La historia universal está llena de episodios extraordinarios que no siempre salen en los libros del colegio. En Cada loco con su Historia, María Dabán rescata del anonimato a figuras fascinantes que por casualidad, imprudencia o extravagancia cambiaron el rumbo del mundo. Es el caso de Emily Roebling, responsable, casi anónima, de una de las obras de ingeniería más destacadas del siglo XIX y uno de los lugares más icónicos de Nueva York: el puente de Brooklyn.

Extracto del libro Cada Loco con su Historia, de María Dabán (Ediciones B).
Una de las cosas más bonitas que se pueden hacer en Nueva York es cruzar el puente de Brooklyn al atardecer, desde Brooklyn a Manhattan. Las vistas son espectaculares y, a pesar de todo el bullicio que lo rodea, se puede experimentar una verdadera sensación de tranquilidad. Más de ciento tres mil coches, veintiocho mil peatones y cinco mil quinientas bicicletas lo cruzan cada día, y no deja de asombrar que la construcción en cuestión tenga 142 años. Seiscientas personas trabajaron durante catorce años para construir sus 1.825 metros, y veintisiete de ellas se dejaron la vida en el intento porque, aunque el trabajo estaba relativamente bien pagado para la época, era bastante peligroso.
El puente lo ha resistido todo, incluso la fiebre de los candados. Hay que agradecer al ayuntamiento de la ciudad que multe con cien dólares a quien los coloque. «Sí al amor, no a los candados», reza uno de los carteles de advertencia. Y si aun así hay gente que hace oídos sordos a la amenaza, hay operarios que todos los días se encargan de retirarlos. Tonterías las justas. Lo que muchos no saben es que el puente en cuestión comenzó a ser construido por dos hombres, padre e hijo, John y Washington Roebling, pero, por diversas vicisitudes, fue la mujer de este último, Emily Warren Roebling, la encargada de dirigir gran parte de la obra y de terminarla casi de manera anónima.
Emily Roebling
Emily Warren nació en 1843 en Cold Spring, Nueva York, en el seno de una familia de clase media alta. Fue la penúltima de doce hermanos y uno de ellos, Gouver neur Kemble, fue quien más hizo por que tuviera una formación académica. Emily acudió en Washington a una escuela católica femenina, la Georgetown Visitation Convent, donde estudió, entre otras cosas, francés, álgebra, geografía y retórica.
En 1864, en plena guerra de Secesión, la joven fue a visitar a su hermano Kemble, que comandaba uno de los cuerpos del Ejército de la Unión, y en un baile conoció a Washington Roebling, un ingeniero con el que se casó un año más tarde. En una carta a una de sus hermanas, Washington escribió: «Ella es una conversadora de lo más entretenida, lo cual es una gran ventaja, ¿sabes?, siendo yo tan torpe».
El nuevo matrimonio vivió sus primeros dos años de casados en Cincinnati, donde Washington supervisó la construcción de uno de los puentes diseñados por su padre. Posteriormente, viajaron a Europa para que él estudiara nuevas técnicas de construcción de puentes, en especial todo lo referido a los cajones sellados y presurizados.
John Augustus Roebling
John Roebling nació en la localidad prusiana de Mühlhausen en 1806. Era el pequeño de cuatro hermanos, y pronto destacó como un excelente estudiante, consiguiendo ser agrimensor, arquitecto e ingeniero. Desde el principio, a John le interesó la construcción de puentes, pero Prusia todavía se estaba recuperando de la guerra contra Napoleón, y lo de construir infraestructuras de ese tipo no entraba en los planes de los gobernantes de la época. John optó entonces por emigrar junto su hermano Carl a Estados Unidos, y en 1831 llegaron a Pensilvania, fundaron un asentamiento al que llamaron Saxonburg y compraron seiscientas cuarenta hectáreas de terreno.
