La campaña no había comenzado y los partidos ya se estaban lanzando los muebles por X. Desde el lunes 5 de octubre, cuando Pedro Sánchez anunció elecciones para el 29 de noviembre, la red se había llenado de consignas, vídeos y reproches. Dos días después murió Maricarmen Abascal, la mujer de 87 años desahuciada. Cualquier pelea anterior entre políticos quedó antigua. La guerra digital encontró un rostro que nadie quiso dejar en manos del adversario.
Todo había empezado con un “POR FIN” en mayúsculas del PP. Tras el anuncio de Pedro Sánchez, Génova difundió un vídeo con el lema “derribaremos los muros”. Óscar Puente se apresuró a responder: “Votar con V de vivienda o con B de buitre. Esa es la disyuntiva”. Isabel Díaz Ayuso sembró dudas sobre el voto por correo y Santiago Abascal reclamó elecciones “libres, limpias y sin violencia”. Borja Sémper recordó, desde el PP, que el sistema español es “garantista”.
El 6 de octubre la disputa rozó el esperpento. Puente publicó dos fotos de Feijóo: “Se huele el miedo”. La cuenta oficial del PP rescató una antigua caída del ministro y replicó: “Miedo le tenías tú a un esguince”. Había sufrido una rotura del cuádriceps que necesitó cirugía. Puente enseñó la cicatriz y llamó a los populares “la peor gentuza que habita este país”.
Cruce de acusaciones
La noche del miércoles 7 el tono cambió. Sánchez escribió: “Todo mi cariño a la familia y a los seres queridos de Maricarmen” y envió un abrazo a quienes sentían la pérdida como propia. Feijóo pidió “Ni campaña, ni partidos, ni utilización interesada” y reclamó respeto.
Entre los socialistas y miembros del Gobierno hubo una sucesión de mensajes. La ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, expresó sus condolencias y reconoció a quienes acompañaron a la anciana; Mónica García afirmó que su lucha “encendió una mecha que ya no se va a apagar” y Óscar López recuperó un vídeo de Maricarmen preguntándose qué sería de sus muebles, de su vida y de sus recuerdos. Todos difundieron igualmente mensajes de homenaje y reflexión.
En la izquierda radical, las palabras fueron mucho más duras. Irene Montero habló de “un asesinato”. Ione Belarra escribió: “Mari Carmen no ha muerto, la han asesinado los buitres que querían quedarse con su casa, la justicia y las administraciones que lo permitieron”. Enrique Santiago, de IU, utilizó también la palabra “asesinato”. Gabriel Rufián se despachó con un “Qué hijos de puta” y Rita Maestre cargó contra los “buitres y quienes les apoyan”. La diputada de Sumar Tesh Sidi agradeció su lucha.

La cuenta oficial de Vox contestó con otra atribución de responsabilidad: “Han matado a Maricarmen”. Acusó al Gobierno de utilizar su sufrimiento y señaló a Sánchez como responsable del desastre de la vivienda. Su eurodiputado Hermann Tertsch publicó: “Procede una autopsia de Maricarmen”. Alrededor circularon insinuaciones sobre un supuesto asesinato orquestado por la izquierda para influir en las elecciones. El episodio muestra hasta qué punto una muerte puede convertirse en combustible para relatos opuestos.
El jueves 8, la disputa saltó de las pantallas a las instituciones. PP y Vox rechazaron los homenajes oficiales; la oposición guardó silencio por su cuenta. En las Cortes valencianas sí se celebró un minuto de silencio. Ayuso y la portavoz de Más Madrid, Manuela Bergerot, intercambiaron acusaciones en el pleno. En X, el jefe de Gabinete de la presidenta madrileña, Miguel Ángel Rodríguez, apuntó al PSOE: “Así comienzan la campaña electoral. Por eso intentan quemar las calles”. Puente recopiló publicaciones que habían ridiculizado a la anciana y Feijóo habló, fuera de la red, de “manipulación emocional” de los ciudadanos.
¿Qué ganan con la bronca?
“Su minuto de gloria. Que los medios hablen de él. Un político no gana elecciones si no se convierte en alguien reconocible”, explica la experta en comunicación política Myriam Redondo al preguntarle qué busca quien lanza un mensaje incendiario. Xavier Peytibi, consultor de comunicación política en Ideograma, precisa: “Casi nunca busca convencer. Muchas veces busca movilizar a los suyos, provocar al adversario (y que deba defenderse) y, sobre todo, conseguir impacto”.
Esa es la estrategia, según los expertos. Obligar al otro a responder, imponer el asunto del día y dar argumentos fáciles de repetir a los militantes. La controversia institucional prolonga cada mensaje más allá de X, pero ninguna de esas reacciones permite deducir por sí misma un vuelco electoral. “X nunca ha sido la realidad, y menos ahora. El algoritmo premia las reacciones y amplifica a los más polarizados”, advierte Redondo.
Peytibi coincide: “Yo diría claramente que X no es un espejo del electorado”. Su influencia puede ser indirecta: las minorías más implicadas se convierten en un “ejército de portavoces que lleva los mensajes a conversaciones fuera de la pantalla”. Tampoco un aluvión de mensajes supone una operación clandestina. Peytibi añade que a veces es “algo organizado en el origen, pero orgánico en la difusión”. Recuerda además que “coordinación no significa necesariamente bots ni manipulación”. Redondo apunta a indicios de fabricación, como publicaciones simultáneas, textos idénticos o cuentas de comportamiento sospechoso. Sin ese análisis, llamar bot al adversario es otra forma de hacer campaña.
El precio puede pagarlo quien ni siquiera participa en X. Redondo opina que el mensaje incendiario provoca adhesión o rechazo, pero alerta de otro efecto: “la ciudadanía se confunde con el ruido informativo, se cansa del debate, no sabe quién lleva razón y decide no votar”. Por tanto, indignar no equivale automáticamente a persuadir. El experto indica que crece la “polarización afectiva, el rechazo a quienes votan diferente, y la falsa polarización, creer que el adversario es más extremo de lo que realmente es”. La campaña oficial arrancará el 13 de noviembre. Hasta entonces, llegarán más vídeos, pantallazos y acusaciones.

