Han pasado ocho meses. Es el tiempo que hace que Abby vio a su hija por última vez. Ocho meses sin saber dónde duerme Athina, si sigue yendo al colegio, si ha perdido algún diente o quién le da las buenas noches. Desde el 10 de noviembre de 2025, cuando su padre se la llevó, los días se han convertido en una espera que parece no terminar.
“Hay días mejores y días peores, pero no dejas de pensar ni un solo momento en ella”, explica Abby a Artículo14. Ocho meses después, reconoce que apenas ha habido novedades en la investigación. Sigue pendiente del teléfono, de cualquier llamada que pueda acercarla a su hija.

Athina tenía siete años cuando desapareció. Su padre se la llevó el mismo día en que un juzgado había acordado retirarle la custodia, suspender el régimen de visitas y dictar una orden de alejamiento respecto a la madre. Las últimas imágenes conocidas los situaban en la estación de Sants, en Barcelona. Desde entonces, madre e hija permanecen separadas.
Pero el caso de Athina no solo refleja el drama de una familia. También pone el foco sobre una realidad poco conocida: las sustracciones parentales y las profundas secuelas que pueden dejar en los niños y niñas y en las madres que permanecen sin sus hijos.
Un fenómeno en aumento
En 2025 se registraron 453 sustracciones parentales en España, según el Centro Nacional de Personas Desaparecidas. La cifra se mantiene cerca del máximo histórico alcanzado en 2023 y supone un incremento del 73 % respecto a 2016, cuando comenzaron a recopilarse estos datos de forma sistemática.
Una sustracción parental se produce cuando uno de los progenitores traslada o retiene a un hijo o hija incumpliendo una resolución judicial o sin el consentimiento del otro. Detrás de cada uno de esos casos hay una ruptura familiar, pero también personas menores de edad cuya vida cambia de un día para otro. Las estadísticas oficiales, sin embargo, no permiten saber cuántas de estas sustracciones se producen en contextos de violencia de género.
Secuelas que pueden durar toda la vida
Las consecuencias de una sustracción parental no terminan cuando el menor es localizado o regresa con su familia. La evidencia científica lleva años alertando de que el impacto psicológico puede prolongarse mucho más allá de la separación.
Un estudio encargado por el Parlamento Europeo advierte de que las secuelas pueden acompañar a los menores durante toda la vida e incluso alcanzar a la siguiente generación. Los investigadores subrayan que el tiempo juega un papel decisivo: cuanto más se prolonga la separación, mayor puede ser el impacto emocional y más difícil la recuperación del vínculo con la madre de la que ha sido separada.

Los estudios describen consecuencias como ansiedad, sentimientos de culpa, miedo, problemas de identidad o dificultades para establecer relaciones de confianza. La separación forzada no solo rompe la rutina del niño o la niña; también altera su sensación de seguridad y pertenencia.
El daño tampoco termina para las madres. La incertidumbre permanente, la ausencia de respuestas y la imposibilidad de saber cómo está su hijo o hija provocan un importante desgaste psicológico. Es una realidad que Abby conoce desde hace ocho meses.
Su caso reúne, además, un elemento especialmente delicado. La sustracción se produjo en un contexto de violencia de género, después de que un juzgado hubiera retirado la custodia al padre, suspendido las visitas y dictado una orden de alejamiento. Aunque no todas las sustracciones parentales responden a este patrón, especialistas en violencia machista llevan años advirtiendo de que, en determinados casos, la sustracción puede convertirse en una forma de violencia vicaria al utilizar a los hijos e hijas para seguir dañando a la madre.
Ocho meses después, Abby sigue esperando la misma llamada. Continúa sin saber dónde está Athina. Para ella, el tiempo sigue detenido en el día en que dejó de abrazar a su hija.
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