Su obra, un par de novelas y un puñado de relatos recopilados en dos antologías y posteriormente en un volumen de cuentos completos, es, sin duda, una de las que mejor define ese concepto, tan fundamental para la historia de la literatura moderna estadounidense, bautizado como Gótico Sureño (Southern Gothic), que, con sus peculiares acento y sabor, se diferencia notablemente del resto del Gótico Americano, aunque no dejen de tener, por supuesto, algunas señas de identidad en común. Pero si alguien quiere entender y saber realmente a qué se refieren los críticos al hablar de este género o modalidad literaria netamente sureña, mucho mejor que intentar explicarlo aquí será que se sumerja entre las páginas de los magníficos relatos y novelas de Flannery O´Connor (1925-1964), la reina del Gótico Sureño, con permiso, claro, de Carson McCullers. Aunque de esta última, hablaremos ya otro día.
Mary Flannery O´Connor nació el 25 de marzo de 1925 en Savannah, Georgia, capital sureña que se salvó milagrosamente de la destrucción durante la Guerra Civil gracias a su oportuna rendición, hija única de un matrimonio de clase media de origen irlandés. Su padre, Edward Francis O´Connor, agente inmobiliario, fue diagnosticado en 1937 con lupus (LES: lupus eritematoso sistémico), cuyo tratamiento estaba entonces lejos de gozar de los recursos médicos actuales, falleciendo en 1941, tras haberse trasladado un año antes con su familia a otra ciudad en Georgia: Milledgeville, donde Flannery residiría junto a su madre, Regina Cline, instalándose en 1951 en la Granja Andalusia.
Desde sus inicios como estudiante, O´Connor mostró inmediata pasión por la creación gráfica y la literatura, trabajando como editora artística del periódico escolar de la Peabody High School, realizando numerosos dibujos y caricaturas a lo largo de su estadía en el Georgia State College para su revista estudiantil, graduándose en 1945 en sociología y literatura inglesa. Ese mismo año entró en el taller literario de la Universidad de Iowa, con intención de convertirse en periodista, pero el contacto con escritores y críticos como Robert Penn Warren, Robie Macauley, Andrew Lytle o el poeta Robert Fitzgerald, la llevó al empeño de cultivar la ficción, en especial en el formato de relato, muchos de los cuales serían publicados en la Sewanee Review que editaba Lytle, uno de los primeros en reconocer su talento, y también en dos novelas: Sangre sabia (1952) y Los violentos lo arrebatan (1960), publicadas en España por Lumen.

Aparte de su obra narrativa, O´Connor escribió numerosos artículos y reseñas literarias para dos periódicos católicos de Georgia: The Bulletin y The Southern Cross. Profundamente católica en la más irlandesa de las tradiciones, su fe impregna todas y cada una de las páginas de su obra, si bien, como no podía ser de otra manera en una de las creadoras del Gótico Sureño, lo hace a través de historias y personajes tan cínicos como atormentados, obsesionados por la crueldad del mundo que les rodea y del que forman parte, condenados también a perseguir la gracia o, al menos, las migajas de esta que encuentran en sus turbulentos caminos de redención.
O´Connor, escritora y mujer, estaba llena de contradicciones. Como buena católica, apoyó a JFK y admiraba al Reverendo Martin Luther King, siendo firme partidaria de la integración racial y los derechos civiles. Pero también confesaría en una carta: “Soy integracionista, por principios; y segregacionista, por gustos. No me gustan los negros. Me desagradan y cuanto más los miro, menos y menos me gustan. Particularmente los de la nueva clase”. En sus relatos carga tanto contra el racismo recalcitrante del sureño, como contra la ingenuidad torpe de liberales e idealistas. Al tiempo que refleja un universo de personajes tullidos, física y espiritualmente, grotescos y patéticos, causantes a menudo de su propia desgracia, siente por ellos una suerte de especial afinidad, debido no solo a su caridad cristiana, sino a su propia frágil salud, que la llevaba a identificarse con desahuciados e impedidos.
Por desgracia, el lupus es a menudo hereditario: el verano de 1952, Flannery O´Connor fue diagnosticada con la misma enfermedad que acabara con la vida de su padre. Los médicos le dieron como máximo un lustro de vida, sin embargo la escritora, que acababa de publicar su primera novela, trabajaba ya en una nueva y seguiría escribiendo, publicando y dibujando incansable, dedicándose también a su pasión por la ornitología, además de manteniendo una enorme correspondencia con amigos y amigas —entre ellos escritores como Robert Lowell—, y sorprendería a todos viviendo hasta 1964, cuando un nuevo ataque de la enfermedad, complicado por un fibroma uterino del que tuvo que ser intervenida, acabó con ella. Contaba solo 39 años.

Los cuentos de Flannery O´Connor se han convertido en paradigma del relato sureño americano. Para muchos representan un retrato cínico, implacable y oscuro, lindando casi con el puro horror y lleno de humor negro, de la mentalidad tradicionalista, las posturas radicales y la religiosidad más retorcida, apocalíptica y enfermiza del Profundo Sur (el Deep South), esta última generalmente encarnada por fanáticos predicadores evangélicos (que no católicos). Ella nunca lo vio así. El tema fundamental de su obra era para O´Connor la fe puesta constantemente a prueba en un mundo marcado por el pecado original, así como el libre albedrío, amén de la inevitable soledad tanto del creyente como del escéptico, más desesperada y trágica aún la del segundo. También existe, sin embargo, la posibilidad de la gracia y la redención, aunque acompañadas siempre de su inevitable dosis de sufrimiento y tortura interior.
Sangre sabia, su primera novela, fue difícil de publicar, siendo rechazada por varios editores. Tras su aparición, la crítica prácticamente ignoró su extraña, tragicómica, grotesca y turbia historia de un predicador ateo, decidido a extender la “buena nueva” de la anti-religión y la primera Iglesia Sin Cristo, acompañado de prostitutas, enfermos mentales y estafadores. Hoy, es uno de los grandes clásicos no solo del Gótico Sureño, sino de la literatura estadounidense y universal del siglo XX.

Era casi imposible que una obra tan singularmente moralista al tiempo que blasfema, tan irreverente como atormentadamente mística, empapada en sarcasmo, locura, ironía y delirio no llamara la atención de un director como John Huston, orgulloso de sus orígenes medio irlandeses. Su fiel adaptación de Sangre sabia (1979), protagonizada por un carismático Brad Dourif en el papel principal de Hazel Motes, junto a otros actores de la talla de Harry Dean Stanton, Dan Shor, Amy Wright, Ned Beatty o William Hickey, constituye también todo un clásico del cine americano, que junto a su versión de Fat City (1972), según la novela de Leonard Gardner, se cuenta entre aquellos títulos que más y mejor han retratado el lado oscuro del sueño americano.
Hoy, Flannery O´Connor, pese a su corta existencia, sigue siendo la reina del Gótico Sureño, con permiso (insistimos) de su colega Carson McCullers. Sin nada que envidiar a autores y autoras como Faulkner, Tennesse Williams, Eudora Welty, Erskine Caldwell, Capote o Harper Lee, junto a los cuales grabaría a fuego profundamente, con los más violentos, crueles y apocalípticos aromas y colores del Profundo Sur, este concepto netamente estadounidense en el imaginario universal.


