Cine

David Velduque, director de ‘Transición’: “En este caso, la vejez no es el monstruo de la peli”

El director de cine y podcaster presenta 'Transición', un cortometraje de queer horror que utiliza el terror para hablar del abandono de las personas mayores LGTBIQ+, especialmente de las personas trans. Charlamos con él sobre cine de género, memoria, monstruos y la necesidad de seguir incomodando desde lo queer.

El director de cine y podcaster David Velduque
Carranza / Centro Niemeyer

Charlamos por teléfono con David Velduque (42), director de cine y publicidad, además de presentador del pódcast Sabor a Queer, que acaba de presentar su cortometraje Transición en el XI Festival de cine LGTBI del Centro Niemeyer de Avilés. El proyecto, disponible en Filmin, está protagonizado por Celeste González como Ángela, una mujer trans mayor que vive sola y cuya percepción de la realidad comienza a tambalearse con la llegada de una joven cuidadora enviada por un amigo de su centro de acompañamiento (interpretado por Zack Gómez). Rodado en exquisito blanco y negro, el corto utiliza el horror para hablar de la vejez, la soledad y la memoria.

¿Cómo estás?

Muy bien, muy bien. Después de la comida, ya sabes, es un momento duro de la tarde. Ojalá poder ser millonario y echarnos una siesta. Pero encantado, feliz, de verdad.

Para empezar, ¿cómo nace Transición?

El proyecto nace de la mano de Apoyo Positivo, una organización que se dedica a la visibilización de las personas que viven con VIH. Pero también extiende mucho su labor: hace un trabajo muy divulgativo dentro de la comunidad LGTBQ+, no solamente dando visibilidad, sino activamente, a través de talleres, servicios para la comunidad, pruebas rápidas y demás.

Tienen varios proyectos, y uno de ellos parte de entender que el cine impacta mucho a la gente y que es importante poder contar los mensajes de otra forma. De hecho, el último proyecto que han hecho dentro de esta misma línea de trabajo es Silencio, la serie de Edu Casanova que se ha estrenado en Movistar.

Entonces, Transición forma parte de este proyecto. Básicamente, a ellos les interesaba mucho hablar sobre la vejez dentro del colectivo. Me dieron libertad creativa absoluta y de ahí nació.

Ya habíamos colaborado previamente con otro cortometraje que se llama Estigma, que también está disponible y se puede ver online. Y lo que más me interesaba en este proyecto era hablar de ese tema que nos ocupa a todas cuando estamos creciendo, pero del que no nos damos cuenta: que nos hacemos mayores. Nunca pensamos en eso, no nos lo planteamos, y me parecía interesante explorar la idea desde este punto de vista un poco terrorífico.

Sin que la vejez —que eso también me gusta del corto— fuera el monstruo. En este caso, la vejez no es el monstruo de la peli.

Celeste González en ‘Transición’
Neurads

Quiero preguntarte por el término “queer”. ¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que lo escuchaste?

Guau, muy buena pregunta. No tengo ni idea. La verdad es que tampoco tengo muy buena memoria, así que no lo recuerdo.

Lo que sí recuerdo es que me llamó mucho la atención conocer más sobre su origen. Al final no deja de ser otra palabra más que reclamamos dentro del colectivo, que empezó siendo un insulto hacia todos esos raritos, todas esas personas que se salían de la norma y de lo que supuestamente tenía que ser.

Y cómo la hemos reclamado, entre otras muchas cosas, como algo que nos identifica. Incluso como algo que nos protege o que nos evita convertirnos en parte de la norma, que a veces creo que puede pasar por las ganas de querer pertenecer.

Creo que, con la lucha de tantos derechos que se han conseguido, a veces esa incomodidad se ha perdido. Esto se lo escuché hace poco a Alana Portero en una entrevista en la que decía: “Me encantaría que el colectivo y lo queer recuperáramos un poco de la incomodidad”, porque esa incomodidad es la que hace que verdaderamente pongamos en cuestión todo lo que nos rodea, como si fuera un sistema natural, cuando no lo es.

Porque al final todo está narrado desde un lugar. Y hay muchas elecciones tomadas para definir esa supuesta naturalidad.

