La historia ocurre dos veces: la primera vez como una tragedia y la segunda como farsa. Madonna Louise Ciccone debe de tener esa frase grabada a fuego, y quizá por eso tardó cuarenta años en permitirse una gira tan abiertamente autorreferencial como el Celebration Tour. Durante buena parte de su carrera, Madonna pareció alérgica a la nostalgia, incluso a la suya. Cada vez que el público creía haber entendido quién era, ella se encargaba de cambiar de piel.
Por eso la existencia de Confessions II resulta tan extraña. Una secuela de Like a Prayer habría sido impensable en 2009. Una de Ray of Light quizá ya no tanto en 2018. Pero que Madonna decida llamar Confessions II a un nuevo disco en 2026 significa algo más que volver a una estética rentable. Significa aceptar, por primera vez en un álbum de estudio, que una parte de su legado puede ser un territorio al que merezca la pena regresar.
La pregunta, entonces, no es solo si Confessions II está a la altura de Confessions on a Dance Floor. La pregunta real es otra: ¿puede Madonna volver a la pista de baile que ella misma ayudó a convertir en lenguaje pop sin quedar atrapada en el museo de su propia leyenda?
Hay una situación que se repite en al menos tres ocasiones a lo largo de la carrera de Madonna: una crisis de imagen, una lectura precipitada sobre el final de su reinado y, después, un movimiento inesperado que la devuelve al centro de la conversación.
La primera llegó en 1994 con Bedtime Stories, un álbum que suele leerse como el intento de recomponer la crisis reputacional abierta por Erotica, el fotolibro Sex y la película El cuerpo del delito. La era Erotica había supuesto el primer “fracaso” de Madonna en una trayectoria que hasta entonces parecía ascender sin tropiezos visibles. Por primera vez se habló de que su carrera estaba acabada. De aquella época datan incluso algunos de los primeros comentarios edadistas en torno a ella. Un artículo de la revista Smash Hits de 1993 llevaba por título: “¡Cálmate, abuela!”. Madonna tenía 35 años.
Bedtime Stories fue, en cierto modo, un paso atrás respecto al imaginario hipersexualizado, nocturno y tórrido de Erotica, un disco de 75 minutos al que a más de uno se le hizo bola en su momento, pero que con los años ha recibido buena parte del reconocimiento que merecía. Para 1998, dos años después de protagonizar Evita, era evidente que la carrera de Madonna se había recuperado por completo. Ray of Light, su primer disco como madre, fue para muchos —incluida ella misma— su mejor LP: espiritual, introspectivo, electrónico y, al mismo tiempo, plenamente físico.

La felicidad no duraría demasiado. En 2003, Music mediante, la hegemonía de Madonna volvió a ponerse en entredicho. Esta vez, quizá, con más razón. American Life, de fuerte carga política, fue otro atrevimiento que salió caro a la de Michigan. La producción, las letras y la aparente contradicción entre la imagen que Madonna llevaba décadas cultivando y aquel pseudoactivismo de centro comercial confundieron al público. Tampoco ayudaron la polémica por el vídeo de la canción que daba título al disco, censurado por la propia artista al coincidir con la Guerra de Irak, ni el rap, ni su aparición en Barridos por la marea, la irrisoria película dirigida por su entonces marido, Guy Ritchie.
Lo que sí nos regaló aquella etapa fue el beso de Madonna, Britney y Christina Aguilera en los MTV Video Music Awards de 2003. Pero el verdadero golpe de efecto llegaría dos años más tarde.
Confessions on a Dancefloor fue leído por algunos críticos como una huida a un territorio seguro. Hasta cierto punto, era verdad. Por primera vez, un álbum de Madonna remitía de manera explícita a un panorama sonoro e iconográfico reconocible dentro de su propia carrera. Confessions era hijo del Nueva York de los finales de los setenta y principios de los ochenta, el caldo de cultivo en el que Madonna dio sus primeros coletazos antes de convertirse en una estrella global.
Ese regreso al club funcionó como una operación de rescate. Y vaya si funcionó. A los 47 años, y en pleno auge de otras formas de pop urbano, Madonna consiguió lo que entonces parecía improbable: volver a colocar una sesión continua de música de baile en el centro del consumo masivo. Confessions triunfó por muchos motivos. Para empezar, porque era un gran álbum. Simple y llanamente.
