Tu libro se llama Cada loco con su Historia. ¿La humanidad siempre ha estado completamente loca o es algo de nuestro tiempo?
No, no, hombre. Creo que estos 19 capítulos son una clara muestra de que siempre lo ha estado. Durante todas las épocas ha habido episodios totalmente oscuros, de venganza, pero también de heroísmo y de traición. Es un poco todo lo que se cuenta a lo largo del libro.
¿Cómo seleccionaste los episodios? ¿Hubo algún criterio común?
Muchos surgieron leyendo. A mí me gusta leer libros de historia y, por ejemplo, la historia del último templario, Jacobo de Molay, la conocí leyendo Los reyes malditos, la serie de novelas de Maurice Druon, que son preciosas. Algunas historias tienen parte de realidad y parte de leyenda, que es lo que ha llegado hasta nosotros. Y luego hay episodios que me surgieron de forma completamente inesperada, como el de Esporo, el esclavo con el que se casó Nerón, que encontré leyendo Pax, de Tom Holland. Simplemente empecé a investigar y ya no pude parar.
Hay varios capítulos protagonizados por mujeres. ¿Fue una decisión deliberada?
Sí, y son algunos de los que más he disfrutado escribiendo porque me han parecido muy sorprendentes. Por ejemplo, Emily Roebling, que fue quien finalizó las obras del puente de Brooklyn, o Beryl Markham, la aventurera que vivió en Kenia. Todo el mundo ha oído hablar de Karen Blixen y sus Memorias de África, pero este personaje me parece incluso más interesante y mucho menos conocido.

Cuéntanos quién fue Beryl Markham.
Era una persona libre y muy alejada de los convencionalismos sociales. Sus padres fueron a criar caballos a Kenia, pero la madre aguantó cuatro meses y se marchó, dejándola allí. Ella nunca le perdonó ese abandono, aunque luego cometió la misma contradicción: también abandonó a su propio hijo en Inglaterra y prácticamente no tuvo relación con él. Tuvo numerosos amantes, incluido un hijo de Jorge V, lo que le costó ser condenada socialmente. Una de las personas que la acogió en ese momento fue precisamente Karen Blixen. Y de hecho, en Memorias de África hay un personaje que se llama Felicity, una jovencita que monta a caballo y cuyo padre cría caballos: es ella. Cuando Dennis Finch Hatton murió en el accidente de avioneta, Beryl estaba con él y estuvo a punto de ir en ese vuelo. En el funeral tuvo que quedarse apartada, porque todo el mundo le daba el pésame a Blixen, que era quien figuraba como su pareja oficial en ese momento.
Una vida que parece una novela…
Totalmente. Y además fue escritora. Publicó un libro en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, que no tuvo éxito. Años después, alguien leyó una carta de Hemingway donde hablaba maravillas de ella —aunque la llamaba “perra antipática”, porque le gustaba cómo escribía pero no la persona— y el libro se reeditó. En ese momento algunos intentaron atribuírselo al marido, como ha ocurrido tantas veces. Pero no. Lo que también es interesante es lo que no cuenta en ese libro: de su hijo, por ejemplo, no dice nada. Era una persona que huía de los funerales. No fue al de su padre, al que adoraba. Al único funeral al que fue fue al de su amigo íntimo. Especial, sí. Y siempre con dificultades económicas, pese a tener dos profesiones.
Otra protagonista es Catalina de Erauso, la monja alférez. ¿Quién fue?
Un personaje absolutamente extraordinario. En el siglo XVI, a ella y a tres hermanas suyas las metieron en un convento a la vez. Ella tenía cuatro años. Se escapó antes de profesar, cambió de identidad, cruzó el Atlántico, mató hombres, sedujo mujeres, sobrevivió a guerras y terminó pidiendo un permiso papal para vestir de hombre. Para poder pasar como tal, se aplicaba una mezcla de mercurio, plomo y vinagre con vendas de lino muy apretadas que provocaba una atrofia de las glándulas mamarias. Debía de ser bastante doloroso. Llegó a ser alférez, tuvo dos propuestas de matrimonio simultáneas de mujeres que la tomaban por hombre, y mató a por lo menos diez personas. Cuando finalmente se descubrió que era mujer, todo el mundo la admiró. Acabó sus días en México como arriera, vestida de hombre hasta el final.

¿Qué tiene esa historia de actual?
Cuando la leía me preguntaba continuamente qué hubiera hecho Catalina hoy. Y me planteaba algo que me parece muy pertinente: ella tuvo que hacerse esas cosas al cuerpo para poder vivir la vida que quería. Si hubiera tenido esa libertad sin necesitarlas, ¿se las habría hecho? Probablemente no. El cuerpo de la mujer siempre ha estado relacionado con la identidad, con la posibilidad o la imposibilidad de ser quien una quiere ser. Eso no ha cambiado tanto.
Hay otro episodio con un título muy llamativo: el del cocinero que se suicidó porque no llegó el pescado a tiempo.
Pido perdón por el spoiler, aunque creo que el título engancha más de lo que desvela. François Vatel trabajaba en el Palacio de Chantilly y organizó un banquete monumental para Luis XIV: los menús, la decoración, los espectáculos, el servicio entero. Era cocinero, maestro de ceremonias, escenógrafo y relaciones públicas al mismo tiempo. Lo que hoy llamaríamos burnout en estado puro. El pescado no llegó a tiempo. Se clavó la espada, tres intentos, porque tampoco eso le salió fácil. Y cuando lo consiguió, el pescado estaba entrando por la puerta del palacio.
¿Y el espectáculo continuó?
La orden fue sacar el cadáver por la puerta de atrás y que el rey no se enterara. Eso me parece una metáfora perfecta del poder: eres absolutamente imprescindible hasta que dejas de serlo, y entonces sales por la puerta de atrás mientras la fiesta sigue. Andreotti decía que en política tienes amigos, enemigos, adversarios y compañeros de partido, y que es especialmente cruel entre los tuyos. George Bush padre decía que supo que había dejado de ser presidente cuando empezó a perder al golf. El teléfono deja de sonar.
El libro también incluye el llamado Concilio Cadavérico, que tiene un nombre que ya lo dice todo.
El Papa Formoso murió en el año 896 y su sucesor, Esteban VI, lo mandó desenterrar nueve meses después, lo vistió con las vestiduras papales, lo sentó en un trono y lo juzgó. Las crónicas cuentan que los gusanos todavía estaban ahí. Le pusieron un abogado defensor, que debió de pasarlo muy mal. El juicio estaba amañado de antemano: lo que le reprochaban era haber sido obispo de Oporto antes de ser Papa de Roma, lo cual supuestamente era inválido. Le arrancaron los dedos con los que había dado la unción, le quitaron las vestiduras y lo tiraron al Tíber. Y lo curioso es que el propio Esteban VI también era obispo de otra diócesis cuando fue elegido papa, o sea que la acusación era bastante hipócrita. Al final el pueblo se rebeló, hubo un terremoto, se rajó la Basílica de Letrán y todo eso se interpretó como un castigo divino. Esteban VI acabó siendo asesinado.