Por un tiempo, los dos hermanos se dedicaron a la agricultura, pero una nueva crisis, esta vez en el campo, hizo que John se replantease su vuelta a la ingeniería. Para entonces, su hermano había muerto y él se había casado con la hija de un sastre, con la que había tenido un hijo (después tendría ocho más). John comenzó a darle vueltas a un problema muy común: la debilidad de las maromas de cáñamo para el remolque de barcazas, y empezó a experimentar en su granja fabricando unos cables de acero gruesos hechos de cables más pequeños trenzados, un invento que propuso también para la construcción de puentes. Su idea fue todo un éxito y pronto recibió encargos de todas partes del país. El primer puente que construyó fue el de Smithfield Street en Pittsburgh.
Tras el éxito de su empresa, John se fue a vivir a Trenton, Nueva Jersey, con su familia, abrió una fábrica de construcción de alambre de acero y siguió diseñando y construyendo puentes. Uno de los más emblemáticos fue el del río Niágara, que tenía dos niveles: uno para el ferrocarril y otro para vehículos (en aquella época, carruajes) y peatones. Pronto comenzó a tener, además, la ayuda de su hijo mayor, Washington, que también había estudiado ingeniería.
El proyecto del puente de Brooklyn
En la década de 1860, Nueva York y Brooklyn eran dos ciudades diferentes separadas por el río East. Los barcos de la Atlantic Avenue-Fulton Street Ferry eran los encargados de trasladar a la gente de un extremo a otro, pero en pleno invierno era habitual que sus aguas se congelaran dejando así suspendido el servicio. Desde principios del siglo XIX, se había planteado este problema, pero nadie había dado con la solución adecuada.
John Roebling presentó entonces a las autoridades un proyecto realista para la construcción de un puente entre las dos orillas que fue muy bien recibido. Propuso que fuera de estilo neogótico y que estuviera hecho de piedra caliza, madera, cemento y acero. Para ello, se fundó en 1867 la New York Bridge Company, que sería la encargada de administrar el dinero para hacerlo realidad (al final costó más de quince millones de dólares de la época, el doble de lo presupuestado, vamos, como pasa ahora).
El comienzo de las obras En 1867, tras la aprobación definitiva del proyecto del puente de Brooklyn, John Roebling comenzó a hacer cálculos sobre el terreno, una tarea a la que se incorporaría a su vuelta de Europa su hijo Washington. Ambos trabajaban codo con codo, hasta que un día de finales de junio de 1869 ocurrió una desgracia que marcaría el devenir del proyecto: un ferry aplastó el pie de John y los médicos se vieron obligados a amputarle cuatro de los cinco dedos.
El afectado se negó a que le hicieran cura alguna y decidió que se le aplicara la llamada «terapia del agua», que consistía en mantener la herida húmeda constantemente. Como era de esperar, el tratamiento no funcionó, la zona se infectó y John acabó muriendo de tétanos pocos días después (lo que demuestra que puedes ser un pionero de la ingeniería y un desastre automedicándote).
Washington fue nombrado jefe de obra y, meses más tarde, el 3 de enero de 1870, se puso la primera piedra del futuro puente. El joven no se conformó con hacer realidad los planos de su padre, sino que, para cimentar las torres, diseñó los llamados cajones de aire comprimido, unos compartimentos estancos donde los obreros podían trabajar, aunque en condiciones penosas, eso sí, a causa de la presión. Uno de los trabajadores comparaba las condiciones en las que operaban con el infierno de Dante: el pulso se aceleraba y luego bajaba, el calor era insoportable, la voz sonaba extraña y el ruido era ensordecedor. Lo peor, sin embargo, no era esto; lo peor fue que varios de ellos fueron víctimas después del síndrome de descompresión, una enfermedad que afectaba también a los buzos y que se sufría al pasar de manera rápida desde los departamentos estancos de aire comprimido al exterior. La diferencia de presión podía causar fuertes dolores, parálisis y problemas en el oído y en la vista. Y esto fue precisamente lo que le ocurrió a Washington Roebling en 1872.