¿Crees que lo queer debe conservar esa capacidad de incomodar y cuestionar las normas establecidas?

Yo creo que es una tensión que hay que naturalizar, porque incluso ahora que hablamos de este proyecto, que es un proyecto creativo y artístico, esa tensión, mientras sea artística y ponga en cuestión cosas desde un lugar constructivo y no destructivo, creo que es súper interesante.

Y creo que esa tensión seguirá existiendo en el momento en el que hagamos bandos, en el momento en el que digamos que estas son las reglas que tenemos que seguir para poder participar del mundo tal y como está montado, y que todo el que no siga estas reglas no pertenece a nuestro club.

Entonces, yo creo que lo queer viene a poner en cuestión ese club y esas reglas para decir: “No, es que podemos expandirlo y realmente el mundo puede ser muchísimo más amplio y más diverso de como nos lo han contado”.

Creo que eso es lo que verdaderamente bajaría la tensión: el hecho de que aceptáramos la realidad, que es que vivimos en un mundo diverso por definición, pese a que nos dicen constantemente lo contrario. Es un espectro mucho más amplio y no hay una definición de la vida tan estanca, tan cuadriculada o tan binaria.

David Velduque dirigiendo a Zack Gómez en ‘Transición’
Neurads

Hay un hilo claro en tu trabajo: cine de género con carga social. ¿Cuándo decides que ese va a ser tu camino?

La verdad es que se ha ido dando de una forma muy natural. A mí me gusta muchísimo el cine de terror porque, desde su concepción, habla de lo monstruoso y de todos los que cumplíamos las normas sociales, de quienes venimos a romper el orden establecido. Eso siempre me ha llamado mucho la atención.

Creo que el cine de terror, y también Transición bebe un poco ese primer cine de terror en blanco y negro, del expresionismo alemán y de esos primeros monstruos que eran elementos completamente expulsados de la sociedad. Las personas queer nos leíamos mucho en esos personajes porque estábamos codificados de alguna forma; nos leíamos entre líneas en ellos.

Ahora estamos en otro momento, y me gusta poder aportar mi granito de arena en el sentido de que ya no hace falta que lo queer o lo monstruoso esté codificado dentro de las historias que contamos. Ahora esos monstruos, o esas monstruosidades, pueden ser también protagonistas, tanto delante como detrás de las cámaras, y eso me parece un punto muy importante.

No solamente estar delante de la cámara como personajes, sino que para que esa diversidad esté verdaderamente presente en el cine, nuestras miradas desde la dirección, el guion, el arte o la fotografía también tienen que estar ahí, porque nuestra forma de mirar el mundo es diferente a la de, por ejemplo, una persona normativa, heterosexual y blanca. Y creo que eso es importante.

Por eso me gusta mucho el cine de terror: porque, aparte de todo esto, de los monstruos y demás, te permite jugar mucho con el inconsciente, llevar las historias a lugares más mágicos y hablar de cosas muy profundas, de temas sociales, de sentimientos o emociones que a veces son difíciles de retratar en un drama. Hay algo muy metafórico en el terror, en los monstruos, los bichos, el body horror, que te permite trascender lo naturalista y conectar con algo mucho más profundo.

Has pasado por el teatro en EE. UU., cine en Madrid y formación en el Lee Strasberg Institute. ¿Siempre tuviste claro que querías dirigir?

La verdad es que a mí siempre me interesó mucho el mundo del cine. Yo creo que, como muchos niños que sufríamos bullying, eso me hizo tratar de disociarme un poco a través de las películas, del mundo del cine, de los actores, de los guionistas, de los directores.

El cine siempre me movió mucho. La imagen siempre ha sido algo que me ha movido y me ha gustado mucho crear desde ahí.
Creo que, sobre todo, era una forma de salida o de supervivencia en momentos complicados mientras estaba creciendo.

Empecé formándome como actor, que parece una cosa que no tenía nada que ver después de haber sido un chico con mucho bullying, pero de repente quise ser actor. Y el teatro fue muy sanador para mí: me sacó hacia afuera, me permitió expresar muchas emociones y también compartirme y descubrirme sexualmente en un entorno mucho más seguro del que podía tener mientras estudiaba.

