Belén Segarra debuta con Mi libro de yoga (Lumen), una autoficción ilustrada que nace de un ataque de pánico y cuenta el camino de la reconstrucción personal atravesado encima de una esterilla. Entre asanas, trazo y color intenso, la artista valenciana cuenta cómo el yoga y el dibujo se volvieron un mismo idioma que la ayudó a nombrar la ansiedad, la imperfección y el cuerpo femenino.
Empezando por Annie Ernaux, con un camino que nos lleva hasta Neige Sinno, la autoficción del cuerpo es un tema que lleva un tiempo colonizando las mesas de novedades, estamos en un momento en el que la literatura se ha convertido en un espacio en el que el malestar femenino se pone de manifiesto empatizando con toda una generación. En el libro de Segarra el malestar se cuenta con palabras, con colores, trazos y símbolos, porque, como ella misma explica, la ilustración fue siempre su idioma antes de que existiera el lenguaje verbal: “Siempre he contado cosas a través de dibujos, no lo hacía a través de las palabras”. Escribir un libro entero, admite, fue lo verdaderamente nuevo del proceso.
Segarra destaca que ha querido que la incomodidad estuviera presente sobre toda la obra, algo que se agradece en un momento en el que muchos los mensajes relacionados con la salud mental parecen seguir un manual estricto de bienestar. La historia del libro parte de una tristeza sin causa aparente, de una sensación tan generacional de tenerlo todo y no entender de dónde viene el vacío. En lugar de construir un relato de superación redondo, opta por la honestidad, evitando tanto la autocompasión como la épica barata de la curación instantánea. “No quería construir el relato de que el yoga aparece y, de repente, te cura mágicamente, porque no fue así”, cuenta. Nombrar la tristeza y el miedo, insiste, sigue siendo un ejercicio incómodo incluso ahora que la salud mental parece haberse puesto de moda en las conversaciones cotidianas, porque el estigma cambia de forma pero no desaparece cuando la cosa se pone fea de verdad.
Durante una clase de yoga en la que explica el paralelismo de la práctica con la creatividad destaca que dibujar es mirar hacia dentro y devolverlo hacia fuera, mientras que el yoga hace exactamente el camino inverso, incomodando, poniéndonos en lugares y posturas que nos alejan del confort, mostrando lo que preferiríamos no ver. Sin embargo, no las entiende como fuerzas opuestas sino como disciplinas gemelas que exigen la misma observación de una misma: “En yoga es difícil esquivarte a ti misma si quieres avanzar”, explica, y ahí está la clave de por qué el libro funciona como catarsis y se aleja de ser un manual de autoayuda. Tanto la esterilla como la hoja en blanco son espacios en los que pararse a mirar antes de poder compartir nada.
Ese ejercicio de mirar convive con el sentido del humor, que atraviesa el libro de principio a fin, funcionando a la vez como recurso narrativo y como escudo personal. Segarra lo describe como algo que forma parte de su manera de ser pero que también aparece cuando el dolor pesa demasiado, aligerando sin borrar nada. “Compartimos las mismas fragilidades”, desvela, y el humor nos recuerda que no estamos tan solas en ellas. Es un gesto generoso, este de reírse del propio demonio interior sin minimizarlo, y conecta con una tradición de escritoras que saben que la ternura y las risas no le restan seriedad al testimonio, sino que lo hacen llevadero y habitable.
El libro no se queda únicamente en el terreno interior; también construye una pequeña comunidad alrededor de la esterilla que hace de contrapunto a esa introspección. Ahí aparecen Sergio, su compañero inseparable de clase; Rosario, una alumna octogenaria que ejecuta las asanas con mucha gracia desmontando aquellos prejuicios sobre la edad y el cuerpo, y Carlota, el toque místico que añade el toque cómico al relato.
Donde el libro se vuelve más filoso es cuando Segarra desmonta el concepto de imperfección como una construcción que alguien, en algún momento, decidió imponernos, especialmente a las mujeres, sobre nuestro cuerpo, nuestros tiempos vitales y hasta nuestras formas de amar. “La perfección es autenticidad y la imperfección es belleza”, resume; basta con preguntarse quién decide qué cuerpo, qué edad o qué manera de vivir es válida para entender que la presión estética tiene destinataria clara.
Visualmente, Segarra tampoco cede terreno y se aleja del minimalismo cromático. Reconoce que se planteó suavizar su paleta para hablar de yoga, acercarse a esos tonos neutros y delicados que suelen asociarse al género, y decidió no hacerlo, quedarse con el color intenso, con el negro entendido como espacio lleno de posibilidades. Esa fidelidad al propio imaginario, el mismo que ya había paseado por campañas para Vogue o Mad Cool y por galerías de media Europa, es lo que impide que Mi libro de yoga caiga en la estética genérica del bienestar en formato Pinterest.
Lo que finalmente sostiene todo el libro es una negativa a la inmediatez, algo contracultural en una época que exige soluciones rápidas para heridas gigantes. Segarra ofrece el relato lento de alguien que aprende a habitar su cuerpo, a salir del piloto automático y a entender que la transformación, cuando es real, no es inmediata ni tiene forma de titular con gancho. “La vida necesita pausa, cariño, cuidado, atención, y todo esto requiere de un tiempo que no nos permitimos tener”.

