Históricamente, la literatura que se marida con el humor no disfruta de buena prensa y menos aún si quien la escribe es una mujer. Durante siglos, el panorama ha sido igual de exasperante: un hombre escribe algo gracioso y se nombra sátira, ingenio, arte; una mujer escribe algo gracioso y se denomina cotilleo, literatura íntima, autoficción, chick lit o directamente no se denomina nada porque no se le da importancia. Jane Austen murió en 1817 y durante más de un siglo se habló de ella como de una escritora de romances sentimentales para señoras con tiempo libre, cuando Orgullo y prejuicio es claramente una comedia romántica, una disección de la hipocresía de clase y la trampa del matrimonio escrita con la ironía de alguien que necesitaba expresarlo sin represalias.
Por eso, la importancia de que la 85ª edición de la Feria del Libro de Madrid haya elegido el humor como eje temático. En la presentación de esta edición, Eva Orúe, directora de la feria, destacaba las palabras de Marta Sanz, que define el humor como “el anestésico que nos permite meter el dedo hasta el fondo de la llaga” o la vaselina “con la que cualquier cosa entra mejor”, según Rosa Belmonte. Y si hay algo que las escritoras han sabido hacer históricamente, es reírse de lo que duele con precisión y delicadeza.
El humor que no se llama humor
La pregunta que vale la pena hacerse, mientras el Retiro se llena de casetas y colas para firmas durante estas semanas de feria, es cuánta de la escritura cómica que han producido las escritoras ha sido catalogada como otra cosa. “Autoficción femenina”, “escritura intimista” o “memoria” son los epígrafes en los que se sitúa a novelas como El cuarto de atrás o Nubosidad de Carmen Martín Gaite. Gloria Fuertes fue durante décadas la poeta de los niños, cuando su obra es una de las propuestas más subversivas e irónicas de la poesía española del siglo XX. Y qué decir de Ana María Matute, que construyó mundos donde lo grotesco y lo lírico tienen mucho más de humor negro que de realismo mágico, aunque pocas veces se le haya aplicado esa etiqueta.
El denominador común de estas escritoras y de muchas de las mujeres que escriben la literatura contemporánea es un tipo de humor serio y cuidado que sabe que la risa y el malestar no son excluyentes y que la ironía es una vía de escape para hablar de cosas que se hacen insoportables en la vida real.

Maitena y Raquel Gu abrieron la programación del Pabellón CaixaBank con una conversación titulada La irreverencia se dibuja, dedicada al humor gráfico como herramienta crítica; dos autoras que, a través de sus viñetas, han abordado el amor, el sexo, la autoestima y el caos cotidiano con una mirada irreverente, desmontando estereotipos desde dentro. Por su parte, Nina Lykke y Beatriz Serrano protagonizaron uno de los encuentros más interesantes de la programación, titulado Qué mal estamos para pasarla bien, una conversación sobre el desgaste emocional, el cinismo cotidiano y las contradicciones de una vida contemporánea que prometía estabilidad y desemboca en agotamiento, temas que ambas reflejan en sus obras. Las dos autoras comparten un humor ácido que opera en el territorio que describe Rosa Belmonte: la ironía como vaselina, como el único modo de hablar de ciertas ficciones sociales, del éxito, de la felicidad, de la plenitud, sin que el texto colapse bajo su propio peso. No es fácil hacer reír con temas que rozan el delirio colectivo de una generación.
El humor literario con mayúsculas, el que genera premios y figura en los programas educativos, ha tendido a organizarse alrededor de la sátira política, el absurdo intelectual y el juego metaficcional. Las mujeres que han apostado por temas como la domesticidad, el cuerpo, la experiencia íntima o las relaciones afectivas han sido clasificadas en una categoría que implícitamente se considera menor porque sus materiales parecen menores. Como señala Fernando Iwasaki en el texto de presentación de esta edición, “innúmeros editores, críticos y lectores confunden la ironía con el chiste y la paradoja con la mala leche”; y esa confusión, por lo que sea, ha recaído con más frecuencia sobre las escritoras. La dificultad para que una escritora se la tome en serio, si encima hace humor, se intensifica.
La tradición de humor protagonizado por mujeres en la literatura latinoamericana, desde Silvina Ocampo hasta Hebe Uhart, ha estado ahí todo el tiempo esperando que alguien le pusiera el nombre correcto. Igual que Camila Sosa Villada, cuya escritura convierte la marginalidad en espectáculo sin romantizarla, que encuentra en el exceso y en el desbordamiento una forma de supervivencia que también es una forma de estética; o Leila Guerriero, que practica un humor que performa el tipo de ironía que solo es posible cuando alguien observa con atención absoluta y elige exactamente la palabra que hace que todo el edificio de la solemnidad se venga abajo.
Reírse es también una forma de leer
El humor no se explica, se disfruta; y en esta edición de la Feria del Libro de Madrid llega en todos los idiomas, acentos y formatos posibles, sin corsés ni etiquetas, que ya se sabe que el chiste que se explica ya ha dejado de ser gracioso. Esto es un hito relevante para las escritoras que eligen el género del humor, porque lo que los festivales y ferias literarias hacen bien cuando funcionan es crear el contexto para que las conversaciones que ya estaban ocurriendo en los libros empiecen a ocurrir también entre lectoras, en voz alta, con nombres propios.

