Durante siglos, aquellas páginas estuvieron perdidas sin estar del todo desaparecidas. No se conservaban como un libro completo, ni podían leerse de forma directa, ni descansaban en una vitrina con la solemnidad que suele acompañar a los grandes tesoros antiguos. Estaban dispersas, borradas, reutilizadas y escondidas en la propia materia de otros volúmenes. Ahora, un equipo internacional liderado por el profesor Garrick Allen, de la Universidad de Glasgow, ha logrado recuperar 42 páginas de un manuscrito del Nuevo Testamento considerado una de las piezas más valiosas para el estudio de los primeros textos cristianos.
El hallazgo afecta al llamado Códice H, una copia del siglo VI de las cartas de San Pablo. La Universidad de Glasgow lo presenta como uno de los manuscritos tempranos más importantes del Nuevo Testamento. No solo por su antigüedad, sino por lo que permite conocer sobre la transmisión, lectura y corrección de los textos sagrados en los primeros siglos del cristianismo.
Un manuscrito desmontado en el Monte Athos
La historia de este manuscrito del Nuevo Testamento tiene algo de desaparición lenta. Según la Universidad de Glasgow, el Códice H fue desmantelado en el siglo XIII en el Monasterio de la Gran Lavra, situado en el Monte Athos, en Grecia. Sus páginas fueron reentintadas y reutilizadas como material de encuadernación y hojas de guarda para otros manuscritos.
A ojos actuales, puede parecer una forma incomprensible de tratar un documento de semejante valor. Pero en la Edad Media el pergamino era un material costoso y escaso. Cuando un libro se deterioraba, sus hojas podían recibir una segunda vida en otros volúmenes. Aquella práctica de reciclaje, habitual en determinados contextos, terminó fragmentando el Códice H y dispersando sus restos por bibliotecas de Italia, Grecia, Rusia, Ucrania y Francia.
Lo que nadie podía prever es que ese proceso dejaría una pista física. La tinta nueva usada sobre las páginas generó daños por transferencia en las hojas enfrentadas. Es decir, dejó una especie de imagen especular del texto, un rastro casi invisible que ha sobrevivido durante siglos.
La tecnología que ha permitido leer lo invisible
La recuperación de estas 42 páginas no se produjo mediante el hallazgo de nuevos fragmentos físicos. La clave estuvo en leer lo que había quedado impreso de forma indirecta. Allen explicó que “los productos químicos de la nueva tinta causaron un daño por transferencia en las páginas enfrentadas”, creando “una imagen especular del texto en la hoja opuesta”, a veces con rastros que se extendían varias páginas y que apenas podían verse a simple vista.
El equipo trabajó junto a la Early Manuscripts Electronic Library y recurrió a técnicas de imagen multiespectral. Este procedimiento permite fotografiar un documento con diferentes longitudes de onda para aislar señales que el ojo humano no puede distinguir. Gracias a ello, los investigadores pudieron reconstruir lo que denominan “texto fantasma”: escritura que ya no existe físicamente en una página, pero que dejó una huella recuperable en otra.
Para reforzar la datación, especialistas en París realizaron pruebas de radiocarbono sobre el pergamino. Los resultados respaldaron el origen del siglo VI atribuido al manuscrito original.
Qué revelan las páginas recuperadas
El contenido recuperado incluye fragmentos ya conocidos de las cartas de San Pablo. Por eso, la importancia del descubrimiento no está tanto en que aparezca un texto completamente desconocido, sino en todo lo que esas páginas permiten observar alrededor del texto: su organización, sus correcciones, sus anotaciones y la forma en que los escribas trabajaban con él.
La Universidad de Glasgow destaca que las páginas contienen los ejemplos más antiguos conocidos de listas de capítulos de las cartas paulinas. Y esas listas no coinciden con las divisiones que utilizan hoy las ediciones modernas del Nuevo Testamento. Ese detalle es fundamental para los especialistas, porque muestra que la manera de ordenar, estudiar y consultar estos textos fue cambiando con el tiempo.
También aparecen correcciones y anotaciones realizadas por escribas del siglo VI. Esas marcas permiten acercarse a la vida cotidiana del manuscrito: no como objeto sagrado e intocable, sino como herramienta de lectura, estudio y transmisión. El Códice H es el testimonio más antiguo reconocido que incorpora el llamado Aparato de Eutalio, un sistema de ayudas al estudio asociado a los Hechos, las epístolas católicas y las cartas paulinas.
Un hallazgo “monumental” para el estudio bíblico
Para Garrick Allen, la magnitud del descubrimiento es difícil de exagerar. El investigador afirmó que, dado el peso del Códice H para comprender las escrituras cristianas, descubrir cualquier nueva prueba sobre su aspecto original ya sería importante; recuperar una cantidad así resulta “sencillamente monumental”.
El proyecto fue financiado por Templeton Religion Trust y el Arts and Humanities Research Council del Reino Unido, con la cooperación del Monasterio de la Gran Lavra. La Universidad de Glasgow ha señalado que ya existe una edición digital de acceso libre y que también se prepara una edición impresa del Códice H.
