Entrevista

Julia Navarro: “Hablar del ‘lado correcto de la historia’ tiene un tufillo totalitario”

La escritora habla con Artículo14 sobre 'Una familia moderna', una novela sobre la vejez y los desencuentros generacionales que también aborda la libertad de pensamiento y la inmigración

Julia Navarro interrumpe cuando una pregunta contiene una idea con la que no está de acuerdo. Si se habla de entretenerse después de una vida profesional intensa, precisa que se trata de encontrar motivos para sonreír, de darle un significado a la vida. Si se menciona el asalto al Capitolio, corrige: “Un intento de golpe de Estado”. Y cuando la conversación parece encaminarse hacia un reproche a las nuevas generaciones, recuerda que los jóvenes tienen derecho a organizar la sociedad a su manera. En esta entrevista con Artículo14, la escritora discute las premisas, distingue y matiza. Defiende la discrepancia y la practica, también cuando obliga a reformular la pregunta.

Una familia moderna (Plaza & Janés) lleva esa dificultad de entenderse al interior de una casa. Martha, una antigua bailarina que ha dedicado su vida a la disciplina y al control del cuerpo, se enfrenta a una edad que le cuesta aceptar. Su marido, Thomas, su hija Felicitas y su nieta Penny completan una familia culta, acostumbrada a considerarse abierta, cuyos principios se ponen a prueba en la convivencia. El origen del libro está en No me gusta mi cuello, de Nora Ephron, que le regaló Pilar Cernuda. Al principio, la preocupación de una mujer tan inteligente por sus arrugas le pareció frívola. Después pensó en el miedo a morir y en la esperanza de que conservar una apariencia joven pudiera retrasar también el final.

Martha nació en 1953, como su autora, pero Navarro rechaza la lectura autobiográfica: “Yo no estoy en mis novelas”. Tampoco concede a su protagonista la razón por compartir generación. Una mujer que defendió a las minorías puede sentirse desorientada ante las reivindicaciones de su nieta; una adolescente educada para elegir puede experimentar esa libertad como abandono si nadie le proporciona pautas. A Navarro le interesa la soledad de Penny tanto como el desconcierto de su abuela. Celebra que hoy se pueda discutir con los mayores y exige a quienes envejecen que sigan buscando un lugar propio: “El paso del tiempo no significa la muerte civil”.

La periodista sigue pendiente de lo que ocurre fuera de sus libros. Le preocupa la cancelación, desconfía de quienes se atribuyen el “lado correcto de la historia” y defiende cambiar de opinión mediante argumentos. Respalda las reivindicaciones de las minorías y fija un límite inequívoco en los derechos humanos. Ante quienes exigen a los inmigrantes una adaptación inmediata, propone imaginarse en un país cuyo idioma y costumbres se desconocen. Habla con la franqueza de quien asegura tener bastante con la vida real como para ocuparse también de una virtual. Prefiere escuchar, pensar y escribir, ahora con una libertad que cuenta entre bromas: ya no tiene a un redactor jefe indicándole cuántas palabras caben. Sus novelas largas son, dice, una pequeña venganza.

'Una familia moderna' es el nuevo libro de Julia Navarro
‘Una familia moderna’ es el nuevo libro de Julia Navarro

¿Qué la llevó a contar la historia de una familia de tres generaciones en Una familia moderna?

He intentado reflexionar sobre la sociedad actual y sobre algunos de sus aspectos. Por ejemplo, esa obsesión que existe por frenar la vejez. Cada vez son más las personas, mujeres y también hombres, que intentan detener sus signos.

He pensado mucho en el porqué. Creo que ese deseo de permanecer jóvenes es una manera de intentar frenar la llegada a ese último cuarto de hora de la vida que limita con la muerte. La vida siempre limita con la muerte, pero, según cumplimos años, nos acercamos más a ella. Tengo la sensación de que quienes quieren permanecer jóvenes lo hacen por sentirse mejor, por supuesto, pero también por intentar retrasar ese momento.

