Vivimos una época insólita en el mundo de la belleza. Por un lado, mujeres famosas como Lindsay Lohan parecen haberse quitado décadas enteras de la cara entre una aparición pública y otra, generando miles de artículos y vídeos que solo pueden especular sobre qué tratamiento se habrán hecho.
Por otro, las mismas celebridades que contribuyeron a ampliar el canon corporal durante la década pasada han terminado configurando un rostro estándar para toda mujer que se precie, de los dieciséis a los sesenta años. Hagan la prueba: pongan una imagen de la influencer del momento al lado de la mayor estrella de pop de los ochenta en la actualidad. ¿Por qué aparentan la misma edad? ¿Una parece más joven o la otra parece mayor? ¿Y si son las dos cosas?
En Dame veneno que quiero vivir (Anagrama), Leticia Sala se mueve entre dos de sus territorios habituales: el artículo de opinión y la poesía. Tras un scrapbook compuesto de retazos de su huella digital, una novela en poemas y un libro de relatos, la autora da ahora el salto al ensayo con un cuaderno que explora una de las grandes preocupaciones de nuestro tiempo: el miedo a envejecer en las mujeres.
En la presentación madrileña del libro, Sala confesó que escribirlo le recordó a su etapa como abogada. Aunque no volvería a ejercer, el proceso le hizo evocar el motivo por el que se había interesado en la profesión en un primer momento: “Me gusta poner las palabras al servicio de algo”, dijo.
En sus poco más de 150 páginas, el ensayo funciona como texto divulgativo, pero sin renunciar a una experiencia poética y artística. Aúna la voz personal de su autora —heredera de Susan Sontag y Joan Didion; no es casualidad que su newsletter semanal se llame Magical Thinking— con una investigación exhaustiva que recurre a referencias periodísticas, científicas, literarias y personales.
Entre ellas aparecen autoras como Naomi Wolf (El mito de la belleza), Esther Pineda (Bellas para morir), Nora Ephron (No me gusta mi cuello), Elena Ferrante (La frantumaglia) o Betty Friedan (La mística de la feminidad), así como entrevistas a amigas y adolescentes anónimas. Para recopilar todas estas fuentes y evitar los sesgos de opinión, Sala recurrió al ejercicio de introducirse en la cabeza del peor de sus críticos para cuestionar la información expuesta en el texto. De ese modo, se obligaba a recurrir a datos que respaldaran sus afirmaciones, igual que una abogada acude a la ley.
No nos gusta que nos digan qué pensar. Sobre todo cuando nuestro posicionamiento actual puede diferir radicalmente de aquello de lo que tratan de convencernos. El género didáctico corre el riesgo de aleccionar, de intentar sentar cátedra solo para chocar contra el muro de la resistencia ajena.

Para evitar esta unidireccionalidad, los autores clásicos —y posteriormente los renacentistas— ya recurrían a dispositivos como el diálogo, en el que un personaje errado exponía una serie de ideas que no tardaban en ser refutadas por su contraparte. Y aunque esto pudo resultar efectivo hasta hace relativamente poco —autores como Oscar Wilde recogieron ese guante a finales del XIX—, en la era post-Twitter es más fácil que nunca sentirse atacado.
Por eso, Sala es tajante al señalar que lo último que quiere con su libro es “leer la cartilla” a todas aquellas mujeres que deciden recurrir al pinchazo o someterse a cuidadosas rutinas diarias de skincare. Eso sería contraproducente y solo serviría para añadir un peso más a la ya existente presión que enfrenta la mujer con su imagen.
En cambio, Sala escribe: “No me interesa tanto la decisión final de cada individuo como contribuir a que las manos que aplican crema cada mañana y cada noche, las mismas que firman consentimientos para un tratamiento estético o una cirugía, piensen en lo que están aceptando“.
A diferencia de Wilde, Sala no afirma poseer la verdad absoluta. Prefiere exponer su propio conflicto interno, incluso cuando al final parece haber adoptado una postura firme. Eso hace de este cuaderno una lectura que incita a seguir, no un sermón ni una demostración de superioridad moral.
