Hasta hace no mucho, los agentes literarios desaconsejaban los libros de cuentos, las editoriales los tomaban como el preludio a la novela real y ni aparecían en las nominaciones de premios literarios. Este año, El buen mal, de Samanta Schweblin, un libro de seis relatos, fue seleccionado por el Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana llevándose el galardón con el millón de euros incluido. Un millón de euros para un libro de cuentos. Que alguien le cuente esto a todos los que todavía piensan que el relato es donde van las escritoras a calentar motores.
Este año también, el Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve, el más prestigioso del género en español, ha recaído en Sofía Balbuena, con Personaje secundario (Páginas de Espuma, 2026), cinco retratos de mujeres que viven en los márgenes de su propia historia; una que se pregunta si no hubiese sido mejor no ser madre, una pareja de profesoras que compiten y se acompañan con la misma intensidad, dos adolescentes buscando la salida, un grupo de amigas en Madrid obsesionadas con que una de ellas haya decidido tener un hijo de un tipo de Tinder. Balbuena construye con todo eso lo que podría llamarse un bestiario femenino, un sistema de mujeres que orbitan alrededor de sus hombres, que callan lo que saben de sí mismas, que cargan con un mundo interior tan espeso y tan saturado que amenaza con devorarlas por dentro.
El pozo del que hablaba Natalia Ginzburg, en definitiva, pero con la tensión particular de lo que significa hoy estar en el mundo siendo mujer y tener que fingir que ese ruido no existe. Debut en el género corto, primer libro de relatos, y ya en el olimpo del cuento. Esto es el síntoma de algo que lleva gestándose mucho tiempo.

Una de las constantes de los últimos años en el mundo del relato es que algunos de los mejores libros publicados han sido obra de mujeres. Mariana Enríquez entregó Un lugar soleado para gente sombría, el tipo de libro que se lee con la luz encendida y aun así no sirve de nada. Doce cuentos de horror, pero del horror de verdad: el que surge en la realidad más cotidiana, en un barrio periférico de Buenos Aires donde una mujer convive con los fantasmas de su madre muerta, de unas adolescentes asesinadas en la calle, de un ladrón pillado en pleno robo; el que aparece en el pueblo vaciado al que una pareja va de vacaciones y donde lo más aterrador resulta ser, al final, el artista local; el de los niños de ojos negros que persiguen a los voluntarios de una ONG por los barrios marginales; el de la periodista que investiga la desaparición de una chica en un hotel de Los Ángeles y acaba enfrentándose a algo que ninguna investigación periodística podría haber anticipado. Enríquez lleva años demostrando que el terror como género literario tiene una dimensión política que sus detractores nunca han querido ver y que los monstruos no salen de la nada sino de contextos muy concretos.
Pilar Adón publicó Las iras, dieciocho cuentos que empiezan donde termina el paraíso; escenarios donde reinan la inocencia y la intimidad hasta que de repente no, hasta que la hostilidad lo ocupa todo y los personajes humillan, hieren y matan amparándose en unas reglas que ellos mismos han impuesto y que los demás, sin saberlo, han aceptado. Sus protagonistas aspiran a la calma, a vivir sin miedo, a un paisaje al que llamar hogar, con la certeza de que el cariño que alguna vez les tuvieron debe durar para siempre; y cuando eso no ocurre, cuando las expectativas se frustran y la confianza se rompe, lo que queda es alguien en un pozo, o vagando por un páramo con la mirada perdida, o encerrada en una casa que ya no es refugio sino jaula. La escritura de Adón tiene esa cualidad extraña de ser simultáneamente hermosa e inquietante, de hacerte sentir que la violencia y la ternura no son opuestos sino la misma cosa vista desde ángulos distintos; y eso, en el formato del cuento, donde no hay páginas de sobra para disimular, resulta demoledor.

Y Cristina Fernández Cubas, que lleva cuarenta años siendo una de las mejores cuentistas de este país, rompió una década de silencio narrativo con Lo que no se ve; el mejor título posible para una escritora que lleva cuarenta años construyendo su literatura exactamente ahí, en el borde de lo que no termina de mostrarse. Seis relatos donde dos hermanas ancianas representan la película inquietante de su juventud, donde dos adolescentes se descubren crudamente el día de fin de curso con una mirada que lo cambia todo, donde un grupo de amigos universitarios invoca al Otro en una tarde que ninguno olvidará, donde un hombre en una catedral italiana recibe un mandato cuyas consecuencias no puede anticipar, donde una mujer cruza una calle atestada de coches y repara en una tienda nueva que no debería estar ahí. Fernández Cubas no necesita monstruos ni sangre; le basta con introducir una perturbación microscópica en lo cotidiano para que el suelo desaparezca bajo los pies.
A todo esto hay que sumarle que Anagrama arrancó 2026 con En el camping, de Soledad Puértolas, una de las novedades más esperadas del inicio del año en el catálogo de la editorial, es el tipo de libro que parece tranquilo y te deja sin palabras. Diez relatos donde dos viejas amigas comparten la perplejidad ante un mundo que ya no reconocen, donde una llamada que no se respondió marca una vida entera, donde una anciana alojada en casa de su hija observa desde la distancia perfecta los devaneos amorosos del portero y la criada, donde aparecen parientes lejanos que reaparecen sin avisar, un busto de Miguel Servet y un reencuentro en un camping en las Rías Baixas un verano cualquiera. Puértolas lleva décadas demostrando que la liviandad puede ser la forma más exigente de la literatura; que observar y contar la vida con esa naturalidad pasmosa que tiene su prosa requiere más oficio que cualquier artificio, y que la distancia corta, el relato de diez páginas donde cabe una vida entera, es donde mejor se ve hasta dónde llega una escritora cuando ha alcanzado la madurez de verdad.

¿Por qué ahora, por qué el cuento, por qué ellas?
El cuento como forma literaria siempre ha tenido una relación particular con las escritoras, y no es una relación accidental. Katherine Mansfield, el siglo pasado, construyó un universo entero en relatos que sus contemporáneos masculinos habrían estirado hasta la novela, Flannery O’Connor escribió los cuentos más brutales y más exactos de la literatura norteamericana del siglo XX desde una granja en Georgia y Clarice Lispector hizo de la brevedad una forma de ir más lejos que nadie. La tradición latinoamericana tiene a Amparo Dávila, que pasó décadas siendo una escritora de culto antes de que alguien decidiera que merecía ser leída masivamente. Lo que está ocurriendo ahora no es que las escritoras hayan descubierto el cuento; es que el cuento ha conseguido por fin el reconocimiento que les correspondía a ellas.
La genealogía que va de Mansfield a Fernández Cubas, de Amparo Dávila a Mariana Enríquez, de Schweblin a Balbuena, dibuja un mapa de mujeres que entendieron que una historia bien contada en veinte páginas puede abrir más mundo que muchas novelas en quinientas.

