ha ido institucionalizando la mentira hasta el punto de dejar de ser un recurso para salir del paso y convertirse en el eje principal de las estrategias. Y lo curioso es que de la mano de este proceso de degradación moral, el votante, el ciudadano, la otra cara de la moneda, se ha ido acostumbrando a que se borre la línea entre lo prometido y lo hecho, entre lo predicado y el ejemplo, siempre que el que rompa ese lazo sagrado de la credibilidad lo haga bajo las siglas que él apoyó.

Por eso, por ese bucle perverso en el que los emisores y los receptores de la democracia han roto el consenso de lo cabal, hemos llegado a este punto crítico en el que ser consecuente, o al menos intentar aparentarlo, representa casi una utopía. En pos de la posverdad se ha perdido la vergüenza más elemental, y con ella también se ha extraviado ese rasgo de la prudencia española que cristaliza en la célebre expresión de taparse un poquito. Ya nadie se tapa, aunque sepan que al hacerlo dejan al descubierto un reguero de embustes e incongruencias, van a pecho descubierto con la desfachatez, como si de esa manera hiciesen gala de una autenticidad mal entendida que consigue producir ternura en los feligreses y rabia en los contrarios.

Esta semana hemos asistido a un nuevo y flagrante caso de descaro. Javier Chicote, fichaje estrella de este periódico, ha destapado que la pareja de Montse Mínguez, portavoz del PSOE, posee decenas de pisos en alquiler de los que ha desahuciado a inquilinos. Esto es, su novio, según revela Chicote, tiene cuatro empresas de alquileres y cuatro constructoras. Sobre el papel no habría ningún problema, es un empresario con cierto éxito que vive del rentismo, como muchos españoles lo hacen. Lo que ocurre es que hace exactamente una semana el Partido Socialista decidió sacar de la chistera el conejo famélico de la vivienda e intentó con los dos decretos exprés darle la vuelta a una tortilla que llevaban ocho años dejando pudrirse al sol. Y Mínguez, entonces, decidió ejercer con vehemencia la demagogia y descargar toda su furia con ese argumentario que venía a culpar de todos los males a los fondos de inversión y a los grandes, y no tan grandes, tenedores. Esos especuladores que con su falta de humanidad y su incesante avaricia habrían quebrado el mercado de la vivienda.

La catalana no escatimó en declaraciones y en tuits en los que acusaba de desalmados a todos aquellos que estaban en contra del desteñido as que se habían sacado de la manga al calor de la empatía social que había despertado el desahucio de Mari Carmen Abascal. En su discurso en el Congreso lo dejaba bien claro: «Caretas fuera. Es normal que a ustedes no les guste, pero díganlo, porque aquí de lo que se trata es de fondos buitres o de familias, de especulación o de apoyar a la mayoría social». Una intervención muy aplaudida, pero que hace aguas por todos lados, porque era pronunciada por una señora a la que nunca le había importado que su pareja poseyesetreinta inmuebles y hubiese desahuciado por impagos en el alquiler a varios inquilinos. Es cierto que ella no tiene que ser responsable de lo que haga su compañero, aunque queda raro compartir una relación sentimental con una persona que forma parte de un colectivo al que desde la tribuna desprecias y defines como lo peor de lo peor.

No obstante, lejos de intentar argumentar por ahí su contradicción, decidió tirar por esa calle de en medio a la que nos referíamos al principio de este artículo. En varias entrevistas, Mínguez huyó hacia adelante con razonamientos que traspasaban lo paródico, convirtiendo los guiones de Pantomima Full en fieles reflejos de la realidad. En vez de envainársela y reconocer que la habían pillado en un renuncio, su estrategia fue hacerse la víctima y, ojo, defender que los negocios de su pareja son negocios familiares y que cumplen escrupulosamente con la legalidad. Pues menos mal. Es sorprendente como de la noche a la mañana cuando la problemática de la vivienda afectaba a su entorno, los asquerosos fondos buitres pasaron a ser empresas familiares. Debería explicar la señora Mínguez qué diferencia hay entre la diabólica Urbagestión y la empresa de su novio.

Hay pocos ejemplos más claros de hipocresía que este. Y lo triste, lo impresionante, es ver cómo aunque se les pille con el carrito del helado habiendo predicado lo contrario de lo que ejercen en su privacidad, se desdigan con un pasmo sonrojante. El cinismo, al igual que la vivienda, está en máximos históricos. Por eso Montse Mínguez se ve con la capacidad de soltarnos sus monsergas con tres inmuebles en su haber.

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