Cuando una mujer lesbiana camina de la mano de su pareja por las calles de Madrid, Barcelona o Valencia, probablemente no piensa en las mujeres que, en Uganda, pueden perder a su familia por amar a otra mujer. Tampoco en las que, en Rusia, han vuelto a esconderse por miedo. Ni en quienes son obligadas a casarse o expulsadas de sus hogares por desafiar el papel que otros han decidido para ellas.
Lo más probable es que piense en llegar a tiempo a una cena, en recoger a sus hijos del colegio o en cualquier otra preocupación cotidiana.
Y precisamente ahí reside uno de los grandes logros de las últimas décadas: que para muchas mujeres la orientación sexual haya dejado de ocupar el centro de sus vidas.
Pero también ahí se esconde uno de los mayores riesgos: confundir los avances de una parte del mundo con la realidad del conjunto.
Un informe presentado este mes por Naciones Unidas recuerda que, para millones de mujeres lesbianas, bisexuales y queer, la libertad sigue teniendo demasiadas condiciones. La libertad de amar, de formar una familia, de expresar afecto en público o, simplemente, de existir sin tener que dar explicaciones continúa siendo una conquista incompleta en demasiados lugares del planeta.
El documento, elaborado por Graeme Reid, experto independiente de la ONU sobre orientación sexual e identidad de género, pone el foco sobre una realidad que durante años ha permanecido en un segundo plano. Porque cuando se habla de discriminación hacia las personas LGTBI suele hacerse en términos generales. Y cuando se habla de violencia contra las mujeres, rara vez se incorpora la experiencia específica de quienes aman a otras mujeres.
El resultado es una doble invisibilidad: demasiado mujeres para algunas reivindicaciones y demasiado lesbianas para otras.
La conclusión del informe es clara: las lesbianas sufren una forma específica de discriminación en la que se entrecruzan el machismo y la homofobia. No son perseguidas únicamente por a quién aman. También por desafiar lo que determinadas sociedades esperan de una mujer.
Porque en muchos lugares del mundo sigue existiendo una idea profundamente arraigada sobre cómo debe ser una vida femenina correcta. Casarse con un hombre. Tener hijos. Encajar dentro de determinados códigos de feminidad. Cuando una mujer decide apartarse de ese guion, la reacción puede ir desde el rechazo social hasta la violencia más extrema.
Uganda: cuando salir del armario puede significar perderlo todo
En Uganda, la orientación sexual puede convertirse de la noche a la mañana en una cuestión de supervivencia.
Las organizaciones de derechos humanos llevan años documentando historias de mujeres expulsadas de sus casas tras revelar que mantienen una relación con otra mujer. Algunas pierden el apoyo económico de sus familias. Otras se ven obligadas a abandonar sus estudios o su trabajo. No son necesariamente víctimas de una gran persecución pública ni protagonistas de titulares internacionales. Son jóvenes que una mañana regresan a casa y descubren que ya no tienen hogar.
La reciente legislación ugandesa contra las personas LGTBI ha endurecido aún más un clima de hostilidad que ya existía. Y, como suele ocurrir, las consecuencias más duras recaen sobre quienes tienen menos recursos para protegerse. Naciones Unidas alerta de que muchas lesbianas quedan atrapadas en una doble vulnerabilidad: la que sufren por su orientación sexual y la derivada de la desigualdad económica y social que todavía afecta a las mujeres en gran parte del continente.
Rusia: volver al armario sin cerrar la puerta
No todas las violencias son igual de visibles.
Hay países donde no hace falta que alguien llame a tu puerta para detenerte. Basta con conseguir que tengas miedo de abrirla.
En Rusia, el endurecimiento de las restricciones contra cualquier expresión pública relacionada con la diversidad sexual ha ido generando un efecto silencioso pero profundamente eficaz: devolver a muchas personas al armario. No necesariamente porque oculten quiénes son ante sus amigos más cercanos, sino porque vuelven a medir cada palabra, cada fotografía y cada publicación en redes sociales.
Para muchas mujeres lesbianas, la libertad deja de ser una cuestión legal y se convierte en un ejercicio constante de precaución.
¿Puedo llevar a mi pareja a este evento? ¿Es prudente publicar esta foto? ¿Qué ocurrirá si alguien en el trabajo descubre mi relación? No es una persecución de película. Es algo mucho más cotidiano. La construcción lenta de una sociedad donde la visibilidad vuelve a tener un precio.
