El fuego ha dejado de ser un problema casi exclusivo del Mediterráneo para avanzar también por amplias zonas del interior y del norte peninsular. Detrás de este cambio hay una combinación cada vez más explosiva: temperaturas récord, montes cada vez más cargados de combustible vegetal tras años de abandono rural y fenómenos meteorológicos extremos que convierten cualquier chispa en un incendio de rápida propagación.
Las imágenes se repiten cada verano: vecinos desalojando sus casas, columnas de humo visibles a decenas de kilómetros y bomberos luchando durante días contra incendios imposibles de contener. Detrás de esas escenas hay un patrón que los expertos conocen bien. Aunque el número total de incendios ha disminuido en las últimas décadas, los que se producen son mucho más grandes, más intensos y más difíciles de extinguir.
Así lo reflejan los datos de la Estadística General de Incendios Forestales (EGIF), elaborada por el Ministerio para la Transición Ecológica. España registra menos fuegos que hace veinte años gracias a la mejora de la prevención y de los dispositivos de extinción, pero los grandes incendios -los que superan las 500 hectáreas- concentran cada vez una mayor parte de la superficie calcinada.
Galicia: el territorio donde el fuego nunca desaparece
Galicia continúa encabezando las estadísticas por número de incendios. No es casualidad. La fragmentación del territorio, la abundancia de masas forestales, la presencia de especies muy inflamables, como el eucalipto, y el elevado porcentaje de fuegos provocados por la actividad humana convierten al noroeste peninsular en una de las zonas con mayor recurrencia.
Cuando a esa combinación se suman varios días de calor intenso, baja humedad y viento, cualquier conato puede transformarse en un incendio de rápida propagación.

Castilla y León: el escenario de los grandes incendio.
Si Galicia concentra un elevado número de fuegos, Castilla y León se ha convertido en el escenario de algunos de los más devastadores.
Su enorme superficie forestal, la despoblación de amplias comarcas y las dificultades para gestionar millones de hectáreas favorecen incendios de gran extensión. En 2025 miles de hectáreas ardieron en distintos puntos de la comunidad hasta situarla entre las regiones con mayor superficie quemada del país y obligar a movilizar ayuda europea.
El calor extremo dispara el riesgo en el suroeste
Extremadura y Andalucía afrontan cada verano una combinación especialmente peligrosa porque las sucesivas olas de calor resecan la vegetación.
Provincias como Cáceres, Badajoz, Huelva, Sevilla o Cádiz aparecen de forma recurrente entre las zonas con mayor riesgo en los mapas diarios elaborados por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), especialmente durante los episodios de temperaturas extremas.
El Mediterráneo sigue siendo una de las zonas más vulnerables
Cataluña, la Comunidad Valenciana y parte de Aragón mantienen otro de los grandes corredores de riesgo del país. Aquí confluyen fuertes pendientes, abundante masa forestal, urbanizaciones rodeadas de monte y episodios de viento capaces de disparar la velocidad de propagación del fuego.
Es también uno de los escenarios donde pueden desarrollarse los llamados incendios de sexta generación, capaces de generar su propia dinámica atmosférica y de superar, en ocasiones, la capacidad de respuesta de los servicios de extinción.
La expansión de la denominada interfaz urbano-forestal -el espacio donde conviven viviendas y bosque- aumenta además la exposición de miles de personas, como han demostrado los numerosos desalojos registrados en los últimos incendios.
Madrid también entra en el mapa del riesgo
La Comunidad de Madrid nunca había figurado entre las zonas más afectadas por los incendios forestales. Sin embargo, el aumento de las temperaturas, la expansión urbanística hacia áreas forestales y la acumulación de combustible vegetal han elevado de forma notable la vulnerabilidad de espacios como la Sierra de Guadarrama.
Durante los episodios de calor extremo, AEMET sitúa con frecuencia amplias zonas del centro peninsular en niveles muy altos o extremos de peligro.
Menos incendios, más devastadores
El principal cambio no está en el número de fuegos, sino en su comportamiento.
La mejora de los sistemas de vigilancia, la profesionalización de los equipos de extinción y las campañas de prevención han reducido los incendios respecto a décadas anteriores. Sin embargo, cuando coinciden temperaturas extremas, baja humedad y fuertes rachas de viento, los incendios que consiguen escapar del primer ataque adquieren una dimensión muy superior.
El Ministerio para la Transición Ecológica lleva años advirtiendo de esta tendencia: una parte cada vez mayor de la superficie quemada se concentra en un reducido número de grandes incendios forestales.
A ello se suma el abandono del medio rural que ha reducido la actividad agrícola, ganadera y forestal que durante siglos mantuvo limpio el monte. Allí donde antes había cultivos, pastos o aprovechamientos forestales hoy se acumula una enorme cantidad de biomasa que alimenta las llamas.
Un problema que ya no termina en septiembre
La temporada de alto riesgo continúa concentrándose en verano, pero cada vez comienza antes y termina más tarde. Los incendios ya no son un fenómeno estrictamente estacional, sino una amenaza que puede prolongarse durante buena parte del año.
Los datos del programa europeo Copernicus sitúan a España entre los países con mayor superficie afectada por incendios forestales de Europa, una tendencia que los científicos relacionan con el aumento de las temperaturas y la intensificación de los fenómenos meteorológicos extremos.
Por eso los expertos insisten en que la solución no pasa únicamente por apagar incendios. Gestionar el monte durante todo el año, recuperar la actividad rural, reducir la acumulación de vegetación y adaptar el territorio a un clima cada vez más extremo se han convertido en medidas tan importantes como contar con más medios de extinción.
Porque el mapa del fuego ya no solo muestra dónde arden los bosques. También revela qué paisajes llevan años sin gestionarse, dónde el calor aprieta con más intensidad y dónde el cambio climático encuentra las condiciones perfectas para convertir una chispa en un gran incendio.