También contiene alguna de la imaginería más reconocible de su carrera. ¿Quién no recuerda el vídeo de “Hung Up”, con la melena rubia, las mallas rosas, los calcetines blancos y los zapatos de tacón? Pocas veces se ha utilizado tan bien un sample como aquel de ABBA, quizá hasta el punto en que todavía seguimos pagando sus consecuencias en una década saturada de recuperaciones perezosas. ¿Cuántas veces podemos rescatar a Haddaway, Eiffel 65, Whigfield, Alice Deejay, Robin S o Corona?
Los otros singles fueron una maravilla: “Sorry”, “Get Together”, “Jump”, con ese arranque tan “West End Girls” que, sorprendentemente, no acredita a los Pet Shop Boys. Pero también varias canciones del álbum se han convertido en favoritas de los fans: “I Love New York”, “Forbidden Love”, “Isaac”. Parte de la clave estuvo, por supuesto, en Stuart Price, productor británico detrás de proyectos como Zoot Woman y Les Rythmes Digitales. Tras dejar de lado al francés Mirwais, responsable de buena parte del sonido de Music y American Life, Madonna volvió la vista a Londres y se encerró en el estudio clandestino de Price para grabar en condiciones poco dignas de una reina del pop. Ella misma ha dicho que aquello le resultó estimulante. Puede que de ahí venga parte del enfoque callejero, nocturno y cosmopolita del disco.
Otro de los grandes atractivos fue la secuenciación. Las canciones se reproducían sin cortes, como una sesión de DJ continua. No era algo nuevo: venía de una época en que los álbumes todavía aspiraban a ser escuchados de principio a fin, antes del streaming e incluso antes del CD como formato dominante. Prince ya había llevado esta idea al extremo en 1988 al publicar Lovesexy como una sola pista de audio. Y la propia Madonna había ensayado algo parecido en You Can Dance, su álbum de remixes de 1987. Pero Confessions recuperó esa lógica de megamix continuo para una audiencia masiva que empezaba a escuchar música de otra manera.
Echando la vista atrás, este tipo de fenómenos suele generar una duda razonable: ¿el álbum se percibió desde el principio como un gran regreso o esa lectura ha crecido con los años? Quien esto escribe era demasiado joven en 2005 para recordar el impacto del disco. Pero para quienes sí vivieron el lanzamiento en tiempo real, la dimensión del fenómeno no es una exageración retrospectiva.
“Se vivió como una revolución desde el minuto 1”, recuerda Sebas E. Alonso, periodista y director de Jenesaispop. “Warner lo vendió desde la primera nota de prensa como uno de los mejores discos de Madonna, y una conquista de la pista de baile ‘sin baladas ni mensajes’ tras el polémico American Life”. Alonso recuerda que “Hung Up” y “Sorry” sonaban en radios, discotecas, tiendas y televisión, incluso en versiones que iban de La Terremoto de Alcorcón a Belén Esteban. “No es que después se haya glorificado. Es que fue un absoluto boom”.
En 2008, alérgica a repetirse, Madonna tomó la decisión respetable —aunque no siempre feliz— de virar hacia el hip hop, el R&B y los ritmos urbanos que dominaban el pop estadounidense con Hard Candy. “4 Minutes”, su colaboración con Justin Timberlake y Timbaland, tuvo mucha radiodifusión. Pero la recepción general del álbum fue tibia, sobre todo viniendo de donde veníamos.
A partir de ahí, una nueva generación empezó a ocupar el espacio que Madonna había abierto décadas antes. Lady Gaga, en particular, convirtió la música dance, el artificio visual y la performance pop en el centro de su propio proyecto. Desde entonces, el título de Reina del Pop adquirió para Madonna un sentido más simbólico, de legado vivo, especialmente teniendo en cuenta que otras leyendas de su generación —Michael Jackson, Prince, Whitney Houston o George Michael— ya no están con nosotros.
Eso no significa que Madonna no haya hecho nada de interés desde entonces. Pero durante estos años la conversación ha girado más alrededor de sus giras multimillonarias, las comparaciones con Gaga, sus relaciones familiares, su aspecto cambiante, sus problemas de salud o sus polémicas en redes que en torno a sus discos. De hecho, podría decirse que la peor creación de Madonna es su cuenta de Instagram o, desde luego, la que menos favores le ha hecho en la última década.
Musicalmente, ha habido de todo: discos irregulares, demasiado largos, con momentos muy interesantes y otros claramente autoindulgentes; un uso excesivo del autotune; canciones que parecían descartes y otras que merecían más atención que la que recibieron. Madame X, de 2019, fue una suerte de álbum conceptual en el que Madonna encarnaba un personaje que podía haber salido de una novela de espionaje. Su traslado a Portugal para apoyar la carrera futbolística de su hijo David Banda influyó en un disco atravesado por el fado, la batuka, el trap y los ritmos latinos. Estaba lejos de ser un álbum de pop al uso y, pese a sus muchas colaboraciones discutibles, eso la honraba.
