El beso que Pedro Sánchez y Begoña Gómez se dieron este sábado, en la rave de feligreses celebrada en un centro de arte de Fuenlabrada que tiene por nombre el de un conocido jurista y profesor asesinado por los ancestros sanguinarios de uno de los socios del Gobierno, es un yogur caducado. De mango o de chilto. Hispanoamericano, en cualquier caso, e incompatible con la tradición socialdemócrata europea. La escena recuerda a los carteles kirchneristas de 2010 y al ósculo que le estampó Nicolás Maduro a su esposa, Cilia Flores, durante el acto de inscripción como candidato a la presidencia de la tiranía bolivariana en marzo de 2013. Nihil novum sub sole. Esta peli ya la hemos visto.
Por eso mismo, el beso en cuestión me acojona. Nos hallamos ante un yogur caducado, en efecto, pero de los que provocan salmonelosis. La historia, y no sólo la más reciente, así lo avala. Como escribió Rob Riemen en su estupendo ensayo El arte de ser humanos (Taurus, 2023): “No aprendemos las lecciones de la Historia, sencillamente, porque no la conocemos. No tenemos memoria, y por eso la estupidez puede seguir triunfando”.
El morreo presidencial, per se, desde el punto de vista electoral, es un acto absolutamente inocuo. Anima a Esther Palomera y conduce a un éxtasis como ibicenco a María Jesús Montero. Agita a las porristas, mas de ahí no pasa, no atrae a nuevos acólitos. Incluso espanta a algunos socialistas, tal y como contó Pilar Gómez en Artículo14 este domingo: “El gesto causó desagrado incluso entre los fieles. ‘Obsceno’, ‘bochornoso’ resumían algunos de los asistentes consultados”.
Sin embargo, el beso –por cierto, más falso “que un esquimal descalzo” (Calamaro), tal y como se puede comprobar acudiendo al detalle de las imágenes– es la guinda que manifiesta plenamente la metamorfosis del PSOE, el partido más importante de la democracia española, en una formación abierta y descaradamente populista. Podemos y Sumar/Frente Amplio, o como diablos se llame semejante mesnada de vasallos del yerno de Sabiniano, no pasan de caricaturas de muletas: por interés, y no por convicción –como siempre, vaya–, Sánchez ha fagocitado sus modos y sus ocurrencias, y los ha perfeccionado tanto en forma –es mucho mejor actor que la no tan rediviva Colau o el cansino Rufián– como en fondo –por su osadía, su posición de poder y sus 609 asesores, que algo hacen–. En “El populismo, el nuevo enemigo”, texto integrado en El estallido del populismo (coordinado por su hijo Álvaro, Planeta, 2017), Mario Vargas Llosa define el populismo como “la política irresponsable y demagógica de unos gobernantes que no vacilan en sacrificar el futuro de una sociedad por un presente efímero”. Les suena, ¿verdad?
El “te quiero” de Sánchez a Begoña culmina la salvamización de la política patria. Emparenta más con los montajes de la telebasura que con el inocente “pensamos demasiado, sentimos muy poco” que pronunció Chaplin en el discurso final de El gran dictador –discurso que así comienza: “Lo siento, pero yo no quiero ser emperador”–. Es el ingrediente de un melodrama. Y, como ya hemos apuntado, la originalidad brilla por su ausencia. Qué bien me lo dijo, hace unos meses, el enorme periodista y escritor Jorge Fernández Díaz: “El melodrama, hoy, pasó a la política. (…) Cada vez que alguien toma el poder, construye una fábrica incesante de literatura melodramática: los buenos, los malos, la épica, el relato… (…) Eso es muy peligroso. Es reducir la vida a una pantomima. Debemos reflexionar sobre eso. Sentimentalizar la política es algo terrible, siempre hace daño. Siempre conduce a un Waterloo”. Pues eso. Bienvenidos al pe(d)ronismo remasterizado. Con trasunto de Evita incluido.

