Opinión

Placeres sencillos

María Jesús Güemes
Actualizado: h

Hay dos señales de que te lo has pasado fenomenal en vacaciones. Una es que vuelves agotado, pero contento. Tu cuerpo escombro no importa. Ha respondido y no te has perdido ninguna fiesta, festín, excursión o actividad deportiva. Todo en exceso. Tanto es así que al regresar al trabajo piensas que necesitas unos días para recuperarte… Yo siempre digo que bienvenido sea ese cansancio tan maravilloso que produce la felicidad.

El otro signo de que has desconectado por completo se ve cuando llegas a la oficina, vas a encender el ordenador y compruebas que se te ha olvidado la contraseña. Ese momento resume bien lo mucho que has disfrutado. Has sido capaz de delegar y dejar de lado las tareas pendientes. Has pasado del móvil, de los mil mails que se acumulan en la bandeja de entrada y hasta de las redes sociales. Da apuro reconocer que en la ignorancia se vive mejor.

Lo que está claro es que en verano hay que darse a los placeres. Cada uno a los suyos. Yo tengo unos cuantos que son muy simples, pero tremendamente valiosos. Sin ellos este periodo no sería especial.
Para empezar, quito las alarmas del reloj. No quiero que suene ninguna. Prefiero que pase el tiempo sin control. Me gusta esa locura de no saber a qué hora se almuerza o descubrir que son las 10 de la noche y todavía no ha anochecido.

También me encanta andar descalza. El calor acompaña y, por suerte, las sandalias facilitan que cualquier persona pueda pisar la arena de la playa o la hierba de cualquier prado en un instante. Será una tontería, pero es increíble la sensación de libertad que proporciona.

A esto se suma el entretenimiento de instalarse en una terraza o en un banco de la calle a observar a los que pasan. Si es con un helado, mejor. Ahí nos sale a todos la vena cotilla. Nos inventamos historias rocambolescas y nadie se libra de ser juzgado.

Y, por supuesto, hay que hablar de la siesta. Después de comer no se puede estar en la calle y hay que buscar refugio. A la fresca, uno se acomoda y espera a que la modorra le atrape. Hay que dejarse llevar. No hay prisas. Es importante gozar de la calma. Escuchar a las chicharras y ser consciente de que los ojos se cierran al tiempo que el sol funde allá afuera la línea del horizonte.

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Es verdad que, en ocasiones, nos invade el hastío y hay que aprender a manejarlo. Vamos tan estresados que no sabemos parar. Pero es fundamental aburrirse. Mejor no hacer nada, aunque nos digan siempre lo contrario.

En fin, mi listado podría ser interminable. Hay satisfacciones básicas, como tomar un tinto de verano granizado. Y otras que son necesidad, como contemplar una puesta de sol o abrazar a los amigos.

Tampoco puedo dejar de hablar del deleite de leer sin agobios. Hay que aprovechar para devorar volúmenes sin cesar. Ahora tengo entre manos ‘El detalle’, la última obra de Jesús Carrasco, que cuenta la vida de una pareja que lleva veintitrés años casada. Con el fin de animar la relación, él le regala a ella un viaje romántico al lugar en el que se dieron su primer beso, pero la situación se tuerce.

En este caso, el argumento es lo de menos. Lo que me ha llamado la atención de esta novela es un consejo que da en la página 152. El protagonista dice ahí que “querer y cuidar son dos caras de la misma moneda”. Explica que “siempre van juntos: sin cuidado no hay amor. Sin amor no hay cuidado. Para cuidar es preciso vivir con un pie en el futuro. Y no me refiero al gran futuro, lo que se conoce como el ‘porvenir’ o el ‘ya veremos’. Hablo de un futuro más cercano. El ‘futurito’ podríamos decir”.

Al hilo de esto, comenta que los hombres son “de cosas grandes: el día de mañana, la paz en el mundo, la cartera a reventar de billetes de cien dólares, el nudo de corbata bien gordo”. Mientras que las mujeres “llevan desde el principio de los tiempos gestionando cosas más pequeñas que caben en un cajón, en un bolso, en un sobre, entre las páginas de un libro de texto, en un paseo, en el dobladillo de una falda, en una fresquera, en una cantimplora”.

Yo a todo esto añadiría que no hacen falta paraísos o viajes exóticos y lejanos para divertirse. La clave está en la compañía. El tiempo libre es para pasarlo con quien más quieres y más te quiere; para cuidar de los tuyos y para mimarse a uno mismo.

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