Las extraescolares y el derecho de los niños a tener la tarde libre

En las últimas semanas he recibido varias consultas sobre las extraescolares y, sobre todo, sobre cuándo empezar y cuánto es demasiado

Me escribe Luisa. Su hijo tiene cuatro años y quiere que empiece música. Me escribe Andrés. Su hijo tiene ocho, le encanta el ajedrez, pero él piensa que también debería hacer algún deporte y ha pensado en fútbol. Y me escribe Luis. Su hijo empieza Bachillerato y no sabe si podrá compaginar las horas de entrenamiento con las exigencias de los estudios.

Tres edades. Tres familias. Una misma preocupación: cómo elegir aquello que puede hacer bien a nuestros hijos sin convertir sus tardes en una prolongación del colegio.

Las extraescolares son, en esencia, una oportunidad. Permiten aprender algo que quizá no forma parte del currículo, descubrir una afición, encontrar un talento o simplemente entrar en contacto con otros niños en un contexto diferente. A veces incluso permiten conocer un mundo al que, de otro modo, no tendrían acceso.

Yo fui una niña de extraescolares. Conservatorio, ballet, judo. Había que recordar qué tocaba cada tarde y, sobre todo, dónde tocaba. Durante años parecía que después del colegio empezaba otra vida.

Y era verdad.

Era otra vida. Una que me permitió conocer cosas que probablemente no habría encontrado dentro del aula. Una forma distinta de aprender, de relacionarme y de descubrir qué me gustaba. También recuerdo el momento en el que aquello dejó de ser una oportunidad para convertirse en una presión. Y entonces decidí no continuar.

Con el tiempo he entendido que lo importante no fue haber hecho muchas actividades, sino haber tenido la posibilidad de abrir esas puertas.

El problema aparece cuando confundimos abrir una puerta con empujar a un niño a través de ella.

Hay familias que quieren empezar cada vez antes. Niños de tres años con un violín, con una equipación de fútbol, sentados delante de un tablero de ajedrez. Y no hay nada malo en acercarles a esas actividades. Al contrario. Un niño puede jugar con un violín, mover las piezas de un ajedrez, correr detrás de una pelota, bailar o experimentar con cualquier instrumento.

Pero a los tres o cuatro años tiene que seguir siendo, fundamentalmente, eso: un juego.

Porque también hay una madurez que no se puede acelerar.

Un niño de cuatro años todavía está construyendo muchas de las herramientas que necesitará para formar parte de un equipo: comprender determinadas reglas, esperar, perder, ganar, aceptar que otro lo haga mejor, tolerar la frustración, entender que no siempre puede ser el primero. Podemos ponerle una camiseta y colocarle en un campo de fútbol, pero eso no significa que emocionalmente esté preparado para vivir el deporte como lo vivimos los adultos.

Y quizá aquí está uno de nuestros grandes errores: queremos que nuestros hijos lleguen antes a todo.

Antes a leer. Antes a escribir. Antes a tocar un instrumento. Antes a competir. Antes a destacar.

Como si la infancia fuera una carrera y hubiera que salir con ventaja.

Y no lo es.

Hay aprendizajes que necesitan tiempo. Hay deseos que necesitan crecer. Y hay talentos que aparecen precisamente cuando dejamos espacio para que aparezcan.

Por eso me preocupa especialmente cuando las tardes de los niños empiezan a parecerse a la agenda de un ministro. Colegio, fútbol, inglés, música, deberes, natación, desplazamientos, ducha, cena y cama. Todo encajado al minuto. Todo con una hora de llegada. Todo con una actividad detrás de otra.

Y entonces desaparece algo que parece insignificante porque no aparece en ningún boletín de notas: el tiempo libre.

Ese tiempo en el parque en el que dos niños deciden a qué van a jugar. Ese rato en el que se aburren y tienen que inventarse algo. La tarde en la que no ocurre nada. El paseo sin prisa. El estar en casa sin que haya que llegar a ninguna parte.

El patio del colegio es un buen ejemplo. Hay centros que utilizan ese tiempo para ofrecer actividades extraescolares. Pero el patio no es un hueco vacío que tengamos que llenar. Es un espacio educativo en sí mismo. Allí los niños negocian, inventan juegos, hacen amigos, resuelven conflictos, se equivocan, se aburren y vuelven a empezar.

