Todavía habrá quien defienda que la chapuza ha sido una jugada maestra. La utilización de un asunto tan delicado como la vivienda para incendiar aún más el clima de indignación social se ha convertido en una cortina de humo autodestructiva que ha colocado a Pedro Sánchez ante la opción de un adelanto electoral. Algo que siempre negó.
Lleva ocho años observando desde su despacho cómo hipotecas y alquileres devoran las nóminas y los sueños de futuro de media España. Ocho años de planes con nombres muy técnicos, de anuncios y de promesas incumplidas. En realidad, el catalizador del frenesí legislativo que hemos visto esta semana no responde a una catástrofe inesperada sino a la aparición de un desahucio en el territorio oportuno. Y a partir de aquí, el caos.
Varios ministros han salido a pedir manifestaciones contra sí mismos. Antes, quien discrepaba de su equipo intentaba cambiar la política o se marchaba. Ahora existe una tercera vía: el mismo político que lleva ocho años a por uvas te coge la pancarta, muestra indignación, exige que alguien escuche y vuelve a su despacho para ver si él mismo ha firmado acuse de recibo. Así es el populismo de nuestro tiempo: el Gobierno te ofrece al mismo tiempo la gestión del poder, la oposición al poder y la manifestación contra el poder.
Conviene poner énfasis en la atmósfera irrespirable que está promoviendo el Palacio de la Moncloa. Durante esta semana hemos visto alentar desde la política a manifestaciones en las calles, a rodear el Congreso y hemos visto a políticos de izquierdas, señalar con el índice y amenazar públicamente al de enfrente. Esta manera de responder y de jugar con el malestar ciudadano para fomentar un clima de agitación social es un deporte que se practica desde hace años en países como Venezuela, Argentina o Colombia. Lejos de aportar soluciones para el problema de la vivienda lo único que saben aportar es polarización y decretos fallidos, con los que aterrar a los propietarios, destruir el mercado y hundir sobre todo a los inquilinos más vulnerables.
Mientras Pedro Sánchez utiliza la vivienda como último recurso para tratar de seguir en el Palacio de la Moncloa, el inquilino que no llega a fin de mes contempla una función en la que los responsables que han generado el problema se ponen de su parte. Es decir, aquí nadie le arregla nada, pero al menos le hacen compañía.
Así es como se utiliza este asunto de la vivienda. Asistimos a un enorme simulacro. Pedro Sánchez ha creado un instrumento populista y demagógico para utilizar de forma interesada una legítima corriente de indignación colectiva, un constructo artificioso que mantenga con vida a un gobierno crepuscular. Porque el objetivo no es otro que el de despertar a un electorado desmovilizado y con el que tratar de recomponer una mayoría que ya no existe. Y cuando el invento no funciona, aparece la colección habitual de culpables: los fondos buitre, la oposición, Europa, los jueces. Yo añadiría dos especies más a la bandada. Los políticos buitre, que solo se conmueven ante un desahucio si ocurre en el territorio conveniente. Y las administraciones buitre, que lamentan lo caro que está todo mientras dejan que la administración se lleve su parte de cada compraventa. Me permito recordar que el mayor beneficiario de la construcción de una vivienda en España es la administración pública. En el fondo, unos buitres.
Decretos aparte, para aumentar la oferta de alquiler solo hay tres caminos. Comprar a la fuerza cientos de miles de viviendas sale carísimo; en Berlín echaron cuentas y la cifra asustó hasta a los más entusiastas. Y construir, que es lo sensato, exige años y una planificación que nadie ha hecho en España. Hasta donde todos sabemos, los pisos no brotan por decreto.
La tercera opción es una receta bastante más modesta: se trata de no asustar a quien tiene una casa vacía. Si un propietario sabe que, ante un impago, tardará años en recuperarla, lo razonable es que no arriesgue. La dejará cerrada o la alquilará solo a quien ofrezca garantías de hierro, y los primeros perjudicados serán los que menos tienen. Con las mejores intenciones se fabrica justo el efecto contrario.

