Se suele decir que hay dos cosas muy difíciles en esta vida: nacer y morirse, aunque, a veces, lo de irse al otro barrio no es tan complicado, y puede ser incluso humillante. Espero que Diana Marín, nuestra columnista experta en crímenes, sea capaz de perdonar mi atrevimiento, pero hoy me gustaría recordar algunos de las muertes más absurdas de nuestra historia. En mi libro Cada loco con su historia (perdón por autocitarme), recuerdo, por ejemplo, que el famoso cocinero francés, François Vatel, se suicidó clavándose una espada en el corazón porque el pescado con el que iba a preparar un banquete no llegó a tiempo. Lo irónico del asunto fue que, a los pocos minutos, los carros de pescado comenzaron a entrar por las puertas de palacio, aunque para él ya fue demasiado tarde. En ese mismo libro incluyo también la muerte de Enrique II por la herida que sufrió en una justa durante las celebraciones de la boda de su hija, Isabel de Valois, con Felipe II de España. La justa de su oponente le traspasó el ojo y, ni decapitar a cuatro presos para hacerles una herida similar, salvó al monarca de morir.
Otro rey francés, Carlos VIII, se golpeó la cabeza con el dintel de una puerta cuando iba a ver un partido de pelota. El Gran Capitán, le llamaba “El Cabezudo” y precisamente fue su testa la que le mandó al otro mundo. El temperamento de algunos gobernantes fue también su final y, si no, que se lo digan a Valentiniano I, que falleció a causa de un ataque de ira cuando negociaba con uno de los pueblos germanos que se habían rebelado contra él.
En ocasiones, lo de ir al inodoro entrañó también peligros mortales. Sancho II de Castilla, por ejemplo, fue asesinado por el traidor Bellido Dolfos que se aprovechó de la urgente necesidad fisiológica que tuvo el monarca. Desconocemos si los guionistas de Juego de Tronos se inspiraron es este episodio para hacer que Tyrion Lannister matara a su padre con una flecha de Ballesta mientras estaba en el excusado, pero la imagen parece muy similar. Otro rey, Jorge II, sufrió una ruptura de la aorta en el baño a causa del esfuerzo que tuvo que hacer. Al menos a él no lo mataron.
Una de las muertes más absurdas y enigmáticas fue la del primer ministro australiano, Harold Holdt, que decidió irse a nadar un día de 1967 y nunca volvió. Su cuerpo no apareció. Los asesores de Holdt le habían advertido en numerosas ocasiones del peligro que conllevaba esa afición cuando las aguas estaban revueltas, pero él respondió: “¿Cuáles son las probabilidades de que un primer ministro se ahogue?”. Él mismo lo contestó sin quererlo.
Los hay también que encontraron la muerte en pleno fragor amoroso. Se dice, por ejemplo, que el Sultán Selim II se cayó al suelo y se golpeó la cabeza mientras borracho perseguía a una de las concubinas de su harén; y el presidente francés, Félix Fauré, murió de una apoplejía mientras su amante le hacía en su despacho una felación. Al final, van a tener razón las señoras que, en los funerales, dicen aquello de: “No somos nada”.