Y de ahí empecé a dirigir para poder actuar.
Mi salto a la dirección fue un poco por eso. En ese salto dije: “Ah, oye, esto tiene una cosa muy chula, ¿no? Que puedes contar esta historia, hacer esto…”. Y la parte actoral la fui abandonando de una forma muy orgánica.

Ahora, con todo el tema del podcast y lo que está sucediendo con Sabor a Queer, veo también el valor de esos años de formación. Saber expresarte en público, trabajar con una cámara y demás me ha ayudado mucho, aunque ahora es diferente porque no estoy interpretando un personaje: ahora soy yo, y eso tiene otros condicionantes.

También me ha ayudado muchísimo a la hora de dirigir. Trabajar con actores y con equipo técnico, haber estado en los dos lados de la cámara, me ha permitido entender mejor ese puente entre lo artístico y lo técnico. Puedo entender a todo el mundo, y eso creo que me ha ayudado muchísimo como director.

¿Crees que el cine es una industria realmente receptiva al cambio?

Creo que no. Creo que es una industria que, como cualquiera, se mueve en general por parámetros muy capitalistas. La mayoría de personas que pueden acceder a hacer películas pertenecen a una clase social que se ha podido permitir determinadas escuelas, materiales y también el tiempo necesario para desarrollar un proyecto que termine siendo una película.

Sí es verdad que hay personas que venimos de otros espacios e intentamos dar ese salto. Yo lo he intentado mucho con los cortos y ahora estoy en el desarrollo de mi primera peli, que espero poder hacer en algún momento. Pero es complicado, es difícil, y más cuando manejas narrativas que a lo mejor son un poco diferentes a lo que habitualmente ves en las películas más taquilleras o supuestamente más interesantes, que luego muchas veces no lo son.

Pero sí creo que está habiendo un cambio y que cada vez más mujeres, más personas queer y más personas diversas estamos pudiendo acceder a puestos de responsabilidad o a lugares de mayor poder desde los que se pueden ir cambiando las cosas.

Esto es muy lento, pero yo, que soy muy optimista, creo que hay cosas que sí están pasando, que son reales y que se van a seguir haciendo. Y ahí estaremos: yo con lo mío, pero también apoyando a compañeros y a compañeras que están levantando sus primeras películas y haciendo cosas súper interesantes sin pertenecer a una clase social alta.

David Velduque en el coloquio de ‘Transición’ en el XI Festival de Cine LGTBI
Carranza / Centro Niemeyer

Viendo el corto, se pueden intuir ecos de David Lynch o incluso de El resplandor en lo visual. ¿Van por ahí las influencias o estoy leyendo demasiado?

Pues las has leído súper bien. Todas ellas.

El resplandor, por supuesto; me gusta mucho el cine de Robert Eggers, me gusta muchísimo The Lighthouse; obviamente, Eraserhead (Cabeza borradora), y también esos principios del cine de terror: El gabinete del doctor Caligari, Frankenstein

Pero luego había referentes que no tienen nada que ver directamente con eso. Por ejemplo, ahora me viene a la cabeza Heridas abiertas, de HBO, que me impactó mucho visualmente, sobre todo por cómo construían la historia de la casa de la madre.

El tema de las casas y los espacios cerrados me obsesiona, igual que los pasillos. Siempre estoy mucho en los pasillos, no sé por qué. Cuando veo varios de mis cortos seguidos, pienso: “Esto se está repitiendo, aquí hay algo que claramente me gusta o me obsesiona”.

También hay una referencia que quizá no es tan evidente y que fue central: el trabajo de Robert Mapplethorpe. Cómo fotografió todo su proceso con el VIH/sida y su propia muerte, sus autorretratos antes de morir, y también todo su trabajo con las flores, que son un elemento importante dentro del corto.

Ahí aparece también la presencia de toda esa generación de personas y artistas queer que perdimos por el camino. Aunque aquí la protagonista es trans, podría no serlo: hablamos de toda esa generación. Ese plano al final en el que Zack está llorando y tiene detrás un montón de fotografías funciona casi como un santuario de todas las personas que nos han precedido y que han luchado para que lleguemos hasta aquí.

