El Espejo

¿Cuándo se convirtió el cuello en nuestro delator?

Cuidamos el rostro, aceptamos las primeras canas y empezamos, incluso, a reconciliarnos con algunas arrugas. Pero basta bajar unos centímetros la mirada para descubrir un nuevo territorio de inseguridad... el cuello

Fotografía: Kiloycuarto
Fotografía: Kiloycuarto

Llega un momento en la vida, normalmente entre los treinta y muchos y los cuarenta y tantos, en el que sucede algo extraño frente al espejo. La cara sigue siendo nuestra cara. Quizá haya alguna línea nueva alrededor de los ojos, una mancha que antes no estaba o esa arruga entre las cejas que aparece incluso cuando estamos de vacaciones y supuestamente relajadas. Nada especialmente sorprendente. Entonces bajamos la mirada. Y ahí está el cuello.

Una línea horizontal que juraríamos que ayer no existía. La piel algo más fina. Un pequeño cambio en el contorno de la mandíbula. Una textura diferente que solo vemos con determinada luz hasta que, una vez descubierta, somos capaces de localizarla bajo todas las luces. ¿Cuándo ocurrió? Y, sobre todo, ¿cuándo decidimos que el cuello tenía la obligación de mantener en secreto nuestra edad?

En No me gusta mi cuello, Nora Ephron convirtió ese descubrimiento aparentemente banal en una reflexión divertida y bastante más profunda sobre hacerse mayor siendo mujer. Escribía desde la ironía de quien sabe que preocuparse por el cuello puede parecer frívolo y, al mismo tiempo, entiende perfectamente por qué no lo es. Porque nunca hablamos solo del cuello. Hablamos del instante en el que nuestro cuerpo empieza a proporcionarnos información que quizá todavía no habíamos pedido.

‘No me gusta mi cuello’ (Nora Ephron, 2006)

Durante años, la industria de la belleza concentró casi toda nuestra atención en el rostro. Limpiador, contorno de ojos, sérum, vitamina C, crema de noche, retinol, protector solar. Podíamos acumular una pequeña farmacia sobre el lavabo y, sin embargo, casi ninguno de esos rituales bajaba de la mandíbula. El cuello pertenecía al cuerpo. Era simplemente el lugar donde terminaba la cara. Hasta que dejó de serlo.

En algún momento la geografía estética comenzó a expandirse. Primero fueron las cejas. Después los labios. El óvalo facial. La mandíbula. El escote. Las manos. Y finalmente ese territorio situado entre la barbilla y la clavícula que durante décadas habíamos considerado poco más que el soporte para una camisa bonita o un collar. Las redes sociales terminaron de hacer el resto. Pasamos muchas horas viendo nuestra propia imagen: videollamadas, fotografías, cámaras frontales, vídeos grabados desde ángulos imposibles. Nunca habíamos observado tanto nuestra cara y nuestro cuello en movimiento. Y cuanto más miramos algo, más cosas encontramos.

Hay también una explicación biológica. La piel del cuello es fina, tiene menos glándulas sebáceas que otras zonas del rostro y está expuesta continuamente al sol y al movimiento. Giramos, inclinamos, dormimos, gesticulamos. Con el paso de los años disminuyen el colágeno y la elastina, y los cambios hormonales que acompañan a la perimenopausia y la menopausia también pueden afectar a la hidratación, el grosor y la firmeza de la piel.

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Cuando envejecer se convierte en un defecto a corregir

¿Pero por qué este cambio nos sorprende tanto? A una mujer de cuarenta años nadie le promete oficialmente que tendrá la piel de una de veinticinco. Sin embargo, gran parte de la cultura visual que consumimos funciona exactamente con esa expectativa. Las mujeres adultas aparecen constantemente rejuvenecidas mediante filtros, iluminación, maquillaje, procedimientos estéticos o edición fotográfica. La edad existe, pero sus señales deben ser discretas. Podemos decir que estamos orgullosas de cumplir años. Podemos defender las canas. Podemos incluso admirar las arrugas de otras mujeres. Pero cuando la evidencia aparece en nuestro propio cuerpo, la teoría se vuelve algo más complicada.

El cuello resulta especialmente incómodo porque parece escapar a nuestro control. Podemos maquillarnos las ojeras, cambiar el corte de pelo o aplicar una base ligera sobre una mancha. El cuello, en cambio, parece tener vida propia. De ahí que haya nacido todo un vocabulario alrededor de él: “anillos de Venus”, “cuello tecnológico”, “flacidez cervical”, “líneas horizontales”, “pérdida de definición mandibular”. Nombres que describen realidades físicas, sí, pero que también consiguen transformar características absolutamente normales en asuntos que requieren vigilancia. Y ahí aparece la paradoja. Muchas mujeres llegan a los cuarenta sintiéndose considerablemente más cómodas consigo mismas que a los veinte. Conocen mejor su cuerpo, saben qué ropa les gusta, han dejado de perseguir determinados cánones y tienen menos paciencia para las opiniones ajenas.

Una de las propuestas de lectura que os recomendamos en el Club de Lectura de Articulo14 para leer estas navidades
‘Ni me gusta mi cuello, ni me acuerdo de nada’, una de las propuestas de lectura que os recomendamos en el Club de Lectura de Articulo14
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Justo entonces surge una nueva lista de cosas que supuestamente deberían preocuparles. El cuello. Las manos. El escote. La densidad del pelo. La firmeza de los brazos. La línea mandibular. La inseguridad simplemente cambia de domicilio. Eso no significa que haya nada malo en cuidar el cuello. Extender el protector solar hasta el escote es sensato. Mantener la piel hidratada también. Quien disfrute utilizando un retinoide o un tratamiento específico puede hacerlo exactamente igual que utiliza una crema corporal o se pinta las uñas.

El problema aparece cuando el cuidado deja de ser cuidado y se convierte en fiscalización. Cuando empezamos a inspeccionar cada mañana si una línea mide un milímetro más que ayer. Cuando una fotografía agradable deja de gustarnos porque solo podemos mirar la piel bajo la barbilla. Cuando creemos que determinada ropa “ya no nos corresponde” porque enseña demasiado el cuello. Quizá por eso la reflexión de Ephron sigue resultando tan reconocible… Podemos reírnos de nuestra preocupación y seguir sintiéndola. Una cosa no invalida la otra. Hay algo profundamente humano en descubrir una nueva señal del paso del tiempo y necesitar unos meses (o unos años) para acostumbrarnos a ella.

La cuestión no es obligarnos a amar cada arruga, esa exigencia puede ser casi tan agotadora como la obligación de borrarlas todas. Tal vez baste con no convertir cada cambio en una emergencia. Porque el cuello no nos está delatando. No ha contado ningún secreto. Solo muestra algo que nuestro rostro, nuestros gestos, nuestra experiencia y probablemente nuestra forma de mirar el mundo ya decían desde hace tiempo: hemos vivido. Y entre los treinta y los cincuenta quizá empiece a ser hora de preguntarnos por qué seguimos utilizando “parecer más joven” como uno de los mayores cumplidos que podemos hacerle a una mujer. Puede que el gran acto de belleza real no sea levantar el cuello frente al espejo para comprobar si sigue firme… Puede que sea dejar de interrogarlo.

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