Otra de mis preocupaciones es la sociedad de lo políticamente correcto, del pensamiento único, que nos acercaría a las distopías de Orwell o Huxley: una sociedad en la que todos tienen que pensar lo mismo y, si alguien se sale del carril, queda señalado, fuera del ámbito social. Hay una palabra que me produce terror y que creo que se utiliza con gran frivolidad: cancelación.

La cancelación es la instauración de la censura. Cancelar a alguien porque tiene un pensamiento distinto supone instaurar poco a poco una dictadura del pensamiento que nos acercaría a esos mundos distópicos.

En esa reflexión sobre la vejez influyó No me gusta mi cuello, de Nora Ephron. ¿Qué encontró en el libro más allá de la preocupación estética?

Ese deseo de inmortalidad que anida en el corazón del ser humano y que intenta frenar la llegada del último momento. Es como decir: si me mantengo joven, lo retraso.

El libro me impresionó muchísimo. Lo leí hace muchos años; me lo regaló mi amiga Pilar Cernuda. Pensaba: ¿cómo es posible que una intelectual como Nora Ephron dedique un libro a que no le gustan las arrugas de su cuello? Al principio me pareció una frivolidad, sobre todo siendo quien era la autora. Pero me hizo reflexionar y pensar que no se trataba solamente de las arrugas físicas, sino también de las arrugas del alma, de las arrugas de la vida.

Martha nació en 1953, el mismo año que usted y el año en que murió Stalin. ¿Invita esa coincidencia a buscarla en el personaje?

Yo no soy mis personajes. Ese es un ejercicio inútil y les pido a mis lectores que no lo hagan. Yo no estoy en mis novelas.

¿Cree que nacer en los años cincuenta imprime un carácter particular?

Nacer en cualquier momento imprime carácter, porque todos somos hijos del tiempo en el que nos toca vivir. Vivimos en una sociedad en la que pasan cosas. Da lo mismo que nazcas en los cincuenta o en los ochenta: cada momento es distinto y lo que sucede repercute en la vida de las personas de ese tiempo.

La escritora madrileña Julia Navarro, nacida en 1953, trabajó más de 30 años como periodista antes de convertirse en una novelista de éxito mundial con obras tan conocidas como 'Dime quién soy'
La escritora madrileña Julia Navarro, nacida en 1953, trabajó más de 30 años como periodista antes de convertirse en una novelista de éxito mundial con obras tan conocidas como ‘Dime quién soy’

¿Los cambios sociales se han acelerado en los últimos años?

Sí, ha habido cambios mucho más rápidos porque las nuevas tecnologías han cambiado todos los paradigmas de la sociedad. Esos cambios ya forman parte de la realidad.

¿Esa rapidez agrava el choque entre generaciones?

El choque generacional ha existido siempre. Quien piense que no se entiende con sus padres y que eso es algo nuevo se equivoca. Cada generación que llega tiene una visión diferente de la vida y de la realidad. Los jóvenes tienen derecho a organizar la sociedad como quieran: es su momento.

Lo que sí ha cambiado son las relaciones familiares. Antes eran más verticales y ahora son más horizontales. Eso está bien, porque amplía la manera de relacionarnos, el debate y el encuentro con los otros. A veces también amplía el desencuentro, porque escucharnos no siempre es fácil.

Penny, la nieta, parece echar de menos unas pautas que le demuestren que su familia se preocupa por ella. ¿Qué le sucede?

Penny es una adolescente que, como todos los adolescentes, siente confusión porque está descubriendo el mundo. Todos somos seres únicos y creemos que lo que nos pasa es algo único.

Es una adolescente que sufre, que vive en un mundo complicado y cambiante, en el que todo se transforma a una velocidad enorme. Intenta encontrarse a sí misma y no sabe cómo. Quizá tampoco sabe hacerlo porque tiene una familia que la ha dejado un poco a su suerte, que le ha dicho: decide tú.

Esa ausencia de pautas y de normas la hace sentir sola. En definitiva, lo que atraviesa a Penny es la soledad.

¿Cómo se ha acercado a la mentalidad de una adolescente para escribirla?

