Según el Informe Anual del Sistema Nacional de Salud 2024, el 35,6% de la población española tiene registrado en atención primaria algún problema de salud mental, y los trastornos de ansiedad son los más frecuentes: 111,3 casos por cada 1.000 habitantes, por delante de los trastornos del sueño y los depresivos. Lo que asusta es cuántas de esas 111 personas por cada mil no se reconocen como ansiosas, cuántas llevan meses sin dormir bien y lo atribuyen al estrés, cuántas tienen la cabeza encendida a las tres de la madrugada y se dicen que no tienen motivos suficientes para quejarse. La ansiedad en el siglo XXI tiene un problema de autodiagnóstico, y la literatura y la cultura popular han encontrado en hacer humor de esto una herramienta eficaz para afrontarlo.
El malestar que no se podía contar en voz alta
Durante décadas, hablar de salud mental en público exigía un tono contenido, inundado de secretismo y desprovisto de cualquier cosa que pudiera parecer frivolidad. El malestar psíquico requería solemnidad para que se tomara en serio, y el malestar femenino, además, tenía que contarse entre susurros para no arriesgarse a ser la loca de turno. Una tradición que tiene lógica, nadie quiere exponerse al escrutinio público con algo que la sociedad todavía juzga como debilidad.
Eva Quevedo, autora de Ansiosos anónimos, su primera novela, remarca que “tú le puedes decir a todos tus compañeros de trabajo que ayer sufriste una intoxicación y te pasaste la noche en el WC, pero jamás contarles que llevas seis meses tomando algo para dormir porque el día puede contigo”. Si prefieres declarar una diarrea a una ansiedad sostenida en el tiempo, “es porque sigues pensando que hay unas enfermedades más venerables y admisibles que otras”. La frase es de Miranda, la protagonista de su novela, pero podría ser de cualquiera.
Algo cambió en la conversación cultural sobre salud mental cuando la comedia decidió apropiarse del tema. Fleabag llegó con una protagonista que se reía de su propio caos emocional mientras se hundía; Shrinking convirtió el duelo y la terapia en una sitcom sobre el dolor que no sabe cómo procesarse y recientemente, Se tiene que morir mucha gente, la serie de Victoria Martín, que tiene un libro homónimo, demuestra que la ansiedad generacional de las treintañeras españolas se puede narrar en clave de humor sin perder ni un gramo de verdad. El humor, en todos estos casos, consigue tratar temas importantes sin que la gente salga corriendo.
Dice la autora del libro que “El ser humano no es tonto, aunque a veces lo disimule bien, y siempre tenderá a quedarse en los lugares donde se siente feliz. Para quien se cuestiona todo cada día y no es capaz de autoanestesiarse y volver la cabeza para no ver, esas risas en ese lugar de disfrute común son una auténtica medicina”.
Que la Feria del Libro de Madrid haya elegido el humor como eje temático de 2026 es el reconocimiento institucional de que algo se está moviendo en la conversación cultural, que un género que llevaba décadas a la sombra de sus hermanos mayores ha encontrado, de pronto, que tiene mucho que decir sobre el momento en que vivimos. Como apunta Quevedo, “hacer reír a alguien es algo dificilísimo en los tiempos que corren, donde a una solo le dan ganas de llorar al ver el panorama mundial que nos está quedando”. Precisamente por eso funciona.

Miranda, o el malestar sin coartada
Ansiosos anónimos arranca con Miranda, una mujer que ronda los cuarenta, tiene una vida aparentemente estable y sufre de vez en cuando episodios de ansiedad. Por prescripción médica empieza una terapia de grupo, aunque internamente siente pocas expectativas de curarse. En el grupo encontrará a Mariló, a quien dejó sorda un desengaño amoroso y ya no oye a los hombres; a Olga, tan ignorada por la sociedad que en ocasiones viaja gratis en los taxis y come de gorra en los bares; a Andrés, el hombre que parece uno pero son tres. Once sesiones grupales dirigidas por Farah, la terapeuta del Centro de Salud, en las que cada paciente aporta una ansiedad distinta y, sin embargo, perfectamente reconocible.
El personaje de Miranda tiene la particularidad de encarnar el tipo de malestar que más cuesta nombrar, el que no tiene una causa lo suficientemente grande como para contársela a nadie, el que convive con una vida que desde fuera parece funcionar. Quevedo reflexiona sobre hasta qué punto eso es una condición de privilegio más que una paradoja: “Podría decir que Miranda somos todos, pero en realidad únicamente somos así los que somos afortunados. Para otros su vida es tan descorazonadora que no tienen que explicar de dónde viene su ansiedad. El resto somos seres pensantes con pequeños problemas familiares, un trabajo absorbente, unas amigas que a veces ayudan y a veces no, unos recuerdos que pesan, un futuro bonito que tienes miedo de malograr”. Y añade: “Muchas personas pasan por lo mismo, pero son capaces de ponerse una escafandra diaria para que el exterior no les debilite. Para los que somos en exceso empáticos, sensibles, peliculeros y tendentes al bucle mental, esa escafandra no nos salva, porque dentro de ella también hay una persona que nos juzga”.
La novela también apunta, con la ironía que la caracteriza, a cuántas personas habrán oído en su vida frases del tipo: “Pero ¿cómo puedes estar así con la vida tan perfecta que tienes?”. A lo que Miranda, y por extensión Quevedo, responden: a veces se opina desde ese altísimo púlpito que da la más absoluta ignorancia.
El humor como rebelión, la ansiedad como tema político
Que el malestar femenino se haya contado durante tanto tiempo entre susurros es el resultado de un sistema que ha considerado la queja femenina como exageración, la sensibilidad como inestabilidad y la necesidad de ayuda como falta de carácter. Reírse de la ansiedad, convertirla en materia narrativa sin sentirse mal por hacerlo, es también una forma de rebelarse contra esa tradición.
El humor, y concretamente su aplicación en Ansiosos anónimos, funciona en dos direcciones a la vez: hacia afuera, como puerta de entrada para quienes todavía no saben que lo que les pasa tiene nombre; y hacia adentro, como mecanismo de supervivencia para quienes ya lo saben pero necesitan una manera de seguir adelante que no sea la del sufrimiento.
La pregunta que deja resonando la novela, y que la conversación cultural sobre salud mental no ha terminado de responder, es si una sociedad que solo puede hablar de su malestar riéndose está sanando o está aplazando algo. Probablemente las dos cosas a la vez. Pero mientras tanto, las once sesiones de Miranda y su grupo de terapia demuestran que el primer paso para hablar de la ansiedad es conseguir que alguien se quede en la sala, y que para eso, de momento, la mejor herramienta que tenemos es la carcajada.

