Hace casi once meses, la vida de Abby era muy distinta. No se medicaba, dormía del tirón. Iba a trabajar y cuidaba de Athina, su hija. La llevaba al colegio, la recogía, le preparaba el almuerzo. Patinaban juntas. Por la noche le leía un cuento y por la mañana la niña la despertaba con una pregunta: “Mamá, ¿qué vamos a desayunar hoy?”.
Ahora Abby duerme mal, está de baja y acude a una psicóloga y a un grupo de ansiedad y depresión. Tiene pastillas en casa, pero trata de no tomarlas. “No quiero depender de ellas. Tengo que estar bien mentalmente por si algún día encuentran a mi hija”, explica.
A falta de poco más de un mes para que se cumpla un año, Abby sigue sin saber dónde está Athina. La niña fue vista por última vez después de que un juzgado concediera a Abby la custodia exclusiva, suspendiera las visitas con el progenitor y dictara una orden de alejamiento. Es decir, la Justicia había concluido que lo mejor para Athina era no tener contacto con su padre. Pero esa decisión no llegó a ejecutarse: él se la llevó.

“Yo le escuchaba. Me anuló”
La desaparición de Athina no empezó el día en que dejó de ir al colegio. Antes hubo una relación de siete años marcada, según Abby, por la violencia psicológica y física: golpes, humillaciones y control.
“Me decía que no tenía a nadie, que mis padres no eran buenos ejemplos, que no tenía amigos. Yo le escuchaba. Me anuló”, contó a este periódico.
Abby, nació en Filipinas y reside en España desde hace más de quince años, se separó en julio de 2023. Denunció al padre de Athina, pero fue absuelto. No había partes médicos, aunque ella aportó fotografías, y no se dictó ninguna medida de protección.
Después de la ruptura, Abby siguió a cargo de la niña y de todos sus gastos. Trabajaba mientras trataba de rehacer una vida que el maltrato había dejado muy debilitada. Él aparecía de forma intermitente y no pagaba manutención. Ella ni siquiera sabía que podía reclamarla.
En abril de 2025, pese a los informes que acreditaban que estaba en proceso de recuperación por violencia machista, un juzgado estableció una custodia compartida al 50%. Al día siguiente, el padre denunció que Athina tenía sarna. Abby pasó entre seis y siete meses sin poder ver a su hija, pese a que los informes médicos descartaban la enfermedad.
“Lo que más me dolía era pensar que mi hija creería que la había abandonado”. Era y es su mayor preocupación.
Las amenazas antes de la desaparición
Mientras Abby peleaba por volver a ver a Athina, comenzaron las amenazas. Audios, mensajes y presiones para que cediera la custodia exclusiva. El 4 de noviembre de 2025 recibió una imagen de una agresión acompañada de un mensaje: “Así terminó por alguien que contacté. Así terminará tu familia si no llegamos a un acuerdo”.

Abby conservó la prueba. Cinco días después, un juzgado acordó la custodia exclusiva para ella, suspendió las visitas del padre y dictó una orden de alejamiento. Horas más tarde, Athina desapareció.
Las últimas imágenes conocidas sitúan a la niña y a su padre en la estación de Sants, en Barcelona. Desde entonces no hay rastro de ninguno de los dos.
La decisión judicial llegó después de años de denuncias, amenazas y una separación marcada por el maltrato. Pero no llegó a tiempo: el padre se llevó a Athina y la apartó de su madre, de su familia, de su colegio y de su vida cotidiana.
“Solo me preguntan si sé algo de mi hija”
Casi once meses después, Abby denuncia que no recibe información sobre la investigación. “No me informan nada. Solo me preguntan si sé algo de mi hija”, cuenta. Su abogado la llamó hace unos días para trasladarle que sigue trabajando en el caso, aunque no mantengan contacto constante.
La madre cree que ya no están en España. “Para mí ya están fuera de España, fuera de Europa”, afirma. Le cuesta entender que, después de tanto tiempo, no se haya localizado al padre y a Athina.
Una casa en silencio
La casa de Abby cambió el día en que Athina desapareció. Durante los primeros meses seguía yendo a los parques donde patinaban, caminaba por la Barceloneta y miraba la cara de las niñas de su edad. “Voy a ver si la encuentro ahí”, decía.
Escribe cartas a Athina casi todos los días. Fue una recomendación de su psicóloga, una forma de sostenerse en una espera sin respuestas. En una de ellas le contó: “Mamá no duerme bien, no come bien, no sale mucho a la calle. Solo está en la habitación mirando tu cocinita”.
Su madre publica cada día fotografías de la niña en grupos de Facebook de filipinos. Abby ya no puede mirar esas imágenes. “Yo ya no puedo más porque ver las fotos de mi hija desaparecida duele mucho”.
Tampoco sabe cuándo podrá volver a trabajar. “Sé que, cuando vuelva, me van a echar”, teme. Su familia vive pendiente de cualquier llamada. “Estamos todos muy sensibles”, dice.
A Abby le preocupa que Athina esté creciendo lejos de su gente, sin colegio, sin sus amigas y sin la vida que tenía. “Yo quiero que estudie, que tenga un trabajo que le guste, que esté tranquila. No quiero que tenga una vida difícil”, decía meses atrás.
Hoy solo intenta no perder del todo la esperanza: “Tengo que estar bien mentalmente por si algún día encuentran a mi hija”.
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