No me ha costado, porque estoy en la realidad, estoy en la sociedad y me interesa escuchar a los demás. Escuchar a los adolescentes me enseña; aprendo mucho.

A lo largo de mi vida he aprendido mucho escuchando a los amigos y a las amigas de mi hijo. Me parecía muy interesante lo que contaban, porque me daba cuenta de que había una ruptura con el pensamiento anterior, de que llegaba una generación con otras ideas, con otra manera de ver y enfocar la vida. Escucho, no me cuesta nada escuchar. Aprendo escuchando.

Martha defendía los derechos de las minorías, pero tiene dificultades para entender algunas reivindicaciones de su nieta, especialmente sobre cuestiones de género. ¿Qué explica esa contradicción?

Lo que le pasa es un fenómeno muy natural. A veces uno se queda en el momento que le tocó vivir y le cuesta mirar de frente una realidad: la vida está permanentemente en movimiento y llega otra generación con otras ideas, con otra manera de verla y afrontarla. Hay personas que se quedan descolocadas.

No se trata de que a los setenta años uno se comporte como una niña de catorce: sería absurdo, una impostura. Se trata de aceptar que el mundo gira y, como gira, las cosas cambian.

Martha ha tenido una carrera intensa como bailarina y ahora no encuentra su lugar. ¿El paso del tiempo puede dejar a una persona sin motivaciones?

La culpa es suya. El paso del tiempo no significa la muerte civil ni significa que no tengas nada que hacer. Es ella quien tiene ese problema, quien se ha quedado descolocada.

Ha tenido una vida profesional muy intensa y se ha sacrificado mucho por ella. De repente se encuentra con el vacío y no es capaz de encontrar otras motivaciones; no diría para vivir, sino para sonreír.

Julia Navarro estudió ballet hasta los 17 años porque su verdadera pasión era ser bailarina y está casada con el también periodista Fermín Bocos desde 1983
Julia Navarro estudió ballet hasta los 17 años porque su verdadera pasión era ser bailarina y está casada con el también periodista Fermín Bocos desde 1983

¿Se trata de buscar una ocupación con la que entretenerse?

Entretenerse es algo más banal: uno se puede entretener con cualquier cosa. Se trata de darle un significado a la vida.

¿Por qué tienen tanto peso las diferencias generacionales en la novela? ¿Unas relaciones más horizontales nos han ayudado a entendernos mejor?

Porque las relaciones familiares eran más verticales y en los últimos treinta o cuarenta años las nuevas tecnologías han cambiado los paradigmas de la sociedad. Ahora las relaciones son más horizontales.

Antes seguramente uno no se atrevía a llevarle la contraria a su abuelo. Pensaba lo que le daba la gana, pero no iniciaba una discusión, y mucho menos en términos agrios. Ahora se ha producido un cambio que me parece positivo.

Eso no significa que desaparezca el choque generacional. Las nuevas generaciones tienen otra visión de la vida y está bien que sea así. De lo contrario, la sociedad sería un ente monolítico y no habríamos avanzado. Se avanza desde la discrepancia, desde opiniones diferentes y haciéndose preguntas distintas. Si no, la sociedad sería una foto fija.

Usted vivió el paso de la dictadura a la democracia. ¿Cree que hoy existe miedo a expresar determinadas opiniones?

Creo que el miedo a la cancelación existe y que la dictadura de lo políticamente correcto es preocupante. No quiero vivir en una distopía, en el 1984 de Orwell ni en Un mundo feliz, de Huxley.

Son mundos en los que se dice: usted tiene que pensar esto, tiene que vivir de esta manera, todo esto es perfecto. No se le ocurra tener un pensamiento diferente, porque se queda fuera del grupo.

Desde el principio de los tiempos, el ser humano se ha hecho preguntas. No podemos dejar de plantearnos porqués. Las minorías han sufrido la dictadura de las mayorías, pero ahora no se trata de hacerlo al revés. No cambiemos una dictadura por otra. Encontremos un espacio para que todos podamos opinar y vivir, y para que respetemos las maneras de pensar y de vivir de otras personas.