El detonante del ensayo parte del linaje femenino, de la relación de la autora con su madre y de la influencia que esta ha tenido en su percepción de la belleza y la presión estética. Sala, que desde muy temprana edad contemplaba con curiosidad los rituales que seguía su progenitora, afirma sentir una responsabilidad similar ahora que ella misma es madre de una niña.
De hecho, una de las ideas que recorre gran parte del ensayo es el reconocimiento en el rostro de la madre, una suerte de espejo mágico del propio futuro. Una amiga de Sala aparece citada lamentando que las intervenciones estéticas le han “robado” el rostro de su madre, es decir, el derecho a verla envejecer.
De manera similar, la toxina botulínica puede alterar parte de la expresividad propia de las interacciones humanas. Si bien la presión estética es un tema recurrente en la literatura feminista desde hace décadas, rara vez se cuestiona desde un punto de vista que no sea meramente ético o vinculado a la salud mental.
Dame veneno que quiero vivir destaca porque incorpora también factores neurocientíficos. El libro recoge, por ejemplo, un estudio en el que la mitad de las participantes estaban inyectadas con bótox y eran incapaces de fruncir el entrecejo. Estas mostraron niveles significativamente más bajos de actividad en la amígdala izquierda frente a las que no estaban pinchadas. Algo que la autora describe como una especie de “lobotomía emocional”.

La homogeneización entre rostros de una misma clase social y el borrado del lenguaje facial, con sus posibles consecuencias, son algunas de las cuestiones menos explotadas que plantea el libro. No de forma concluyente, pero sí como una llamada de atención.
Donde Sala sí se muestra especialmente firme es en su oposición a la implantación de estos sistemas desde la infancia. Uno de los ejemplos que más le preocupan es la aparición de las llamadas Sephora Kids en el mercado anglosajón: niñas que incorporan rutinas de skincare y productos cosméticos a edades cada vez más tempranas.
Las estrategias de fidelización entre una demografía que no necesita esos productos son, al mismo tiempo, causa y consecuencia del mal que la autora denuncia. En el contexto actual, Sala lamenta que es mucho más difícil criar a una niña que a un niño. Durante la presentación, Sala lo formuló así: “No es que una niña, naturalmente, nazca diciendo: ‘Quiero comprar’. Hay algo en el ambiente, un mensaje consciente o inconsciente, directo o indirecto, que les está diciendo que necesitan cosas para encontrar esa validación. Los varones no reciben ese mensaje; o lo reciben muchísimo menos”.
Sala es partidaria de prohibir este tipo de promoción segmentada en la infancia, así como del uso de palabras como “antiedad” en productos cosméticos, algo que percibe como un oxímoron. Su observación es tan sencilla como afilada: lo contrario a la edad es la muerte. Algo parecido sucede con la expresión “medicina estética”, dos conceptos que para ella pertenecen a magnitudes distintas y, por lo tanto, no deberían ir juntos.
También propone reconfigurar la imagen de la anciana, que aparece cada vez más en el cine de terror como una figura monstruosa — véase La sustancia o Weapons—, para convertirla no en algo de lo que huir despavoridos, sino en depositaria de conocimientos que las generaciones más jóvenes no poseen. Es lo que el libro recoge en el capítulo “Vamos a consultar a la vieja”.
Sala argumenta que, si las mujeres mayores se sintieran vistas y escuchadas, las jóvenes dejarían de gastar cantidades ingentes de tiempo y dinero en ocultar una piel que va madurando. Todas serían entonces “un poco más ricas y un poco más libres”.
Y estas propuestas, junto con las que componen uno de los capítulos finales, son otro de los puntos fuertes del libro. “Cuando leo un ensayo en el que todo es muy negativo, podré estar muy de acuerdo, pero no soporto esa sensación que me queda al final de que no tengo nada que hacer. Me has puesto un problema, ¿y ahora qué?“, dijo Sala durante la presentación.
“Yo creo que sí hay esperanza, y me da la sensación de que una forma de conseguirlo es ejercer esa vigilancia consciente en dónde ponemos la mirada”.
Frente al pensamiento mágico de la industria estética, Sala propone algo menos espectacular, pero quizá más difícil: mirar con conciencia. Preguntarse quién gana con el miedo femenino a envejecer, qué se acepta cuando ciertos rituales se vuelven inevitables y qué pasaría si, por una vez, dejáramos de convertir la edad en una amenaza.