Por eso el trabajo de Robert me interesaba tanto: por hablar de la memoria. La memoria es importante para no olvidar, pero también para no quedarse anclado en ella. Es una forma de preguntarnos qué podemos conseguir a partir de ahí.

El corto se apoya mucho en el rostro de Celeste González. ¿Cómo trabajaste con ella para construir esa presencia tan potente?

A Celeste la conocí cuando estábamos buscando protagonista para el corto. Vi a varias personas que me mencionaron a Celeste, así que fui a conocerla al teatro.

Ella es una actriz de teatro fantástica, performer, bailarina durante muchos años —antes de su transición— en la Compañía Nacional de Danza. Ha hecho infinidad de cosas, aunque en audiovisual no había hecho tanto hasta Transición. Luego ha hecho Las noches de Tefía, ha estado en varios proyectos audiovisuales y también en varias series.

Cartel de ‘Transición’
Neurads

La conocí en el teatro y me fascinó. La vi entrar en el escenario y dije: “Guau”. Luego pudimos tomarnos algo y la verdad es que conectamos muy bien desde el principio. Se ha convertido en una persona súper importante para mí; ahora somos muy amigas.

Tanto es así que el proyecto de largo que estamos preparando ahora es con ella: una especie de documental híbrido entre ficción y realidad que se llama provisionalmente Celeste en llamas.

El trabajo con ella fue básicamente volverla loca. Porque al final el personaje de Transición está muy desconcertado: no tanto al principio, pero luego pasa casi todo el corto bastante desconcertada. Mi labor iba por ahí, por trabajar ese desconcierto en su personaje, que estaba viviendo ese momento de limbo entre la vida y la muerte.

Y nos lo jugamos así. Fue muy divertido. Ella se entregó por completo, se volvió literalmente loca, pobre. Pero nos lo pasamos muy bien, también con toda la parte del body horror, de lo monstruoso. Eso tiene una parte asquerosa, pero también una parte muy divertida a la hora de jugar con ello. Así fue un poco ese trabajo.

Es un guion a tres manos. ¿Cómo fue ese proceso de escritura?

La verdad es que no me autodenomino guionista. Creo que soy creador, creativo; tengo ideas que me gustan, me interesan y me mueven, y siempre me gusta cocrear con otras personas para concretar esa cosa que a veces me cuesta aterrizar.

Este proceso fue largo porque pasó por varias fases y también fue complejo por el tema que tratamos. Es un tema muy sensible y, además, lo abordamos desde una perspectiva de terror, así que tenía unos condicionantes más específicos que otros cortos quizá no tienen.

También estaba la edad del personaje, el juego con el tema de la vejez, así que tuvimos que hacer bastante trabajo informativo. Por suerte, tenemos muy buena relación con la gente de Fundación 26 de Diciembre, que trabaja todo el tema de la vejez, sobre todo aquí en Madrid.

Y luego el guion estaba muy basado en experiencias personales y también en una noticia sobre una mujer a la que encontraron muerta en su bañera tiempo después de haber fallecido. De alguna forma, eso denunciaba esta idea de por qué las personas tenemos que vivir una vejez en la que nos sentimos solas y, cuando dejamos de formar parte del sistema productivo, directamente se nos abandona y nadie nos reclama.

Me parecía una metáfora muy potente porque, aunque aquí esté protagonizada por una persona trans, podría estar protagonizada por cualquier persona mayor. Esa es también parte de la denuncia del corto: no nos abandonemos, porque hoy por ti, mañana por mí.

David Velduque en el rodaje de ‘Transición’
Neurads

¿Hubo versiones muy distintas del guion antes de llegar al resultado final?

Sí, hubo bastantes versiones diferentes. Hubo una primera versión que iba por un camino distinto, aunque más o menos la idea siempre estuvo ahí: siempre había una persona mayor atravesando ese momento conflictivo.

Eso quedó en una primera versión y luego, pasado un tiempo —porque hubo un parón por cosas personales, por la vida, que a veces hace que todo se detenga—, retomamos el proyecto y reformulamos algunas cosas. Ahí llegamos a este punto en el que la cuidadora finalmente era otro personaje.

Ya no lo recuerdo del todo bien, porque como te digo, no tengo gran memoria, pero sí hubo claramente esas dos fases.

