Durante siglos hemos acudido a los avances tecnológicos para hacer las cosas más rápido. El dominio del fuego, la invención de la rueda o la aparición del correo son buenos ejemplos de ello. Internet nos evitó desplazamientos y envíos, Google nos ahorró búsquedas interminables a las que antes dedicábamos gran parte de nuestro tiempo. Las aplicaciones móviles nos permitieron encontrar nuestro camino, elegir un restaurante, pedir un taxi o gestionar nuestros ahorros.
Y cuando pensábamos que ya estaba todo inventado y no podíamos ahorrar más tiempo, llegó la inteligencia artificial para acelerar todavía más nuestras vidas. La promesa ya no consiste en hacer las cosas más rápido, sino en no tener siquiera que hacerlas nosotros mismos y delegarlas en agentes virtuales. Unos agentes que, en la ya veterana película Matrix, ya aparecían, pero como seres malvados. Hoy parecen venir para ayudarnos y facilitarnos la existencia.
De preguntarle a una máquina a decirle: “Hazlo tú”
Desde el nacimiento de Yahoo! o Google, nos acostumbramos a preguntar a los ordenadores con unas preguntas bastante primarias e inocentes. Luego llegó ChatGPT y empezamos a mantener conversaciones y a pedir consejos más detallados. ¿Cómo organizar un fin de semana romántico en Roma sin perderme nada? Y la inteligencia artificial respondía mejor que nunca a todas nuestras dudas. Pero hoy se avecina un cambio aún más asombroso. El verdadero salto no consistirá solo en que la inteligencia artificial haga cosas por nosotros. Consistirá en que dejará de esperar a que se las pidamos.
Nuestros futuros agentes podrán recibir una instrucción sencilla y hacerlo todo pensando como si fuera nuestra propia cabeza. “Organízame un viaje romántico a Roma para San Valentín sabiendo que tengo 2.000 euros en la cartera”. El agente se pondrá a investigar, comparar y comprar. Entrará en blogs, webs y redes sociales, elegirá las mejores combinaciones de vuelos, transportes y hoteles. Desafiará los precios dinámicos y esperará el mejor momento para comprarlo todo, incluso mientras estés durmiendo. Después te informará cuando todo esté reservado y organizado.
Ya no preguntamos a las computadoras cómo se hacen las cosas. Pedimos que lo hagan. Pasamos de una IA reactiva, que responde cuando la llamamos, a otra proactiva, capaz de anticipar problemas, actuar en un discreto segundo plano y volver a nosotros cuando una tarea ya está resuelta.
Muse, Dots, Instinct… comienza la carrera agéntica
Nos podemos preguntar cómo las grandes tecnológicas se están dejando tanto dinero en esta nueva batalla de la inteligencia artificial. Pero, pensándolo un minuto, ¿qué servicio acabaremos necesitando todos? Ahorrar tiempo. Y eso en Silicon Valley lo entendieron hace mucho.
Como fue el caso de los smartphones en su día, nadie querrá quedarse fuera de esa ola. Será adoptar esta nueva tecnología o correr el riesgo de quedar rezagado. Y disponer de un agente será aún más codiciado.
Mark Zuckerberg anunció en septiembre el lanzamiento de Muse, un agente personal capaz de trabajar en Internet y en diferentes aplicaciones, enviar correos, organizar viajes o realizar compras con autorización previa del usuario. Además, aprende de nuestras conversaciones, hábitos y rutinas y recuerda información relevante para adelantarse a algunas necesidades. Podría llegar a decirnos algo como: “Si vuelas mañana, te puedo ir reservando un taxi y va a llover, así que llévate un paraguas”. Nuestro agente (o asistente virtual) será como nuestra sombra e interactuará con nosotros habitualmente y en el tono que más nos guste.
No es casualidad que algunos de estos agentes lleguen incluso a convertirse en personajes o avatares amables. Antes de entregarles nuestras contraseñas digitales, tendrán que ganarse nuestra confianza.
OpenAI, creadora de ChatGPT, no podía quedarse atrás y acaba de presentar Dots, agentes que permanecen activos entre conversaciones, disponen de su propio ordenador virtual y pueden trabajar con más de 4.000 aplicaciones que decidas conectarles. Como reza su web, los Dots son una extensión de ti y pueden trabajar para ti, aunque no estés pendiente de ellos. Estos asistentes, representados como avatares o mascotas virtuales, te conocen perfectamente y contestan como si tú lo hicieras.
Google, por su lado, desarrolla una filosofía similar con Gemini Spark, concebido como un agente disponible las 24 horas que puede ejecutar tareas en segundo plano, encontrar cualquier información en tu correo o dispositivo, mientras Instinct, una startup lanzada este mismo año, ya permite comprar entradas o alimentos, organizar viajes, cancelar suscripciones a esas newsletters que ya ni abrimos o incluso realizar llamadas telefónicas en nuestro nombre.