¿Hay una contradicción en juzgar a un muerto si crees en el cielo?
Totalmente. Si crees que Formoso está ante el tribunal de Dios, ¿qué sentido tiene juzgar el cadáver? Yo creo que era un acto simbólico: si tú eres el heredero de Pedro y la justicia divina pasa a través de ti, tienes que hacer justicia incluso después de la muerte. Pero desde luego tenía mucho más de venganza política que de teología.
El libro también aborda la historia de los japoneses-americanos internados durante la Segunda Guerra Mundial, que es mucho menos conocida de lo que debería.
Es una historia que me parece absolutamente terrible y que no entiendo por qué no es más conocida. Supongo que porque Estados Unidos ganó la guerra y los ganadores escriben la historia. Tras el ataque a Pearl Harbor, Roosevelt firmó la Orden Ejecutiva 9066, que ordenó el internamiento de más de cien mil personas de origen japonés que vivían en la costa oeste. Les obligaron a malvender todos sus bienes de la noche a la mañana, los metieron en campos y cuando salieron les dieron cuatro duros. Y lo que es más revelador: meses antes del ataque, un informe encargado por el propio Roosevelt concluyó que jamás los japoneses-americanos se levantarían contra Estados Unidos. De hecho, hubo japoneses de origen que se suicidaron tras Pearl Harbor porque no podían soportar que el país de sus antepasados hubiera atacado al país donde ellos vivían. Se sentían americanos. Y el gobernador de Hawaii, que era donde había sido el ataque, se negó a internarlos. Cuando ya se recomendó cerrar los campos, Roosevelt lo alargó unos meses más porque tenía elecciones. Y las ganó.
El libro termina con una historia personal: una bula papal de tu familia.
Sí, es el último capítulo. Tenía un antepasado llamado Lope de Antijón que, según la propia bula, protegió al Papa durante el Saco de Roma en 1527. Un mes después de coronar a Carlos V como emperador, el Papa le concedió una bula —técnicamente un breve apostólico— a veinte caballeros, entre ellos a mi antepasado. Y la bula es, digámoslo así, bastante generosa. Nos deja hacer prácticamente de todo: adulterios, incestos, fornicaciones, estupros, sacrilegios, usuras, rebeliones… El Papa debía de estar muy asustado para firmar eso. Mi madre decía que era una inmoralidad. El párroco de mi pueblo me dijo una vez: “Me han dicho que me puedes pegar.” Le dije: “Sí, pero tú me puedes denunciar”.
¿Y seguís teniendo el documento original?
En mi casa tenemos una copia certificada, porque en su día mi bisabuela la usó para poder instalar un oratorio en su casa de Madrid cuando se mudó desde Navarra. También nos daba derecho a entrar en conventos de clausura y cenar con las monjas una vez al mes. Nunca lo hemos ejercido, pero ahí está el derecho. Cuando lo dije en El Hormiguero, me contactaron otras personas relacionadas con la bula que tampoco sabían muy bien la historia completa. Incluso hay una versión peruana: un marqués en Lima la usó para defender su oratorio ante el arzobispado, y allí se la conocía como “la bula del marqués”.

Si pudieras sentarte a hablar con uno de los personajes del libro, ¿con quién sería?
Con Beryl Markham. Me parece fascinante. Su vida, la verdad de lo que vivió, lo que no contó. Me quiero leer Al oeste con la noche, sus memorias. Creo que hay mucho más que no llegó a escribir.
Antes de terminar: el libro también explica por qué el viernes 13 trae mala suerte, y por qué el rey de España es rey de Jerusalén, y el origen del croissant. El pasado está por todas partes.
Eso es exactamente lo que quería. Que el lector acabe el libro mirando el mundo de otra manera. El croissant no es francés: lo inventaron los panaderos de Viena para celebrar que habían alertado a las tropas de que los turcos estaban excavando túneles bajo las murallas. Le dieron la forma de la media luna del Imperio Otomano. Luego María Antonieta, que era austriaca, lo popularizó en París porque echaba de menos ese bollo de su tierra. Y Felipe VI es rey de Jerusalén por una cadena de matrimonios dinásticos que arranca en las Cruzadas y pasa por Sicilia, Aragón y la casa de Austria. Nadie lo sabe. Eso es lo que me parece apasionante de la historia: que está en todas partes y casi nunca la vemos.