A sus 61 años, Madonna ya no necesitaba demostrar nada ni mantenerse a toda costa en el centro de la conversación. La gira de Madame X fue la más discreta de su carrera desde The Virgin Tour: teatros, locales de menor tamaño, menos épica de estadio. Sin embargo, varias cancelaciones por problemas de rodilla y, finalmente, el estallido de la pandemia truncaron aquella etapa antes de tiempo.
Madonna no volvería a subirse a un escenario hasta tres años después, con la gira de su 40.º aniversario. Es evidente que el Celebration Tour reavivó algo en ella. Por primera vez en mucho tiempo, muchos espectadores dicen haber visto a Madonna disfrutar.
Acostumbrada a llenar el escenario con su mera presencia y con complicados números de baile, esta vez su rodilla y una grave infección bacteriana que la mantuvo en la UCI durante días no le permitieron competir contra su propio mito físico. En cambio, el Celebration Tour fue exactamente eso: una celebración de una carrera todavía incomparable, un despliegue del imaginario de Madonna a lo largo de cuatro décadas.
Hubo homenajes a amigos fallecidos, referencias a su historia personal, estilismos de ensueño, apariciones de sus hijos y cameos de Bob the Drag Queen, FKA twigs, Julia Fox, Jean Paul Gaultier, Julia Garner o Kylie Minogue, que en ese momento vivía su enésimo renacimiento artístico en la madurez.
Pero la autorreferencia rara vez apunta a material nuevo. En pleno boom de los biopics musicales, llevaba tiempo barajándose una película sobre su vida, con Julia Garner como protagonista. Durante años, el proyecto dio vueltas por distintos estudios y formatos, pero las condiciones no terminaban de satisfacer ni a la artista ni a la industria. Aburrida de esa espera, Madonna decidió volver a lo que mejor se le da: hacer de Madonna.

Y ahí aparece Confessions II.
¿Es Confessions II realmente una secuela? Madonna dice que sí. De hecho, ha utilizado esa palabra en lugar de “continuación”, como si hubiera una diferencia real entre ambas. Sin embargo, lo que hemos escuchado hasta ahora no suena demasiado al primer Confessions. Tampoco se ve igual.
Sí, el rosa y el púrpura están presentes. La portada dialoga con la original y la propia Madonna ha recuperado algunas prendas de archivo de aquella época durante la promoción. Pero no hay bolas de discoteca, ni pelo naranja, ni una reproducción literal del universo de 2005. La conexión se apoya sobre todo en Stuart Price, a quien Madonna ya había reclutado como director creativo del Celebration Tour y con quien vuelve a colaborar por primera vez en casi dos décadas.
¿Hay algo de oportunismo en llamar al disco Confessions II en plena moda Y2K? Probablemente. Pero esa lectura, por sí sola, se queda corta. El primer Confessions también era un ejercicio nostálgico, solo que su nostalgia no remitía a un momento anterior de la propia Madonna, sino al club, a la disco, a Moroder, a Nueva York, a la música de baile como rito colectivo. Esta vez ocurre algo más extraño: el concepto es nostálgico, pero la forma no parece querer serlo del todo.
Sebas E. Alonso lo formula con claridad. Madonna “ha jugado la carta de la nostalgia con el título del álbum y algún tema suelto”, pero las pistas principales apuntan a “una secuela muy diferente a la primera parte”. Si el primer Confessions miraba sobre todo hacia los setenta y los ochenta, este nuevo proyecto parece ampliar la idea de pista de baile hacia los noventa, el house, el techno, el trance, el drum&bass y la música latina. “No creo que un disco con Arca, Stromae y Feid tenga tanto de nostálgico”, resume.
Lo que está claro es que, desde el momento en que Madonna decidió que su siguiente proyecto sería Confessions II, el lanzamiento debía tratarse con la importancia debida. Y la campaña de promoción ha sido espectacular, incluso para quienes habían dejado de esperar movimientos así de Madonna en esta etapa de su carrera.
