Todo empieza con un olor pestilente. Como de algo en descomposición. Procede, al parecer, del apartamento 5.º C de un edificio de Buenos Aires construido en los años sesenta. Allí vive Celeste Blum, una joven estudiante de Arquitectura, algo retraída y solitaria, que desde hace un tiempo mantiene una relación con Simón, un hombre de cuarenta y tantos años que trabaja en un museo de ciencias naturales. Aldana, una vecina obsesionada con el orden y la pulcritud, es la primera en dar la voz de alarma. Gina, la portera del edificio, decide acompañarla a investigar qué sucede. Así introduce la escritora argentina Camila Fabbri el horror cotidiano en su nueva novela, El año de la serpiente (Anagrama).
Nacida en Buenos Aires en 1989, Fabbri ha hecho de las situaciones perturbadoras surgidas de la vida cotidiana una de las señas de identidad de su obra. Así sucede en libros como Los accidentes (2015), El día que apagaron la luz (2019), Estamos a salvo (2022) o La reina del baile (2023), finalista del Premio Herralde. Sus historias presentan, por momentos, reminiscencias del cine de su compatriota Lucrecia Martel, especialmente en su manera de descubrir lo inquietante bajo una aparente normalidad. La propia Fabbri debutó como cineasta con Clara se pierde en el bosque (2023), presentada en la sección Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián, donde optaba al Premio TCM de la Juventud, de cuyo jurado formó parte quien firma estas líneas.
Sin embargo, describir El año de la serpiente simplemente como una novela de terror puede resultar insuficiente. Algo parecido sucede con Audition, la novela de Ryu Murakami que Takashi Miike adaptó al cine: el espanto nace de una relación afectiva antes de adquirir dimensiones mucho más extremas. Fabbri tampoco necesita recurrir a lo sobrenatural para explorar las sombras de la condición humana. Aquí, el verdadero horror se encuentra en la intimidad: en la relación entre Celeste y Simón, en el desequilibrio afectivo y en las formas de control que pueden ocultarse bajo una aparente normalidad.
La narración alterna dos tiempos y tres líneas argumentales. Por un lado, la investigación de Aldana y Gina, convertidas en una improbable pareja de detectives. Su historia explora las consecuencias psicológicas de un acontecimiento traumático, aunque sus reacciones resultan tan contenidas que por momentos rozan la apatía. Paralelamente, Simón viaja a Brasil acompañado de su serpiente Alicia, donde conoce y se encapricha de Soledad, una mujer cuyo nombre parece anunciar su destino. Por último, la novela reconstruye desde la perspectiva de Celeste su relación pasada con Simón. Las tres líneas componen una historia que oscila entre el misterio, el drama psicológico y cierta comicidad patética.

Es precisamente la construcción psicológica de Simón uno de los aspectos más interesantes de la novela. Su fascinación por las serpientes, que condiciona profundamente su manera de relacionarse con los demás, podría convertirlo en un personaje extravagante, incluso caricaturesco. Sin embargo, Fabbri consigue dotarlo de una inquietante verosimilitud. Sus contradicciones, sus obsesiones y su peculiar manera de entender el afecto resultan perturbadoras porque, detrás de sus comportamientos más extremos, todavía es posible reconocer algo profundamente humano.
El humor ácido, tan característico de cierta tradición literaria argentina, también impregna la voz de Fabbri. Su prosa es contenida, de frases breves y una notable economía expresiva. Pero lo que verdaderamente distingue su escritura son los destellos de humor y extrañeza que irrumpen en medio de las situaciones más inquietantes. Pequeñas ocurrencias, observaciones insólitas y comparaciones inesperadas que aportan personalidad a una narración deliberadamente escueta.
Con todo, la novela resulta más interesante por las relaciones que retrata que por el misterio que propone. La investigación de Aldana y Gina tiene algo de comedia detectivesca y no siempre consigue sostener la tensión. Tampoco parece que Fabbri esté especialmente interesada en mantener la incertidumbre sobre lo sucedido: algunas conexiones se intuyen desde muy temprano. En cambio, la narración encuentra mayor fuerza cuando se detiene en las consecuencias de la violencia, en sus efectos sobre quienes la sufren y sobre aquellos que, de manera más o menos accidental, se convierten en testigos.
En definitiva, El año de la serpiente encuentra sus momentos más inquietantes en las relaciones humanas y en la violencia que puede instalarse en la cotidianidad. El misterio puede resultar previsible, pero el desasosiego que despiertan sus personajes no depende exclusivamente de su resolución. Si eso la convierte en una historia de terror, entonces que así sea.

