Entrevista

Diego Luna y Anna Díaz ante las heridas del desarraigo: “Migrar ya es doloroso de por sí”

El director y la actriz mexicanos presentan 'Ceniza en la boca', adaptación de la novela de Brenda Navarro que explora cómo la migración y la ausencia materna pueden fracturar a una familia

Diego Luna (46) es uno de los actores mexicanos de mayor proyección fuera de su país y, junto con su amigo Gael García Bernal, uno de los rostros de su generación. Se dio a conocer al protagonizar Y tu mamá también (2001), junto a García Bernal y Maribel Verdú, bajo las órdenes de Alfonso Cuarón. Desde entonces, Luna ha combinado una trayectoria en producciones mexicanas con una prolífica carrera internacional, trabajando con directores como Steven Spielberg en La terminal (2004), Harmony Korine en Mister Lonely (2007), Gus Van Sant en Mi nombre es Harvey Milk (2008), Barry Jenkins en El blues de Beale Street (2018) o Woody Allen en Un día de lluvia en Nueva York (2019). También ha interpretado a Miguel Ángel Félix Gallardo, fundador y líder del cártel de Guadalajara, en Narcos: México y entró en el universo de Star Wars con Rogue One (2016).

Menos conocida es su carrera paralela como director, iniciada en 2007 con J. C. Chávez y desarrollada desde entonces en cinco largometrajes y una miniserie.

Diez años después de Sr. Pig (2016), Luna vuelve ahora detrás de la cámara con la adaptación de la aclamada novela Ceniza en la boca, publicada por Brenda Navarro en 2022. Con producción ejecutiva de García Bernal y presentada en festivales como Cannes, Toronto y San Sebastián —donde Luna ya había ganado el premio Horizontes Latinos por Abel—, la película aborda la familia, el desplazamiento y las heridas que deja la distancia.

La historia sigue a Lucila, una joven mexicana que viaja a Madrid junto a su hermano pequeño para reencontrarse con una madre que se marchó ocho años antes en busca de una vida mejor y de los recursos necesarios para mantenerlos. Más que centrarse únicamente en el desplazamiento geográfico, Luna y la actriz protagonista, Anna Díaz, ponen el foco en las fracturas íntimas que la migración puede abrir dentro de una familia.

Trasladar al cine una obra literaria marcada por una voz interior tan particular obliga inevitablemente a tomar decisiones. Para Luna, adaptar la prosa de Navarro nunca consistió en reproducir literalmente la página. “Es injusto pedirle a una película que sea la versión cinematográfica de un libro porque son incomparables”, explica. Para él, leer implica un diálogo en el que el lector controla el ritmo, puede detenerse en una imagen y regresar sobre ella; el cine, en cambio, propone otra clase de experiencia.

Anna Díaz y Diego Luna en el rodaje de 'Ceniza en la boca'.
Anna Díaz y Diego Luna en el rodaje de ‘Ceniza en la boca’.
Avalon

En lugar de intentar trasladar cada subtrama o cada cambio de perspectiva de la novela, Luna asumió la adaptación como una lectura personal. “Yo lo que quise hacer aquí fue contar el pedazo del libro que no me podía quitar de encima”, resume.

Ese núcleo era la ausencia materna provocada por la migración y las fracturas familiares que genera. En la historia, la madre se marcha con la intención de mejorar la vida de sus hijos. Pero desde la perspectiva de la hija que permanece atrás, ese sacrificio puede sentirse como un abandono.

“A un niño no le puedes explicar por qué es mejor que su mamá esté lejos. No hay explicación que valga. Es una injusticia brutal tratar de que un niño diga: ‘Ah, yo entiendo que estoy mejor con mi mamá lejos’”, señala Luna. El conflicto de Ceniza en la boca nace precisamente de esa contradicción: una decisión tomada para proteger a una familia puede terminar dejando una herida difícil de cerrar.

Gran parte de ese peso recae en Anna Díaz, que interpreta a Lucila y aparece prácticamente a lo largo de toda la película. Elegida por Luna tras un extenso proceso de casting en el que vieron a más de 200 actrices, Díaz se enfrenta al desafío de interpretar a un personaje que rara vez articula su conflicto interno en palabras.

“Lucila es una persona que no dice todo, entonces todo se tiene que sentir”, explica la actriz. Su interpretación se construye, por tanto, desde el cuerpo, los silencios y una emoción que permanece muchas veces bajo la superficie.

Díaz evita abordar al personaje desde la autocompasión o el victimismo. Su punto de partida es otro: la dignidad de alguien que intenta sobrevivir y encontrar un lugar propio. “Migrar ya es doloroso de por sí. Entonces, ¿cómo lo represento con una dignidad? Y es la dignidad de ‘migro para vivir, migro para sobrevivir, migro para encontrar un espacio en el mundo que pueda ser mío’”. La actriz recuerda además una frase de Luna que resume el desarraigo del personaje: “Para los migrantes, su país es migrar”.

La película cuenta también con Adriana Paz, conocida internacionalmente por su papel de Epifanía en Emilia Pérez, como la madre de Lucila.

Aunque la historia se desarrolla entre México y España, Luna evita equiparar su propia experiencia profesional en distintos países con la de quienes emigran en condiciones mucho más precarias. “No me pondría ahí porque soy muy consciente de lo privilegiado que soy, de lo afortunado que soy”, reconoce.

Vivir en México, sin embargo, sí le ha permitido observar de cerca las múltiples formas que adopta la migración. El actor y director recuerda que el país es simultáneamente lugar de origen, tránsito y destino, y menciona entre las causas del desplazamiento la falta de oportunidades, la violencia o la crisis climática.

En ese contexto, Luna ha visto convivir dos respuestas muy distintas: “hermosas muestras de empatía” y otras “injustas y siempre violentas muestras de rechazo”, que relaciona con la ignorancia. Una contradicción que, sostiene, se reproduce en distintos lugares del mundo.

Ceniza en la boca termina así apuntando más allá de la historia concreta de Lucila. Frente a unos discursos hostiles hacia la migración que suelen ocupar más espacio en redes sociales y medios de comunicación, Luna reivindica también una respuesta social menos estridente pero igualmente presente.

Puede que ese discurso generoso y empático sea, como él mismo señala, “menos rentable” y ocupe menos espacio público. Pero sigue existiendo. Y, para Luna, combatir el discurso de odio pasa precisamente por conectarse con él y responder “con entendimiento, con información, con paciencia, con respeto y empatía”.

TAGS DE ESTA NOTICIA