Ha habido una aparición sorpresa en el set de Sabrina Carpenter en Coachella, seguida de una colaboración en el disco; acuerdos con marcas como Kiko Milano, Dolce & Gabbana, Yves Saint Laurent, Absolut Vodka y también la aplicación de citas que empieza por G, que ha sabido jugar sus cartas con una edición exclusiva del álbum. A esto se suman revistas, apariciones en la Met Gala y en la Semana de la Moda de París, fiestas privadas bajo el nombre de Club Confessions, una actuación multitudinaria en Times Square anunciada con apenas una hora de antelación y un cortometraje estrenado en el Festival de Tribeca.
El corto, con cameos de Lourdes Leon, Debi Mazar, Kate Moss, Benedict Cumberbatch, Julia Garner, Gwendoline Christie, Odessa A’zion, Arca, Honey Dijon, Shygirl, Sabrina Carpenter y Feid, ofrecía una visión generosa de lo que podíamos esperar del álbum. Por momentos parece una película de acción, de ciencia ficción, un videojuego y un musical urbano. Está plagado de guiños a la carrera de Madonna, desde la escena del secador en Buscando a Susan desesperadamente hasta un número sobre una mesa que remite al videoclip de “Die Another Day”, la canción que hizo para la película de James Bond.
El corto se presenta como una alternativa al viejo formato de un videoclip por canción, algo lógico en un momento en que cada vez se ven menos videoclips como acontecimientos en sí mismos. Visualmente, poco o nada tiene que ver con el primer Confessions. De hecho, en 2005 todo el presupuesto audiovisual parecía haberse concentrado en “Hung Up” y “Sorry”. Aquí hay persecuciones de coches, misiones de alto riesgo, punteros láser vaginales, levitación y cruising en los baños. Todo es más excesivo, más fantasioso, más épico. Y se agradece.
Para Víctor Ant, crítico musical en medios como NEO2, la pregunta de si Confessions II podría constituir un acontecimiento pop llega incluso tarde. “No es que pueda funcionar como acontecimiento pop real, ya lo ha hecho”, sostiene. A su juicio, la campaña ya ha conseguido implicar no solo a los fans más fieles, sino también a una parte de la prensa y del público pop que ha visto el proyecto como un regreso reinventado a la pista de baile.
El primer adelanto, que abre el disco, “I Feel So Free”, cuenta también con Arca en la producción. Es una pista deep house que comienza con una introducción hablada y nos introduce de lleno en la atmósfera del álbum. La primera frase cantada —”Come on, meet me on the dancefloor”— es toda una declaración de intenciones: una invitación directa a volver al lugar donde todo empezó. El título remite a un verso de “Into the Groove”, su éxito de 1985, y en lo sonoro se sirve de “French Kiss”, de Lil Louis, una de esas canciones sampleadas hasta la extenuación que todavía parecen tener algo que ofrecer. También hay ecos de “Love to Love You Baby” y “I Feel Love”, de Donna Summer, con el pulso de Giorgio Moroder, y una sombra evidente de “Future Lovers”, del Confessions original.
“Good for the Soul”, con su base tecno, mantiene esa idea del baile como experiencia liberadora, casi religiosa. Ha sido comparada con el sonido de Ray of Light y es uno de los mejores temas del álbum no cortados como single. Por su parte, “One Step Away” conecta más con el house de Erotica: más carnal, más sofisticado, con una sección de cuerdas de evidente vocación disco.
Luego llega “Bring Your Love”, la colaboración con Sabrina Carpenter, cuyo título procede de un verso de “Why’s It So Hard?” de Erotica. Las uniones intergeneracionales son, en buena parte, matrimonios de conveniencia: la artista veterana se beneficia del público joven y la estrella emergente se reviste de genealogía. El primer Confessions no contó con colaboraciones, si exceptuamos a Yitzhak Sinwani, del Kabbalah Centre, cantando un poema hebreo en “Isaac”. Este segundo capítulo, en cambio, asume de lleno la lógica contemporánea del featuring.
El resultado funciona. Se ha bromeado con que Madonna y Carpenter son las dos caras de una moneda, algo así como Demi Moore y Margaret Qualley en La sustancia. Y sí, la unión tiene sentido. Sabrina Carpenter es considerada como una de las artistas de su generación más dispuestas a devolver el sexo al pop, aunque sea desde una teatralidad caricaturesca. No diría que sea la heredera de Madonna, pero “Bring Your Love” es evocadora, pegadiza y bailable. Samplea “Good Life” de Inner City y recuerda por momentos a “Vogue”, que quizá sea el mejor cumplido posible en el universo Madonna. No descubre la pólvora, pero es el divertimento hedonista perfecto.
