La nueva película del Universo DC, Clayface, tenía todos los ingredientes para erigirse en un triunfo creativo. Para empezar, gira en torno a un trágico enemigo de Batman al que nunca se ha hecho verdadera justicia en la gran pantalla. Asimismo, tiene el potencial de incluir escenas propias del subgénero conocido como terror corporal nunca vistas hasta ahora en el cine basado en cómics. Y, más importante aún, podría ser algo más que una simple película de superhéroes: la historia de un actor aclamado que se transforma en una criatura de arcilla capaz de cambiar de forma a raíz de un experimento científico se antoja el punto de partida perfecto para una actualización provocadora del cine clásico de monstruos. El problema es que Clayface hace intentos poco elaborados de abordar todos estos aspectos sin llegar a desarrollar ninguno de ellos de verdad.
Su argumento es pura fórmula: un astro emergente de Hollywood, recién nominado al Óscar, se acuesta con la novia de un mafioso de Gotham City y, como castigo, es salvajemente desfigurado. Tras perderlo todo, de algún modo topa con una científica capaz de devolverle su aspecto original gracias a una nanocélula impulsada por inteligencia artificial que puede regenerar tejidos humanos muertos, o algo así. Al principio, el tipo consigue recuperar su belleza exterior, hasta que toda la piel de su rostro empieza a desprenderse del cráneo. Entonces, tras autoadministrarse una sobredosis del tratamiento, se convierte en un camaleón capaz no solo de adoptar el aspecto de cualquier otra persona, sino también de utilizar su maleable cuerpo como arma, convirtiendo su carne en objetos como púas y garrotes. Estas transformaciones se producen en momentos de estrés intenso, que se vuelven cada vez más frecuentes a medida que Clayface empieza a fantasear con vengarse de las personas que destruyeron su vida anterior.

Un personaje así invita a ser usado para explorar ideas espinosas sobre los peligros de la inteligencia artificial, la vanidad de las celebridades y nuestra tendencia a sobrevalorar la fama, y el director James Watkins las esboza al tiempo que articula una curiosamente apasionada crítica a la cultura de la cancelación. Sin embargo, en lugar de profundizar en ninguna de las posibilidades temáticas que su historia ofrece, la película prefiere convertirse en un thriller de venganza típico y simplón. Las habilidades de mutante y las reglas que rigen su funcionamiento están tan mal definidas que acaba siendo un mero recurso de guion, capaz de hacer cualquier cosa que la situación requiera en cada momento.
Además, no se detecta rastro alguno de la tragedia que podría y debería haber surgido del personaje y de su trayectoria, de chico procedente de un barrio humilde a estrella de Hollywood y, finalmente, a supervillano. Para agravar esa falta de personalidad, la película renuncia a crear cualquier tipo de atmósfera. A diferencia de otros proyectos de DC vocacionalmente oscuros como The Batman (2022), El pingüino (2024) e incluso Joker (2019), que parecen existir en mundos tridimensionales llenos de crudeza y peligro, Clayface en ningún momento da la impresión de transcurrir más allá de un decorado de estudio; está tan mal iluminada y realizada de forma tan anodina como el contenido más olvidable de las plataformas de streaming y, por tanto, en ningún momento consigue transportarnos a Gotham.
Por otra parte, hay que reconocer que la película logra revolvernos puntualmente el estómago gracias a su voluntad de ser verdaderamente truculenta y grotesca, recreándose en primeros planos de huesos rotos y carne desgarrada; una escena en la que el protagonista utiliza unas tijeras para abrirse los ojos, que se le han quedado completamente sellados, mientras viaja en avión en medio de fuertes turbulencias resulta especialmente espeluznante. Lástima que, aunque algunos de sus asesinatos son realmente repugnantes, muchos otros resultan solo ridículos, como cuando mata a golpes a un hombre con una maza de proporciones caricaturescas hecha a partir de su propia anatomía. En el proceso, no queda claro si Clayface pretende que aplaudamos la violencia de su protagonista.

Cuando su rostro empieza a desmoronarse, inicialmente se convierte en una figura trágica, un hombre que ha sido mutilado, maltratado y descartado por el sistema; se supone que debemos compadecernos de su situación y lamentar que lo hayan convertido en un monstruo. Sin embargo, la película no aclara si sus actos están motivados por su sed de venganza o por la tecnología que recorre su organismo. De hecho, ofrece indicios de que el tipo siempre fue un monstruo, pero no les presta atención. Watkins parece no saber cómo enfocar su evolución y, como resultado, la película se precipita hacia sus escenas finales, cuando por fin parece comprender que debe hacer algo, lo que sea, para transformar al personaje de antihéroe incomprendido en villano.
En última instancia, Clayface es una película intermitentemente eficaz pero inofensiva y olvidable en su mayor parte, plagada como está de arbitrarias escenas de baloncesto y baile, efectos digitales terribles y diálogos compuestos íntegramente por clichés tanto del cine de gánsteres como del de terror y empeñados en subrayar una y otra vez lo que las imágenes ya han dejado suficientemente claro. En conjunto, parece un monstruo de Frankenstein ensamblado a partir de ideas mejores -ni siquiera se molesta en disimular los préstamos que toma de películas como Re-animator (1985), La mosca (1986) y Darkman (1990)-, y que nunca debería haber cobrado vida.