No digamos: esto es lo correcto. Será lo correcto para usted. Yo tengo que respetar lo que usted quiere y usted tiene que respetar lo que quiero yo.

¿Qué le sugiere la exigencia de situarse en el llamado “lado correcto de la historia”?

Me da mucho miedo lo del lado correcto de la historia. Me parece que tiene un germen, un tufillo totalitario. Yo pienso cosas diferentes sobre todas las cosas. En algunos asuntos puedo estar más cerca de unas posiciones y en otros más lejos. Huyo del pensamiento monolítico.

¿Ha cambiado de opinión a lo largo de su vida?

Claro que he cambiado de opinión. Y estoy dispuesta a seguir haciéndolo, siempre desde el argumento y la reflexión. No se trata de decidir de repente que voy a cambiar de opinión, sino de preguntarme por qué, qué me lleva a hacerlo. Cuando cambio de opinión es fruto de una reflexión.

El ser humano es un ser racional. La emotividad está muy bien, pero la razón es importante.

¿Cómo se concilia esa defensa de la discrepancia con las reivindicaciones de las minorías?

Las minorías tienen razón en protestar, porque han sido aplastadas por un pensamiento único impuesto por las mayorías.

Imponer a los demás lo que tienen que pensar, sentir y ser se convierte en una dictadura. Las mayorías han ejercido esa dictadura con mano implacable y dura: solamente había una forma de ser, de estar, de amar, de vivir. Hay muchas formas. Seamos libres, permitámonos los unos a los otros elegir con libertad.

Julia Navarro - Cultura
La escritora española Julia Navarro en una entrevista, el 29 de abril de 2022, en Bogotá.
EFE/ Carlos Ortega

¿Ha vivido personalmente la cancelación? ¿Es deliberada su decisión de mantenerse al margen de las redes sociales?

Yo no la he vivido, no la siento. Además, como no tengo redes, no me entero. Mi presencia en ellas es a través de la editorial. Es una decisión personal: tengo bastante con la vida real como para tener una vida virtual.

Al hablar de la radicalización en las redes suele citarse el asalto al Capitolio estadounidense. ¿Cómo define usted lo que ocurrió?

Un asalto no: un intento de golpe de Estado.

En ese clima de enfado, ¿cómo distingue la agresividad de la legítima reivindicación de derechos?

Me hace mucha gracia la posición de las mayorías: “Ay, parece que se enfadan las minorías”. Pues sí, tienen razón para hacerlo, porque ustedes las han estado aplastando durante siglos. Hacen muy bien en reclamar todo lo que tienen que reclamar.

La familia de su novela pertenece a un ambiente intelectual, pero sus ideas no siempre se corresponden con su forma de vivir. ¿Por qué le interesaba esa distancia?

Porque en muchas ocasiones la teoría va por un lado y la vida por otro. Hay que tener la flexibilidad necesaria para ser capaz de combinar ambas realidades.

¿La educación o el entorno social garantizan unas mejores relaciones familiares?

La educación es un derecho y es un valor. Ayuda a pensar, a reflexionar y a tener un pensamiento propio. Pero ¿qué es eso de ser una buena familia? ¿Con qué criterio se aplica? A lo mejor el criterio que usted aplica no es el que yo aplicaría. No sé qué es eso de ser de buena o mala familia. Las familias son familias.

En todas hay conflictos, desencuentros y cariño. Cada familia es un mundo. No existe una regla universal para las familias.

A través de quienes trabajan en la casa introduce también la inmigración. ¿Por qué quería abordar este asunto?

Porque me escandaliza la actitud de las fuerzas más reaccionarias de nuestro país, del resto de Europa y, por supuesto, de Estados Unidos frente a la inmigración.

La historia de la humanidad es una historia de migraciones. Cuando el ser humano no ha podido seguir viviendo en un lugar por el hambre, la violencia o las guerras, se ha marchado. Quien crea que su familia siempre ha estado en el mismo sitio es que no se entera. Basta con pensarlo un segundo para darse cuenta de que la historia del ser humano es la historia de las migraciones.

