En mayo de 2022, la investigadora Urmila Seshagiri encontró en los archivos de la Universidad de Londres un manuscrito anotado y corregido con la letra de Virginia Woolf. No era un borrador menor ni un ejercicio de juventud descartado por pudor; era la primera ficción que Woolf había escrito, a los veintiséis años. Lumen la publica ahora bajo el título La vida de Violet, que contiene una pieza fundamental para entender los orígenes de su universo literario y uno de los textos más divertidos que la autora de La señora Dalloway y Las olas dejó escritos.
La protagonista de estos relatos inéditos de Virginia Woolf, inspirada en su amiga y confidente Violet Dickinson, es una giganta risueña que desprecia jovialmente las convenciones aristocráticas, construye una casa propia para sus amigas y viaja a Japón con la intención de imaginar un orden político mejor. Entre el cuento, la sátira social y la fantasía más creativa, La vida de Violet dinamita la trama matrimonial victoriana con una elegancia que solo puede venir de alguien que odia profundamente lo que está destruyendo, y que además lo pasa bien haciéndolo. El sello de Woolf.
Woolf tenía veintiséis años cuando escribió estos tres relatos, y ya estaba haciendo exactamente lo que haría el resto de su vida: cuestionar quién tiene derecho a qué historia, quién ocupa el centro del relato y quién queda en los márgenes, qué formas narrativas sirven para contar determinadas experiencias y cuáles las asfixian. La giganta Violet no encaja en el siglo XIX que habita; sus dimensiones físicas son la metáfora más literal posible de lo que significa ser una mujer con ambición intelectual en un entorno que ha decidido por ella cuánto espacio le corresponde ocupar, y Woolf lo resuelve con humor, fantasía e ironía.
La amistad entre mujeres como arquitectura
Uno de los ejes centrales de La vida de Violet es la relación entre la giganta protagonista y sus amigas, a quienes literalmente construye una casa; lo cual en el siglo XIX era una declaración política de primer orden. Woolf siempre supo que la amistad entre mujeres era un asunto serio, en el sentido de que sostenía vidas, abría posibilidades intelectuales y creaba estructuras de apoyo que el matrimonio, tal como estaba diseñado, no garantizaba.
Hay algo de autobiografía en estos cuentos y en la relación entre Virginia Woolf y Violet Dickinson. Dickinson era diecisiete años mayor que Woolf, la cuidó durante una de sus crisis más graves, la alentó a escribir cuando el mundo literario era un club privado de caballeros con suficiente tiempo libre, antes de que ella tuviera una habitación propia, y se convirtió en la destinataria de algunas de sus cartas. Que la primera ficción de Woolf sea un retrato fantasioso y cariñoso de esa amistad convierte a La vida de Violet en un documento sobre el tipo de vínculos que hicieron posible que Virginia Woolf existiera como escritora.

En Una habitación propia, la autora defiende que las mujeres necesitan dinero y un espacio propio para escribir y también reconstruye la genealogía de escritoras que no tuvieron ni lo uno ni lo otro, y lo hace desde una voz que habla a una comunidad de lectoras que entienden de qué va esa escasez. En Orlando, que es otro retrato encubierto, esta vez de Vita Sackville-West, convierte la biografía en juego y esa misma lógica se ve claramente en La vida de Violet, escrita casi treinta años antes, cuando Woolf todavía no era consciente del universo que estaba creando.
La Woolf que se ríe
Existe una versión canónica de Virginia Woolf que la reduce a su fragilidad, a sus crisis, a su muerte; una versión que la convierte en símbolo del genio atormentado y que, de paso, deja en un segundo plano todo lo que su obra tiene de juego, de ironía, de placer intelectual y de humor. La vida de Violet es el antídoto perfecto para esa reducción, porque lo que muestra es a una Woolf de veintiséis años que escribe para hacer reír a su amiga, que inventa gigantas y jardines mágicos y viajes con la misma soltura con que después escribiría flujos de conciencia y ensayos sobre la experiencia femenina en la literatura.
En sus ensayos, en sus cartas y en los diarios que su marido publicó después de su muerte, la ironía funciona como herramienta de análisis que permite ver con más claridad lo que la indignación directa a veces nubla. En estos cuentos inéditos, lo que Woolf pretende hacer es reírse de las normas para así demostrar que no la poseen.
Por qué leer siempre a Virginia Woolf
Si alguien se está acercando por primera vez a los libros de Virginia Woolf, este es un punto de entrada inesperado y perfecto: antes de La señora Dalloway, antes de Al faro, antes de Una habitación propia, estaba esta giganta risueña que se mofaba de las convenciones sociales y que ya contenía, en miniatura, todo lo que vendría después.
Woolf escribió La vida de Violet para una amiga, sin intención de publicarla, como quien escribe una carta muy larga y muy elaborada en forma de cuento fantástico. Que ese gesto privado haya sobrevivido más de un siglo y llegue ahora a las librerías en castellano es una de esas ironías que la propia Woolf habría sabido apreciar: la obra que nunca quiso que fuera obra se convierte en la pieza que faltaba para entender desde dónde vino todo lo demás. Y eso, para cualquier lectora que haya subrayado alguna vez una página de Una habitación propia o haya sentido que Las olas le cambiaba algo por dentro, es razón suficiente para leerla.