Este proyecto duró más precisamente por esas cosas que pasan entre medias. Levantar un proyecto artístico de estas características, incluso un cortometraje —y una película mucho más—, es muy complicado. Lleva mucho esfuerzo y muchísima energía.

La persona que está al frente —en este caso yo, aunque muy acompañado— tiene también la responsabilidad de sostener esa energía para que el proyecto se haga real. Y para que eso ocurra, tienes que convencer y sumar a muchas otras personas, y eso lleva tiempo.

En mi caso, además, tuve la suerte de que Apoyo Positivo aportó parte de la financiación y la otra parte vino desde Neurads, una productora que tengo, donde trabajamos mucho en publicidad y reinvertimos parte de eso en este proyecto.

Ahora estamos todavía más metidos en eso, porque vamos a abrir una línea mucho más enfocada al cine. Siempre ha sido muy importante para nosotros porque, en realidad, es la razón de ser o la gran ilusión que tenemos casi todas las que trabajamos aquí: poder hacer cine desde este lugar. El cine que nos hubiera gustado que existiera cuando crecíamos.

¿Rodasteis en localización o en plató? ¿Qué peso tuvo el diseño del espacio en la narración?

Es una localización real, a las afueras de Madrid.

Además, hubo un cambio importante, porque en principio el corto iba a ir más en la línea de lo que hice con Estigma: una estética más a color, una cámara más en movimiento… Pero, a medida que trabajaba las referencias, todo lo que me venía era blanco y negro, muy fotográfico: el trabajo de Robert y de otros fotógrafos y fotógrafas.

Entonces hubo un momento en el que pensé: “No tiene sentido. Si todas las referencias son así, quizá este proyecto debería ser en blanco y negro”.

Celeste González en ‘Transición’
Neurads

Y fue bonito porque, como el proyecto se llama Transición y yo también estaba en un momento de transición en mi vida, creo que retrata muy bien ese momento que estaba atravesando.

Le daba incluso otro valor al propio título del corto, que jugaba con este doble sentido. Al final, lo que siempre digo en los coloquios es que todas estamos transicionando constantemente en la vida. No hay unas personas trans y otras no trans; creo que todas estamos en una transición vital constante. Lo que pasa es que algunas lo asumen y otras no.

Me pareció bonito que fuera así, en blanco y negro, porque creo que del blanco y negro pueden surgir muchísimas cosas.

¿Eres de planificarlo todo o de dejar margen a lo inesperado durante el rodaje?

Me gusta un poco la mezcla. En este caso, como era un trabajo muy fotográfico, como te decía, la planificación estaba muy marcada porque los planos ya estaban muy pensados así. Es decir, no había tantísimos movimientos de cámara ni demás, así que estaba todo bastante planificado.

Pero siempre soy una persona que, por mucho que tenga las cosas preparadas —y me pasa en todo lo que hago—, necesita una estructura, aunque luego también necesito volar dentro de esa estructura y dejarme llevar por lo que está pasando en el momento.

Entonces, obviamente, pasaron muchas cosas durante el rodaje. Muchas tenían que ver con lo que le pasaba a Celeste en el propio proceso de interpretación del personaje, y luego hubo cosas mágicas.

Hay uno de los planos, por ejemplo, en el que se ve la sombra de ella saliendo por el pasillo y reflejándose en la pared, como si fuera El doctor Caligari, un poco Nosferatu también. Eso fue completamente improvisado, porque de repente había una luz que estaba generando esa sombra y yo le dije a Alejandro Buera, que es el director de fotografía: “Esto me está encantando. Ya sé que no tiene ningún sentido con lo que ha pasado antes en la escena, pero me parece tan chulo y tan identificativo del momento que está viviendo el personaje… ¿por qué no nos lo jugamos a favor?”.

Lo que vimos un poco de accidente lo marcamos muchísimo, y ese plano a mí me parece chulísimo. Es muy vampiresco.

La banda sonora tiene cortes y retornos muy marcados. ¿Qué intenciones había detrás de ese recurso?

El compositor de toda la música, menos la del momento techno, es Martín Jiménez, que ha hecho la música de todos los cortos que he dirigido. Es un tío absolutamente increíble, súper talentoso.