Me escandaliza que la civilizada Europa, esta Europa de los valores, sea tan hipócrita y pague a terceros países para que contengan y retengan a los inmigrantes. En lugar de dedicar ese dinero a planes de desarrollo en los países que los necesitan, para que sus jóvenes no tengan que marcharse, pagamos para que los tengan en campamentos y centros en terceros países. Me parece de una hipocresía absoluta. Estoy absolutamente a favor de la inmigración. Además, intentar poner puertas al campo es un ejercicio inútil.

Asentamientos de inmigrantes sobre la arena de la playa del Trampolín, Ceuta
Asentamientos de inmigrantes sobre la arena de la playa del Trampolín, Ceuta
Sergio García

¿Se plantea qué haría usted si estuviera en su situación?

Si viviera en un país donde no hay libertad, donde no tengo la posibilidad de llevar una vida digna, de sacar adelante a mis hijos, de tener un empleo y de vivir con unos mínimos de libertad y democracia, no tenga la menor duda de que cogería mi mochila, me pondría a andar y sería una inmigrante.

Lo que yo haría es lo que hacen miles y miles de personas en todo el mundo. Y yo digo: bienvenidos sean.

¿Exigimos a los inmigrantes una conducta ejemplar y una adaptación inmediata que no pedimos a los demás?

Me gustaría que a quienes mantienen esas posiciones los mandáramos al otro extremo del mundo, a ver qué tal les iba a ellos siendo los inmigrantes.

Me escandaliza cuando alguien dice: “Es que se tienen que integrar”. Sí, claro, aprieto un botón y ya estoy integrada.

Vamos a mandarlo a usted al otro extremo del mundo, a una sociedad distinta, con un idioma, unas costumbres y unos códigos diferentes. Seguro que usted es listísimo y se integra el primer día.

¿La integración es una responsabilidad de toda la sociedad?

Efectivamente, es una cuestión de todos. Pero quienes hablan de la integración desde esa superioridad me tendrán siempre enfrente.

En la Puerta del Sol se han visto grupos neonazis cantando el Cara al sol. Usted ha escrito sobre los totalitarismos: ¿le preocupa la atracción de algunos jóvenes por esas ideas?

Hay jóvenes de todo tipo. Los hay como los que estaban en Sol y hay minorías como las que fueron a atacarlos. Creo, o quiero creer, que esos grupos neonazis son una minoría. Quiero creer que la sociedad española es distinta. Sería terrible que fueran representativos de algo. Representan lo peor de los seres humanos, lo peor de la condición humana.

¿Dónde sitúa el límite entre el derecho a discrepar y esas posiciones?

Cuando hablo de pensar cosas distintas, hay límites. Tengo muy claro de qué lado estoy, no tengo ninguna duda: democracia, libertad y derechos humanos. Aborrezco el racismo, la xenofobia y todas esas actitudes que degradan a quien las piensa y las mantiene.

¿Qué le permite explorar la novela que no podía abordar del mismo modo en el periodismo?

Me he liberado de la dictadura de los redactores jefes, de aquello de que solamente puedes escribir tantas palabras. Ahora puedo escribir lo que me da la gana y con el espacio que quiero. Creo que por eso escribo novelas normalmente largas: es mi venganza contra los redactores jefes.

En mis libros intento reflexionar sobre las cosas que me preocupan: los totalitarismos, la falta de libertad, las guerras y las diferencias entre las personas en función del lugar donde les ha tocado nacer.

No es lo mismo nacer en lo profundo de África que en Nueva York. Tampoco es lo mismo nacer en una familia que se esfuerza por darles a sus hijos una vida mejor que hacerlo en otra que, por mucho que se esfuerce, no lo consigue porque vive en un país o en un lugar donde no hay acceso a la cultura, a la educación o a la sanidad.

Son cosas que en la sociedad occidental forman parte de nuestra cotidianidad y que, sin embargo, para millones de personas no lo son.

David Gistau decía que le gustaba haber escrito más que escribir. ¿Usted sigue disfrutando del proceso?

A mí me gusta estar en mi casa tranquila, pensando y escribiendo. Ahora bien, es verdad que el día que terminas tienes una satisfacción absoluta.

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