“Danceteria” hace referencia a la emblemática discoteca neoyorquina en la que Madonna consiguió que el DJ pinchara “Everybody”, el primer single de su carrera, y que también aparece en Buscando a Susan desesperadamente. La canción se construye sobre una base de Cirkut y Andrew Watt, colaboradores de Lady Gaga, y acredita a Lou Reed por un préstamo melódico de “Walk on the Wild Side”. Tiene también un spoken word cercano al de “Vogue”, solo que, en lugar de nombrar a estrellas del cine clásico, enumera a algunos de los habituales del local que da nombre a la canción, entre ellos su amiga Debi Mazar o Jean-Michel Basquiat. Hasta aquí, estamos ante un álbum prácticamente perfecto.
En “Read My Lips”, su colaboración con Feid, Madonna vuelve a probar suerte con lo latino. ¿Qué se le va a hacer? Tras una versión en español de “What It Feels Like for a Girl”, “Spanish Lesson” y su colaboración con Maluma, Madonna no se resigna a que su incursión más memorable en nuestro idioma siga siendo “La Isla Bonita”, y en menor medida, “Who’s That Girl” o, si rascamos un poco más, “Be Careful (Cuidado con mi corazón)”, su dúo con Ricky Martin. A estas alturas, solo una colaboración con Rosalía —algo que quizá todavía vivamos para ver— podría cambiar del todo esa percepción.
“Everything”, con sus bajos estridentes, es una canción descomunal, con percusiones que remiten a “Justify My Love” y un puente con guitarras muy “Hollywood”. “Love Sensation”, por su parte, es una de esas canciones que crecen con cada escucha. En realidad, se trata de un bonus track de la edición deluxe, pero aparece intercalado en medio del disco porque Madonna puede hacer lo que quiera. Recuerda a “Bring Your Love” e incluso a “Lady”, de Modjo, con ese sonido discotequero sofisticado de la electrónica francesa de principios de los dos mil. Tiene un estribillo de coros infecciosos, exuberante, catártico, de esos que hacen que el cuerpo responda antes que la cabeza. Quizá sea el “Get Together” de esta secuela.
“Love Without Words” es más experimental, con sus voces fragmentadas y sintetizadores de ensueño. Al igual que “School” más adelante, destaca más por la producción que por su contenido lírico. “Bizarre”, colaboración con Martin Garrix, parecía sobre el papel una de las apuestas más difíciles de defender. ¿Podría funcionar el sonido EDM de 2013 con la propuesta disco-marica de Madonna? Y, sin embargo, hay algo ahí: un encanto sintético, un toque de “Sweet Dreams (Are Made of This)”, una sensación de artificialidad que, contra todo pronóstico, no desentona.
El álbum entra en un territorio más cercano a la balada, aunque sin perder del todo el beat discotequero, con “Fragile”, inspirada en su fallecido hermano Christopher, con quien mantuvo una relación complicada después de que él publicara un libro aireando sus trapos sucios. “My Sins Are My Savior” es una colaboración con Stromae, el artista detrás de “Papaoutai”, y samplea una canción de 1990 del grupo sueco Army of Lovers, con todos los samples que aquella canción ya arrastraba.
En la recta final, el álbum se vuelve más confesional. “Betrayal” cambia el fulgor de la pista por una atmósfera más turbia, cercana al trip hop y al jazz nocturno, y parece ajustar cuentas con una herida familiar vinculada a su madrastra, Joan Ciccone, fallecida de cáncer en 2024. “The Test”, su dueto con Lourdes Leon, funciona como el reverso adulto de “Little Star”: si aquella nana de Ray of Light miraba a su hija desde la protección y el asombro, aquí madre e hija cantan desde un lugar más áspero, marcado por el paso del tiempo, la distancia y cierta voluntad de reparación. En ella, parece disculparse por la exposición mediática a la que sometió a su hija desde niña. Para cuando llegamos a “L.E.S. Girl”, la discoteca ya ha cerrado, han encendido las luces y nos están echando por la puerta de atrás. Madonna mira hacia el Lower East Side de sus primeros años en Nueva York y convierte un antiguo deseo juvenil en una postal borrosa, más cercana al recuerdo que a la celebración.
Durante semanas sobrevoló la posibilidad de una colaboración con Kylie Minogue, algo que los fans de ambas llevan años pidiendo a gritos. Salvo que la estén reservando para una reedición del álbum o para algún movimiento futuro, no parece que vaya a pasar a corto plazo. Pero con Madonna nunca conviene dar nada por descartado.