Es una de las pocas parcelas de su día que no está completamente diseñada por los adultos.

Y quizá por eso deberíamos protegerla.

También deberíamos mirar qué ocurre en algunos deportes cuando los padres dejamos de acompañar a nuestros hijos y empezamos a proyectarnos sobre ellos.

Todos hemos visto alguna vez a adultos desaforados en la banda de un campo de fútbol. Gritando, dando instrucciones, enfadándose con el árbitro, celebrando un gol como si estuvieran en una final. Y cuando levantamos la mirada descubrimos que los jugadores tienen siete años.

Siete.

Niños que todavía están aprendiendo a jugar y que, en ocasiones, ya sienten que están siendo examinados.

Es difícil separar nuestros deseos de los suyos. A veces queremos que nuestro hijo sea aquello que nosotros no fuimos. Que continúe lo que nosotros abandonamos. Que tenga la oportunidad que nosotros no tuvimos. Que destaque.

Pero una extraescolar no debería convertirse en el lugar donde los adultos depositamos nuestras expectativas.

Tiene que ser un lugar donde el niño pueda descubrir las suyas.

Por eso, elegir bien no consiste únicamente en preguntarnos qué actividad puede desarrollar mejor sus capacidades. También deberíamos preguntarnos qué espacio ocupa en su semana, cuánto tiempo le deja para jugar, cuánto esfuerzo le exige y, sobre todo, si existe deseo.

Porque generar deseo también es educar.

Esperar. Mirar desde fuera. Ver cómo otros juegan. Tener ganas de probar. Preguntar. Imaginarse dentro.

Quizá a los tres años no necesitemos que un niño aprenda violín. Quizá necesitemos que escuche música. Que juegue con los sonidos. Que cante. Que descubra que un instrumento existe y que algún día podría tocarlo.

Quizá no necesite jugar al ajedrez como un adulto. Puede mover piezas, inventarse reglas y descubrir que hay un tablero lleno de posibilidades.

Y quizá no necesite formar parte todavía de un equipo de fútbol. Puede correr detrás de una pelota en el parque.

Ya llegará el momento de convertir el juego en interés, el interés en deseo y, si él quiere, el deseo en compromiso.

A los ocho o nueve años puede descubrir la música de otra manera. A los diez u once puede querer entrar en un club deportivo. Más adelante puede decidir que aquello que comenzó como un juego es algo que quiere tomarse en serio.

Y entonces habrá tiempo para el esfuerzo.

Porque también hay que enseñar a comprometerse. Si nos apuntamos a una actividad, no podemos abandonar al primer día que deja de resultar divertida. Hay que probar, conocer, sostener durante un tiempo aquello que hemos elegido y descubrir también que algunas cosas cuestan.

Pero compromiso no significa presión.

Y perseverancia no significa convertir a un niño en profesional de aquello que hace por las tardes.

Las extraescolares pueden ser una de las grandes oportunidades de la infancia. Pueden abrir puertas, ampliar miradas y descubrir capacidades que el colegio no siempre puede ofrecer.

Pero no necesitamos abrirlas todas a la vez.

Los niños tienen toda la vida por delante.

Si este año no hacen música, podrán hacerla el siguiente. Si todavía no están preparados para competir, podrán esperar. Si hoy prefieren jugar, quizá ese juego sea precisamente el lugar desde el que mañana nazca un talento.

Dejemos que tengan tardes sin nada.

Que puedan volver a casa sin mirar el reloj. Que puedan estar en el parque hasta que anochezca. Que puedan aburrirse. Que puedan inventarse algo. Que puedan, simplemente, ser niños.

No todo lo que llena una tarde la hace mejor.

A veces, lo mejor que podemos ofrecerles es dejar un poco de espacio para que sean ellos quienes decidan qué hacer con ella.

Creo que el cierre gana fuerza porque convierte la idea de las extraescolares en algo más amplio: no se trata de estar en contra de ellas, sino de recordar que el tiempo libre también educa.

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