Les voy a confesar algo: durante meses, por no decir años, se la tuve jurada a Carmen Rigalt. La excolumnista de El Mundo tildó a Raúl del Pozo de “muy machista” en una entrevista concedida a El Español. A su “íntimo, aunque ahora estamos enfadados”. Y reía. Maldita la gracia. Apenas faltaban dos o tres semanas para que viera la luz No le des más whisky a la perrita, un libro que escribimos –y al que sobrevivimos– Julio Valdeón y un servidor sobre el maestro de Cuenca. Aquel viernes, Raúl me llamó aterrado:
–Carmen Rigalt ha dicho de mí lo peor que se puede decir de un hombre –me dijo–. Me ha dejado hundido.
–Bueno, Raúl, tranquilidad –intenté quitarle hierro al asunto–. Ya sabes cómo es la sección de cultura en la que mandaba Peio Riaño.
–Me pueden matar, y vuestro libro puede nacer muerto.
A Dios gracias, aquella infamia no trascendió en exceso y, aunque No le des más whisky a la perrita tuvo un éxito, tirando de eufemismo, modesto, al mejor periodista español del último medio siglo no le sometieron a ningún aquelarre puritano y feminazi.

La de Rigalt me pareció una acusación terriblemente arbitraria. Raúl siempre consideró justa la causa de las mujeres y reivindicó que El Mundo la apoyara. Tendría sus guiños machirulos el hombre –quien esté libre de pecado, etcétera–, mas no he conocido a ningún otro cishetero varón normativo con semejante sensibilidad, delicadeza e inteligencia para con las hijas de Eva. Su psiquiatra, Néstor Szerman, me decía: “Tienes que destacar la importancia que han tenido las mujeres en la vida de Raúl. La prematura muerte de la madre de Raúl es un tema que marcó profundamente su vida en todos los sentidos. Muchas mujeres le han ayudado para orientar su vida, empezando por Natalia y siguiendo por muchas mujeres importantes que estuvieron ahí de otra manera y en otras situaciones. Se lió con las mujeres de algunos capos de PRISA”.
Raúl veneraba el cuerpo femenino. Una vez me habló de una americana del Gijón como si fuera la Virgen de Fátima: “Nos fuimos a un hotelucho de mala muerte, cerca del Paseo del Prado. Se desnudó y parecía Miss América. Me quedé tan asombrado… Recuerdo que tenía unas bragas como de plata, imposibles en España. De verdad, me preguntaba si eso estaba ocurriendo en la vida real. Cuando terminamos, salió de la habitación de una manera, bajó las escaleras de ese hotel con una elegancia…”. Tuvo una pila de amantes, aunque, a diferencia de Umbral, jamás alardeaba de ello. “Frente al exhibicionismo de Umbral”, me contó Pérez-Reverte, “estaba la discreción de Raúl”. Entre sus conquistas figuró Cayetana de Alba. En la presentación de la reedición de Noche de tahúres, alguien mencionó aquel episodio erótico-festivo; él salió por la tangente, sufriendo.

Canas al aire aparte, cuando enfermó su mujer, Natalia Ferraccioli, Raúl se consagró para cuidarla. Según José María García, se habían conocido en la Embajada italiana: “Raúl había ido a hacer un reportaje y éste, que había sido un mujeriego conocido, alabado y disputado por muchísimas señoras de la alta, de la baja y de la media sociedad madrileña, ahí cayó. Se quedó prendido de la mujer que lo ha sido todo, absolutamente todo, para él”. Fue la persona más importante de su vida. De no haber sido por ella, se hubiera arruinado en el juego. “Tenía una dependencia casi patológica”, me decía Néstor Szerman. Lo de Raúl con Natalia era adoración total. Vivió un infierno tras su muerte. De aquella nube negra le libraron mujeres: Pilar Cernuda, Carmen Rigalt, Chon González Byass y Sol, “la que me lleva las cuentas, que es una persona maravillosa. Me ven como un tipo desvalido, creo”. Y conmigo han sido muy generosas.
Muere Raúl, el periodista total, el mejor de todos nosotros, el hombre que más admiraba a las mujeres. Me acabo de acordar de una escena prodigiosa que presencié en su casa, hace unos años. Se le había atravesado una uña y le cuidaba una inmigrante hondureña. Después de que esta le limpiase la herida, Raúl me dijo: “Una chica como esta, que tiene hijos y marido en Honduras, que está en España casi de un modo clandestino, que gana 800 o 900 euros y tiene que mandar 200 para sus hijos, que vive la melancolía, el exilio salvaje de estar fuera de su patria y de sus hijos, y fíjate: tengo un problema en una uña, y cómo me cuida, con qué delicadeza. Las manos de una mujer no son las de un mono: son más distinguidas, evolucionadas, civilizadas, delicadas”. Dios le tenga en su gloria.