La hora de Emily Warren Roebling
Washington Roebling quedó paralizado parcialmente y muy debilitado, lo que le imposibilitó dirigir el avance de las obras sobre el terreno. Se tenía que conformar con observarlo todo con un catalejo desde su casa de Brooklyn. Emily asumió entonces de manera extraoficial su papel y comenzó a hacer de enlace entre su marido y los trabajadores, demostrando que el proyecto podía salir adelante, aunque su esposo no estuviera en la obra. Pero no se conformó con eso, sino que aprendió de forma autodidacta materias como la resistencia de los materiales, la construcción de cables y los cálculos de curvas catenarias.
Al estar sobre el terreno todos los días, los obreros se dieron cuenta de que Emily no era solo una mera transmisora de las instrucciones de su esposo, sino que era capaz de solucionar los problemas que iban surgiendo. El historiador David McCullough llegó a decir que «era un rumor a voces que ella era el principal cerebro». Por si tuviera poco trabajo, en 1882 Emily tuvo que hacer frente, además, a los intentos de algunas personas, entre otras, el alcalde de Brooklyn, de destituir a su marido. Ella consiguió que no lo hicieran exponiendo ante la Sociedad Norteamericana de Ingenieros Civiles un profuso y brillante informe en el que detallaba todos los avances que se estaban produciendo.
Poco a poco, los habitantes de ambas orillas fueron viendo los progresos del ansiado puente: las torres de 83 metros de altura, el cable de acero que las unía… Incluso los obreros más atrevidos podían cruzarlo a través de una plataforma provisional construida para ellos.
El 24 de mayo de 1883 tuvo lugar la ceremonia de inauguración. El día se declaró festivo y se calcula que ciento cincuenta mil personas se congregaron a ambos lados del puente para seguirla de cerca en un acto que contó con la presencia de personalidades como el presidente Chester A. Arthur, el gobernador Grover Cleveland y los alcaldes de ambas ciudades. Washington Roebling siguió la ceremonia desde su casa de Brooklyn y pudo ver con su catalejo a la primera persona que cruzó el puente: su esposa Emily, que llevaba un gallo como símbolo de victoria. En los discursos, muchos se acordaron de John y de Washington, pero solo uno se acordó de Emily, el congresista Abraham S. Hewitt, un empresario que, curiosamente, era rival de los Roebling. El puente, dijo, sería «el monumento imperecedero a la abnegada devoción de una mujer y a su capacidad para la educación superior», educación de la que se había privado a las mujeres «durante demasiado tiempo». El New York Times subrayó, además, que ningún hombre podía atribuirse el mérito de esa hazaña.
Pasado el entusiasmo de los primeros momentos, hubo quien mostró sus dudas a la hora de cruzar el puente. No se fiaban de su solidez. De hecho, días después de su inauguración, a una mujer se le enganchó el tacón en uno de los travesaños de madera, entró en pánico y provocó una estampida que causó la muerte a doce personas. Para demostrar que esos temores eran infundados, el empresario circense Phineas T. Barnum hizo que pasaran por el puente sus veintiún elefantes, entre ellos el gigante Jumbo, y entonces sí se fiaron.
Últimos años de Emily Roebling
Emily y Washington se mudaron a su casa de Trenton cuando su hijo se graduó. Ella llegó a viajar a Europa, donde fue recibida por la reina Victoria y donde asistió a la coronación del zar Nicolás II de Rusia en San Petersburgo. A los cincuenta y seis años se licenció en Derecho, y durante el resto de su vida defendió la causa de la mujer, su derecho a la propiedad privada y el sufragio femenino. Falleció en 1903, a los cincuenta y nueve años, de un cáncer de estómago. Washington le sobrevivió, volvió a contraer matrimonio y murió en 1926 a los ochenta y nueve años.
Una calle de Brooklyn lleva el nombre de Emily Roebling y, en la placa colocada debajo del puente que construyeron, el suyo aparece por encima de los de su marido y su suegro. Es el justo homenaje a la ingente tarea que afrontó una mujer que tuvo las dos cosas necesarias para llevarla a cabo: coraje y talento.