Estuvimos trabajando mucho en cuál podía ser el leitmotiv de esta historia, qué podía hacernos entrar en el universo de Transición. Y fue él quien me propuso lo de las voces.

Ya habíamos trabajado así en Estigma, porque él mezcla más que música como tal: muchos sonidos que, por cómo están armonizados y mezclados, suenan a música, pero en realidad son sonidos; en este caso, voces.

Ese leitmotiv de voces como de ultratumba, de niños o de ancestros —porque al final esto habla mucho de ancestros también—
nos pareció muy interesante, como algo que te metía directamente en el mood de la historia. Nació un poco de ahí.

Martín y yo hemos conectado muchísimo porque nos parecemos bastante en la idea de crear atmósferas. A mí me gusta mucho cómo el cine consigue generar atmósferas, y ahí el sonido es fundamental.

Incluso en otros cortos hemos trabajado con cosas rarísimas: cuchillos, sonidos de animales… Luego, mezclados de una determinada forma, no los percibes de manera obvia. Tú lo escuchas y no sabes exactamente qué es, pero de alguna forma se genera en ti una reacción.

Cuando estás escuchando el sonido de un animal, aunque esté distorsionado y lo leas como música, eso sigue provocando dentro de ti una inquietud o una reacción emocional, que es justo lo que buscamos con la música.

A pesar de lo oscuro de la historia, ¿crees que hay espacio para la luz?

Totalmente, sí. Yo creo que además el corto —espero que así lo consiga— da espacio para la luz. Eso es súper importante y, para mí, forma parte del propósito de cualquier proyecto que hago.

Creo que el mundo en el que vivimos está en un momento en el que necesitamos mucha luz, y traerla a través de las historias que contamos, de infinitas formas: en cómo nos expresamos en el día a día, haciendo cine, escribiendo, haciendo una foto, poniendo un tuit o lo que sea.

Creo que es importante que haya luz al final del túnel.

Más allá de que luego el camino, como en el corto, sea una montaña rusa de emociones y no todo sea felicidad —porque no creo que se trate de felicidad—, sí creo que se trata de esperanza y de luz.

Para mí es importante que todas las historias en las que trabajo, por muy oscuras que sean, tengan eso. Porque la vida tiene momentos de oscuridad y de luz, y creo que es bueno alumbrarlo todo para darte cuenta de que, como pasaba en Babadook, que era otra de las referencias, cuando alumbras a esos monstruos, ni tú eres tan bueno ni el monstruo es tan malo.

Se trata un poco de hacer las paces con esos lugares oscuros o con esos momentos difíciles de la vida. Si hacemos las paces con ellos, creo que vivimos en una mejor armonía.

Y ese es también el objetivo del corto: denunciar, sí, pero sin dejar de mostrar que hay luz, porque yo realmente creo que la hay.

¿Nos puedes contar algo más de tus nuevos proyectos, de tu salto al largo?

Es la ilusión de mi vida hacer una película. Luego, cuando la haga, a lo mejor no sé si no volveré a hacer nada más nunca o si me dedicaré a plantar lechugas, pero sí, es una ilusión enorme.

Desde muy pequeño siempre he querido hacer una película, y ahora estamos en este proceso de desarrollo y creación junto a Celeste, construyendo este universo que camina un poco entre el documental y la ficción, y que va a abordar, obviamente, nuestra experiencia en el mundo como personas queer.

Y bueno, intentar ver cómo el arte puede aportar algo a la conversación en la que estamos ahora, o en la que está el mundo ahora mismo. Cómo podemos aportar desde el arte algo que permita transformarnos.

Porque yo sí que creo que el cine es una herramienta de cambio social.

Lo creo profundamente porque, a través de lo catártico que tiene ver a personajes y personas atravesando cosas con las que tú empatizas, hay algo dentro de ti que literalmente cambia.

Este es el objetivo del proyecto en el que estamos ahora, Celeste y yo.

Y que también nos lo pasemos bien. Creo que hay un punto  importante en encontrar espacios de disfrute dentro de todo, en la vida en general. No todo va a ser sufrir.

Para mí va a ser muy importante dentro de este proceso creativo encontrar también el disfrute.

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