Un asistente personal que no descansa
Nuestras vidas urbanas están rodeadas de coaches y asistentes que nos asesoran o tratan de encaminar nuestras vidas por el mejor camino. Pero tienen un defecto, y es que duermen. Al menos ocho horas al día. No es el caso de estos nuevos agentes que solo requieren energía y servidores para poder realizar sus labores.
Piensa en todo lo que podría ir desapareciendo de tu agenda. “Convoca a cinco amigos para una cena en casa, elige el menú en función de sus intolerancias, haz un pedido para que llegue todo en hora y ábreles la puerta”. Por supuesto, también te podrán ayudar a comparar seguros, cambiar de tarifa de gas o de teléfono, comprar entradas para un concierto en vez de estar tú en cola o devolver una compra. Pequeñas tareas intrascendentes en el conjunto de nuestra vida que, sumadas, consumen horas de nuestro día a día. Definitivamente, el gran negocio de los agentes no será hacernos más inteligentes, quizá incluso ocurra lo contrario. Pero nos harán ganarle tiempo al tiempo. Y cuanto más tiempo queramos ahorrar, más parte de nuestra vida tendremos que dejar en sus manos.
Y para conseguirlo tendrán que conocernos muy bien en todos los aspectos. Nuestros gustos, nuestros amigos, nuestra agenda, nuestra familia, nuestros restaurantes favoritos y presupuestos, nuestras comunicaciones y preferencias de compra… Cuanto más sepan de nosotros, más se parecerá su comportamiento al que esperamos de ellos.
¿Y si nuestro agente decide demasiado?
Todo esto puede parecer futurístico, pero llegará en pocos meses a millones de bolsillos. Y si no, “tiempo al tiempo”. Los agentes serán una novedad durante un par de años, pero pronto, todo el mundo querrá disfrutar de sus beneficios.
Sin embargo, todo esto no está exento de riesgos, como ocurre siempre en torno a la subcontratación de parte de nuestra existencia a lo digital y robótico. Hace unos días, el creador estadounidense Matt Robb decidió probar Muse para vender un teclado en Facebook Marketplace. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió que su agente Muse ya había negociado con un comprador, aceptado una oferta inferior a la que él deseaba, facilitado su dirección particular y organizado la recogida. El vendedor descubrió lo ocurrido cuando apareció en casa el comprador interesado.
¿Y cómo pudo ocurrir todo esto? Robb había activado unos permisos muy amplios, permitiendo al agente virtual aprobar determinadas decisiones. El asunto se volvió viral y probablemente incidió en dar a conocer aún más este servicio. Mientras tanto, y en pleno entusiasmo inversor alrededor de Muse, las acciones de Meta subieron cerca de un 30 % en bolsa en apenas un mes. La empresa sostiene que el agente actuó dentro de los límites y permisos concedidos por el usuario, aunque reconoció que la interfaz debe explicar mejor sus consecuencias.
Y ahí surge la gran pregunta. Durante años pulsamos “aceptar” en cookies, permisos y términos de uso sin leer demasiado. La diferencia es que ahora ese clic ya no solo permite que nos observen. Puede autorizar a una máquina a tomar decisiones en nuestro nombre. Un agente que nos conoce puede acceder a nuestras plataformas y operar por nosotros. Es tremendamente útil, desde luego. Pero también concentra una cantidad de información crítica y una capacidad de decisión sobre nuestra existencia. El reto será delimitar muy bien las áreas de responsabilidad entre lo que queremos que haga nuestro ordenador y lo que queremos seguir decidiendo nosotros.
Hacia una sociedad del tiempo marginal cero
En 2014, el economista Jeremy Rifkin publicó La sociedad de coste marginal cero. El libro planteaba una tesis que todavía hoy sigue generando debate. Internet, la digitalización y las nuevas infraestructuras tecnológicas podían empujar el coste de producir determinados bienes y servicios hacia prácticamente cero.
Hoy la inteligencia artificial puede estar acercándonos a otro concepto: la sociedad del tiempo marginal cero. Internet nos permitió hacer más cosas de forma autónoma; los buscadores, encontrar respuestas más rápido; y las apps, simplificar tareas y decisiones. Ahora los agentes prometen dar un paso más y encargarse directamente de buena parte de nuestros quehaceres.
Llevamos décadas inventando tecnologías para ahorrar tiempo mientras tenemos, paradójicamente, la sensación de que el tiempo corre cada vez más deprisa y se vuelve escaso. Quizá el próximo gran lujo no será gozar de más tiempo disponible, sino decidir qué parte de nuestra vida no queremos optimizar a ultranza. ¿Hasta dónde estaremos dispuestos a llegar para ganarle cada vez más tiempo al tiempo sin perder la sensación de haber experimentado o vivido algo?
Porque buscar, equivocarse, esperar, improvisar o incluso perder el tiempo también forman parte, al fin y al cabo, de la experiencia de la vida.

