El maestro Raúl del Pozo me contagió su alergia al tópico: “El primero que dijo el tópico –me contaba– era un genio; el último, un idiota”. Por ello, evito en mis textos, como si fueran la Yersinia pestis –la bacteria de la peste, en cristiano–, los choques de trenes, los como la copa de un pino, las crónicas de una X anunciada, etcétera. El autor de Noche de tahúres tenía toda la razón: nos emocionamos cuando escuchamos a Martin Luther King declamar, el 28 de agosto de 1963, “I have a dream”, pero nos acordamos de Chemi, el personaje que interpreta Diego Martín en Muertos SL, cuando la fórmula brota del morro de un tertuliano fatuo.
Así pues, me pongo en la cola del patíbulo. Esta columna es una inmolación: he venido, ay, a relatarles un sueño. Confiteor Deo omnipotenti, et vobis, fratribus, quia peccavi nimis cogitatione, verbo, opere et omissione, y lo que sigue.
Les cuento: yo, que soy del Real Madrid desde hace más de treinta años –mi padre me regaló el traje de Míchel como si fuera el uniforme de un templario–, hallábame en el Spotify Camp Nou, viendo un partido del “ejército desarmado de un país con la identidad aplastada por el vencedor en la guerra civil” (Vázquez Montalbán), de ese club que condecoró a Franco tres veces. O sea, del Fútbol Club Barcelona. ¿Por qué? Porque sí, como cantaban Los Rodríguez. ¿Contra quién jugaba el equipo presidido por el fundador de Democràcia Catalana, Joan Laporta? No me’n recordo.
El caso es que, en un momento determinado, aparecía mi amigo Alejandro Morey, barcelonés de Cartagena, culé civilizado –todos tenemos nuestras perversiones, en fin–, con una mesnada de aficionados azulgranas que repartía banderas de España y de Ceuta. En el Camp Nou. Donde, en marzo de 2023, a un polaco del Atleti casi le cosen a hostias por llevar una enseña nacional con el escudo de su equipo. Donde no juega la Selección de Fútbol desde el 21 de enero de 1987. Donde, en el mismo mes, pero en 2018, ANC, Òmnium y demás chiringuitos amarillentos repartieron 20.000 banderolas y un tipo, uno sólo, mostró una rojigualda a la manera de August Landmesser en el astillero de Hamburgo. Donde, a diferencia del Estadio Martínez Valero –el del Elche– y del Ciutat de València –el del Levante–, no se homenajea a sus campeones mundialistas porque, según el pana de rumba del prófugo Puigdemont, “no se da en el contexto ni es el momento más apropiado”. Donde los mismos zumbados que quisieron reventar el acto del Papa León XIV en la Sagrada Familia con sus chorradas de provincia exaltaron, este domingo, la estrellada –en español se dice estrellada– al grito de “Puta España” y “Puta selección”.
Vergüenza de Club. Esto es inadmisible @LaLiga. Si no haceis nada, os pondréis a su altura. pic.twitter.com/8XQnC81oyt
— Unión Internacional de Peñas Atlético de Madrid (@unionatm) April 23, 2023
Total, que saludo a Alejandro, me sumo a su tropa, la grada se va llenando de banderas de España y de Ceuta, y cientos de aficionados corean el “Ceuta no se vende, Ceuta se defiende”. Los independentistas nos ponen de vuelta y media, un par de seguratas nos instan, derrochando seny, a abandonar el estadio, y lo hacemos entonando el lolololo que una vez tuvo letra de Pemán. Cuando desperté, el dinosaurio no estaba allí, pero comenté el episodio onírico con dos grandes del periodismo deportivo, Juanma Rodríguez y Tomás Guasch, y les pregunté si se imaginaban al Barcelona homenajeando a Ceuta, como ya han hecho el Betis, el Levante, el Elche, el Villarreal y la Grada Fans del Real Madrid. Respuesta del primero: “No habrá homenaje primero porque Ceuta lleva siendo española desde hace 400 años. Si, pongamos por caso, Ceuta llevara siendo portuguesa desde hace 400 años, sí se daría el contexto”. Al segundo, en cambio, no le extrañaría tanto una rave españolista: “No sería la primera vez. Yo lo viví en 1957, inauguración del Camp Nou. Ni a Messi le han aplaudido allí tanto como a Franco aquella tarde, con el himno a todo vapor y unas niñas monísimas bailando sardanas vestidas de blanco. Eso fue lo más tremendo”. No tots som caballas.
Tampoco, vista la desvergüenza y/o la cobardía de Mbappé, Vinícius y Konaté –están en su derecho, evidentemente–, en el club de mis amores. Cómo se lo habrá tomado su presidente de Honor, José Martínez Pirri, nacido en Ceuta el 11 de marzo de 1945.

