Casi veinte años después de El diablo viste de Prada, Meryl Streep y Anne Hathaway vuelven a enfrentarse en un mundo dominado por algoritmos, redes sociales y la transformación de la industria editorial. La secuela recupera a Miranda Priestly y Andy Sachs para reflexionar sobre el poder, la reinvención profesional y el vértigo de una era en la que ni el cine ni el periodismo pueden permitirse quedarse quietos.
¿Creen que el cine, como el periodismo, tiene los días contados con la llegada de la inteligencia artificial?
Meryl Streep: El filme que hicimos en 2006 se estrenó un año antes de que apareciera el iPhone. No había iPhones. Y esa pequeña máquina que hoy todos llevamos en el bolsillo ha cambiado radicalmente el mundo. Ha transformado el ecosistema editorial, la manera en que consumimos información y también nuestra industria. Todo se ha fragmentado. Antes había una cierta estabilidad en los modelos económicos; hoy vivimos en un terreno movedizo, donde cada decisión parece provisional. No diría que el cine o el periodismo están condenados, pero sí que están obligados a reinventarse constantemente.
Anne Hathaway: Estoy completamente de acuerdo con Meryl. El impacto de la revolución digital ha sido tan profundo que aún estamos tratando de comprenderlo. Y cuando lo miras desde el punto de vista de Andy Sachs, se vuelve aún más evidente. En la primera película tenía 22 años, acababa de salir de la universidad, tenía entusiasmo y ambición, pero muy poca experiencia vital. Ahora han pasado 20 años. Ha vivido, ha trabajado, ha tomado decisiones difíciles. Ya no es una observadora del mundo, ahora forma parte de él.
¿Cómo ha evolucionado su personaje en este tiempo?
Anne Hathaway: Creo que Andy ha adquirido herramientas que antes no tenía. Ha ganado experiencia, perspectiva y, sobre todo, confianza. Y esa confianza no es arrogancia, sino algo que se construye con el tiempo, a base de errores y aprendizajes. Ahora puede volver al universo de Miranda desde otro lugar. No como asistente, sino como alguien que puede mirarla de igual a igual. Quizá incluso como una socia potencial. Ese recorrido es lo que hace interesante esta historia.
¿Qué nos cuenta esta segunda parte?
Meryl Streep: La película se sitúa 20 años después, en un mundo mediático completamente distinto. Miranda Priestly sigue siendo una figura poderosa, pero ahora se enfrenta a algo que no puede controlar del todo: la transformación estructural de su industria. Runway atraviesa dificultades. Y entonces aparece Andrea, que ha seguido otro camino, más cercano al periodismo de investigación, a un tipo de trabajo con aspiraciones más amplias. Su regreso no es casual: ambas necesitan algo de la otra. Están, de alguna manera, en el mismo barco, tratando de no hundirse.
Su química en pantalla sigue siendo uno de los grandes atractivos. ¿Ha cambiado con el tiempo?
Anne Hathaway: Lo que recuerdo del primer rodaje es que me sentía completamente sobrepasada por el talento de Meryl. No solo por lo que hacía delante de la cámara, sino por cómo escuchaba. Eso fue una revelación para mí. Yo estaba preocupada por “hacerlo bien”, por cumplir. Ella estaba viviendo la escena desde un lugar mucho más profundo. Aprendí muchísimo solo observándola. Creo que nuestra química nace de ahí: de una admiración muy real.
Meryl Streep: En la primera película nuestra relación era distinta porque no nos conocíamos. Yo llegué al rodaje con una actitud muy abierta, casi festiva, pero pronto entendí que eso no funcionaba para el personaje. Miranda no podía ser accesible. Así que me aislé, me metí en mi propio espacio y eso marcó la dinámica. En esta segunda parte decidí hacer lo contrario: integrarme, disfrutar del grupo. Anne ya no es aquella joven que empezaba; es una actriz madura, con una presencia muy sólida. Ha sido un rodaje muy feliz. Reencontrarme con Emily Blunt o con Stanley Tucci ha sido, además, un regalo. Hay una energía distinta, más relajada, más consciente.
El fenómeno de El diablo viste de Prada 2
Si la entrevista revela la dimensión humana del proyecto, el contexto que rodea a la película explica su magnitud. Pocas secuelas recientes están siendo tan omnipresentes como esta. El diablo viste de Prada 2 es un acontecimiento global cuidadosamente diseñado que hoy ha vivido su estreno en Nueva York.
Desde semanas antes de su llegada a las salas el próximo 1 de mayo, la película ha invadido aeropuertos, redes sociales, escaparates y cafeterías. Portadas y pantallas gigantes reproducen la silueta inconfundible de Miranda Priestly. Marcas de consumo, como Starbucks, lanzan productos inspirados en los pedidos icónicos de los personajes. La película está, literalmente, en todas partes.
Esta saturación responde a una estrategia de marketing que convierte el filme en experiencia total. Hay que habitar el filme: bebiéndolo, vistiéndolo, comiéndolo, compartiéndolo. En ese sentido, la secuela lleva al extremo una tendencia ya visible en la industria cultural contemporánea de fusionar en la experiencia la narrativa y el consumo.
La historia que propone la película es, en esencia, una mirada hacia atrás. Nos traslada a un momento anterior a la revolución digital, a ese umbral en el que el mundo aún no estaba moldeado por pantallas táctiles y algoritmos. El filme es, en cierto modo, un viaje al último instante de la era analógica, cuando las revistas impresas todavía marcaban el pulso de la moda y la cultura.

La película original, El diablo viste de Prada, se estrenó en ese contexto. Su éxito se debió, en parte, a su capacidad para capturar el ecosistema de las revistas de moda como centros de poder simbólico. También a su inteligencia para ir más allá de la etiqueta de “comedia ligera” y explorar temas como la ambición, el sacrificio o la identidad profesional.
Dos décadas después, ese mundo ha cambiado radicalmente. Las redacciones se han reducido, no existe la idea de una portada como emblema de poder, los modelos de negocio se han fragmentado y la autoridad cultural la marcan influencers que necesitan hablar solo de sí mismos. El diablo viste de Prada 2 se sitúa precisamente en ese cruce de caminos. Es una película que reflexiona, de manera implícita, sobre el destino de la industria del cine y del periodismo.
El personaje de Miranda encarna esa tensión. Sigue siendo poderosa, pero su poder ya no es absoluto. Depende de fuerzas externas, económicas, tecnológicas, corporativas, que limitan su margen de maniobra. Andy, por su parte, representa otra vía. La posibilidad de reinventarse, de buscar sentido fuera de las estructuras tradicionales.
La película también dialoga con su propio legado cultural. Frases, gestos y escenas del filme original han sido absorbidos por la cultura digital, convertidos en memes, referencias y símbolos. La secuela juega con ese archivo compartido, lo reactiva y lo resignifica. Al hacerlo, apela tanto a la nostalgia como al reconocimiento.
Pero quizá lo más significativo sea la respuesta del público. Aunque pocos reclamaban activamente una continuación, el interés es masivo. Ya se han vendido millones de entradas por el deseo evidente del público de volver a ese universo, de reencontrarse con personajes que forman parte de la memoria colectiva. En un presente marcado por la incertidumbre, esa familiaridad tiene un valor incalculable.
En última instancia, El diablo viste de Prada 2 funcionará porque es producto de entretenimiento global integrado en la masa consumidora. Y también porque es un retrato del paso del tiempo. Regresamos a un mundo que ya no existe, pero que todavía reconocemos. Y eso, en tiempos de cambio constante, resulta irresistible.