Sudáfrica: la paradoja de tener derechos y seguir teniendo miedo
Si hubiera que elegir un país que explique la distancia entre las leyes y la realidad, probablemente sería Sudáfrica.
Sobre el papel, pocos lugares ofrecen una protección legal tan avanzada a las personas LGTBI. Sin embargo, desde hace años, organizaciones internacionales denuncian la persistencia de las llamadas violaciones correctivas, agresiones sexuales dirigidas contra mujeres lesbianas bajo la creencia de que pueden ser “reconvertidas” a la heterosexualidad.
Sudáfrica nos recuerda que la igualdad jurídica es imprescindible, pero no suficiente. Las leyes pueden cambiar en una legislatura, pero los prejuicios necesitan mucho más tiempo para desaparecer.
Oriente Medio y Asia: el peso de las expectativas
En algunas regiones de Oriente Medio y Asia, la presión no llega necesariamente a través de una agresión física o una amenaza explícita. A veces adopta la forma de una expectativa familiar imposible de esquivar.
La expectativa de casarse. De tener hijos. De cumplir con el papel que la comunidad espera de una mujer.
El informe de Naciones Unidas recoge testimonios de mujeres sometidas a matrimonios forzados, presiones psicológicas e incluso terapias de conversión destinadas a modificar una orientación sexual que ni es una enfermedad ni necesita tratamiento alguno.
Lo que tienen en común todas estas historias no es únicamente la homofobia. Es la convicción de que una mujer debe vivir para responder a los deseos de otros.
Y que, cuando decide hacerlo de otra manera, está rompiendo una norma que todavía demasiadas sociedades consideran sagrada.
Cuando la violencia ocurre dentro de casa
Sin embargo, sería un error pensar que esta realidad pertenece únicamente a países lejanos.
Uno de los aspectos más interesantes del informe de Naciones Unidas es que desplaza la conversación de las leyes a la vida cotidiana. A aquello que ocurre cuando se apagan los focos institucionales. A las cenas familiares donde una hija evita hablar de su pareja. A la adolescente que escucha durante años que lo suyo es una fase. A la profesional que sigue calculando cuánto puede contar sobre su vida privada en una entrevista de trabajo.
La discriminación contemporánea rara vez se presenta ya con la crudeza de otras épocas.
En muchos casos se vuelve más sutil. Más difícil de identificar. Más fácil de negar. Pero no por ello deja de condicionar vidas.
El informe insiste en que la familia continúa siendo uno de los principales espacios de discriminación para muchas mujeres lesbianas. A veces mediante el silencio, la desaprobación o la presión constante para encajar en expectativas ajenas.
La falsa sensación de que la batalla está ganada
España figura habitualmente entre los países más avanzados del mundo en reconocimiento legal de los derechos LGTBI. Y, sin duda, los avances han sido enormes. Sin embargo, muchas mujeres lesbianas continúan enfrentándose a situaciones de discriminación, acoso o rechazo vinculadas a su orientación sexual.
Algunas evitan determinadas muestras de afecto en público. Otras siguen seleccionando cuidadosamente qué cuentan en determinados entornos laborales o familiares.
Muchas han aprendido a identificar espacios seguros y espacios donde conviene pasar desapercibidas. No porque quieran esconderse. Sino porque han aprendido a calcular riesgos.
El derecho más sencillo y más difícil
Quizá la principal aportación del informe de Naciones Unidas sea recordar algo que debería resultar evidente.
Las mujeres lesbianas no necesitan tolerancia.
Necesitan igualdad.
No necesitan ser comprendidas.
Ni justificadas.
Ni corregidas.
Necesitan poder vivir exactamente igual que cualquier otra persona.
Sin miedo a perder a su familia.
Sin miedo a perder su trabajo.
Sin miedo a ser agredidas.
Sin miedo a tener que esconder quiénes son.
Porque nadie debería necesitar valentía para amar.
Y, sin embargo, para millones de mujeres en todo el mundo, todavía hace falta.
Por eso conviene desconfiar de quienes presentan la igualdad como una batalla terminada.
Los derechos pueden reconocerse en una ley.
La libertad, en cambio, se construye cada día.
Y para demasiadas mujeres sigue siendo una conquista pendiente.


