España está ahora mismo tan polarizada que hablar de política comienza a ser una profesión de riesgo entre los amigos. La crispación que reina en el ambiente aumentada por el periodo electoral que hemos arrancado, hace muchas veces que evitemos llegar a la discusión con nuestros más cercanos evitando hablar de temas que están en la agenda y que nos interesan a todos como la vivienda. Ahora mismo todo es brocha gorda. Da igual si hablamos de una empresa que innova y crea empleo o de una que abusa de su posición. Todo se engloba en lo que se llama “el capital” y todo es especulación. Todo queda dentro del mismo saco y todo no pueda entrar en la misma saca. No todos los fondos de inversión son buitres ni todos los propietarios son parásitos. No todos los supermercados especulan con sus márgenes ni todos los donantes privados quieren esconder algo con una donación para los enfermos del cáncer. Es la política de la brocha gorda que se extiende como la pólvora.
Es lo mismo si hablamos de un pequeño propietario que complementa su pensión con un alquiler o de un gran operador inmobiliario que hace negocio con la vivienda. Da igual si hablamos de una empresa que innova y crea empleo o de una que abusa de su posición y maltrata económicamente a sus trabajadores. Todo es moralmente sospechoso y todo es especulación. Y cuando todos son culpables solo hace falta señalar y acusar. No hace falta probar nada. Lo hemos visto en años anteriores con Amancio Ortega. Su fundación donó 320 millones de euros para renovar equipamiento oncológico en hospitales públicos y después 280 millones para adquirir otros diez equipos de protonterapia también para el sistema público de salud. Estas iniciativas se convirtieron en un debate sobre la privatización moral de la sanidad. En lugar de dar las gracias e intentar que más fundaciones privadas sigan su ejemplo una parte de la clase política decidió cambiar el sentido de la donación y señalar la iniciativa como una operación sospechosa. Y lo mismo ha pasado con Juan Roig y Mercadona. Se puede discutir lo que queramos sobre el modelo o sus proveedores pero nadie puede dudar que es una empresa que ha revolucionado la industria alimentaria y que invierte en innovación logística y comercial.
España se ha convertido en un país de etiquetas donde es mejor no hablar. Nadie establece debates porque la crispación es tan grande que a veces lo inteligente es callar y los que hablamos nos presionan de un lado y de otro para que abandonemos el sentido común y nos “mojemos” por una ideología y forma de vida desde la a hasta la z. ¿Por qué? ¿se puede ser rentista y de izquierdas? El capitalismo no lo pone fácil pero tengo a mucha gente conocida que lo hace. Igual que se puede defender la sanidad pública y luego tener seguro médico privado. Y eso que no es mi caso porque a día de hoy sigo sin tener un seguro. Y también se puede exigir una enseñanza pública más que digna y que tus hijos estudien en colegios privados como hicieron mis padres cuando me enviaron a estudiar periodismo a una universidad privada porque en aquellos tiempos el País Vasco era un hervidero de huelgas conducidas por la “kale borroka” y menos clases había de todo.
Por eso me sorprende algo que se esta repitiendo mucho últimamente. Los políticos no han aprendido todavía que la ideología no puede ser un púlpito desde el que se puede juzgar a los demás mientras uno se permite todas las excepciones. Y luego les pillamos en renuncios como le ha pasado en los últimos días a los socialistas con el caso de Montse Mínguez, la hasta hace una semana portavoz del PSOE que ha salido de todas las listas electorales por los negocios inmobiliarios que tiene su pareja. A los socialistas el cielo ha acabado escupiéndoles con este caso porque están haciendo precampaña con la crisis de la vivienda que asola al país, culpando a los grandes tenedores. Como si en estos años que han estado en el poder los hubiesen dedicado a construir vivienda pública. Lo último es que el PSOE ha quitado de sus listas a los cuatro diputados con más propiedades. Después del chaparrón Mínguez y con el objetivo de limpiar su imagen ante unos comicios en el que se va a medir la pureza de la izquierda, los socialistas han decidido a última hora desahuciar de sus listas a los diputados que hasta ahora representaban sus siglas pero que pueden ser considerados grandes tenedores porque de estos cuatro el que más tiene 13 viviendas y el que menos 6.
Lo que toca analizar ahora es porque ninguno de estos grandes propietarios levantaron la mano cuando su líder les comunicó que la batalla de las elecciones tenía el eje central de la vivienda que es la que ha sacado a la calle a miles de personas que no pueden alquilar una casa y mucho menos comprar. ¿Nadie de los afectados pensó que lo que iba a defender públicamente no era coherente con su forma de vida? Está visto y cada vez más que en la política actual el político baila, lee el discurso que alguien le ha redactado y que bien no entiende o comparte o se hace un video en las redes sociales con la finalidad de agradar al líder supremo y que le coloquen en las listas electorales. Los mediocres y no solo en la política compiten siempre mejor. Comunican por el aplauso de los suyos, se protegen con el amiguismo de otros políticos supervivientes y no piensan más. Unos y otros mienten sin escrúpulos.