Puede que Confessions II no reinvente la rueda ni muestre una faceta desconocida o más profunda de Madonna. Pero, de nuevo, tampoco lo hizo el primer Confessions. Y ahí están los temazos. En ese sentido, este nuevo proyecto es un sucesor digno: no tanto porque copie su sonido, sino porque recupera su intuición central. Madonna y Price proponen la pista de baile como algo más que una evasión.
La pista, para Madonna, siempre ha sido un territorio identitario. Ya lo era en “Vogue”: un espacio de comunidad, autoexpresión, pose, deseo y supervivencia. Quizá por eso la idea volvió con tanta fuerza en 2020, cuando, ante la imposibilidad de salir de fiesta, cualquier artista pop que se preciara parecía tener un álbum de música disco o adyacente: Dua Lipa, Kylie Minogue, Róisín Murphy, Jessie Ware. Incluso Lady Gaga volvió a abrazar su lado más abiertamente electrónico con Chromatica, un disco ahora injustamente relegado pese a ser uno de sus trabajos más vulnerables.
La culminación de aquella ola llegaría con brat y el fenómeno cultural que Charli XCX protagonizó durante el verano de 2024. Fue la propia Charli quien se atrevió a dictaminar hace unos meses que la pista de baile estaba muerta, como parte de la campaña de promoción de su siguiente álbum. Madonna, ni corta ni perezosa, aprovechó la boutade para responder en redes: “Si tu pista está muerta, estás poniendo la música equivocada”.
Como era de esperar, aquello alimentó rumores sobre una posible enemistad entre ambas, algo que quedó rápidamente desmentido cuando se fotografiaron juntas de fiesta en uno de los Club Confessions de Madonna en París, junto a Debi Mazar. Si Charli XCX va a tu fiesta en 2026, está claro que sigues siendo cool. El título de Reina del Pop quizá no sea tan simbólico como creíamos.
Ese lugar de Madonna frente a sus herederas es una de las claves del lanzamiento. Para Víctor Ant, la artista ocupa hoy una posición doble: leyenda viva y, al mismo tiempo, creadora inquieta. “¿Qué sería de Sabrina Carpenter sin Madonna? ¿O del concepto de espectáculo de Dua Lipa? ¿O de la irreverencia de Charli?”, se pregunta. La frase puede sonar grandilocuente, pero toca algo real: incluso cuando Madonna ya no domina el centro del pop como en los ochenta, los noventa o los dos mil, muchas de las estrellas actuales siguen moviéndose dentro de un lenguaje que ella ayudó a codificar.
Madonna ha sido testigo y parte activa del devenir de la industria musical desde los albores de MTV hasta el CD, internet, YouTube, el streaming, las listas de reproducción, los macroconciertos, TikTok, las ediciones limitadas y la inteligencia artificial. No hay ningún artista tan longevo, hombre o mujer, cuyos nuevos lanzamientos aspiren todavía a convertirse en acontecimientos con esta fuerza. Ella sigue siendo la excepción.
Ahí quizá esté la paradoja más interesante de Confessions II: su gesto nostálgico parece, en realidad, extrañamente contemporáneo. “En plena era digital, con inteligencias artificiales en auge, ¿puede haber algo más exótico y excitante que volver con Madonna a bailar y a sentir sin distracciones?”, plantea Ant. La pista de baile, para Madonna, nunca ha sido solo una pista de baile. Ha sido refugio, mercado, templo, escaparate, gimnasio, confesionario y campo de batalla.
Más allá de los productores, las colaboraciones y los ciclos de revival, Sebas E. Alonso opina que “la mayor herencia que va a dejar Madonna es la liberación sexual femenina al margen de la edad. Que no hay que ocultar tu sexualidad después de los 35, 50 o 65”.
Ese sigue siendo, quizá, el punto más incómodo de su figura. No que vuelva a una pista de baile que ayudó a construir, sino que insista en ocuparla cuando tantos preferirían verla retirada, agradecida y decorosa. Frente a quienes le exigen envejecer con dignidad, Madonna sigue haciendo algo mucho más irritante: envejecer con deseo, ambición, artificio, contradicciones y ganas de molestar.
Ahora que Confessions II ya está aquí, sabemos que no estamos ante una simple reliquia de lujo ni ante una repetición del álbum de 2005, sino ante una secuela consciente de que el club ya no es el mismo lugar, precisamente porque el pop entero ha aprendido a vivir dentro de él. Incluso cuando Madonna mira hacia atrás, obliga a preguntarse quién manda realmente en la pista.

