Durante décadas, la obra de Virginia Woolf ha sido leída desde la gravedad, la introspección y la conciencia de crisis. Sin embargo, la aparición de tres relatos inéditos escritos en 1907 obliga a matizar ese relato: muestran a una Woolf distinta —más irónica y más ligera— y sitúan en el centro una relación que la crítica ha tendido a relegar: la que mantuvo con Violet Dickinson.
Los textos, reunidos bajo el título Violet y publicados ahora en España, permanecieron ocultos durante más de un siglo. Su hallazgo se produjo en Longleat House, donde se conservan documentos vinculados a Violet Dickinson. Allí apareció un manuscrito mecanografiado y corregido a mano por la propia Virginia Woolf, lo que desmiente la idea de que se tratara de un ejercicio menor o desechable. Las revisiones, realizadas en 1908, evidencian una voluntad de estilo y una atención formal que acercan estos cuentos al resto de su obra.
La historia de su ocultación es, en sí misma, reveladora. Fue la propia Woolf quien pidió a Dickinson que no los difundiera. En cartas de la época, la escritora los calificaba de inmaduros, incluso indignos de conservación. Esa autocensura, que podría leerse como una exigencia estética, también se inscribe en un contexto más amplio: el de una autora que todavía no había construido su lugar en el sistema literario y que operaba bajo una vigilancia constante sobre su propia escritura.

Pero lo que emerge al leer estos relatos no es tanto la inseguridad como la libertad. Lejos del tono grave que marcaría novelas como Orlando o ensayos como Una habitación propia, aquí aparece una voz que experimenta, que juega con la biografía, que introduce elementos fantásticos y que se permite la ironía. En “Galería de amistades”, Woolf construye un retrato caricaturesco y afectuoso de Dickinson; en “El jardín mágico”, ensaya diálogos que anticipan algunas de sus ideas más conocidas; y en “Una historia para hacerte dormir”, despliega un universo cercano al surrealismo.
El vínculo entre ambas mujeres atraviesa los tres textos. No se trata solo de una relación de amistad, sino de lo que la propia Virginia Woolf definió como una “amistad romántica”. Las cartas entre ambas, así como las lecturas contemporáneas de su correspondencia, apuntan a una intensidad emocional que hoy resulta difícil ignorar. Dickinson fue una figura clave en la vida de Woolf en un momento de extrema vulnerabilidad: tras la muerte de su padre y en medio de una crisis nerviosa, la acogió en su casa y la sostuvo durante meses.
Esa dimensión afectiva no ha ocupado, sin embargo, un lugar central en la construcción del canon woolfiano. La crítica ha tendido a priorizar otros vínculos y otras lecturas, dejando en segundo plano las relaciones entre mujeres que marcaron su trayectoria. La publicación de estos relatos reabre ese archivo desde otro lugar, no como anécdota biográfica, sino como material literario.

También obliga a revisar la imagen de una autora asociada a la densidad y al pensamiento abstracto. Aquí hay humor, ligereza, incluso irreverencia. Hay una Woolf que observa, que describe, que se permite exagerar y deformar la realidad sin perder precisión. Y hay, sobre todo, una escritura en proceso, todavía no fijada, que dialoga con su obra posterior sin quedar subordinada a ella.
La edición española coincide, además, con un momento de renovado interés por Virginia Woolf, con nuevas traducciones y reediciones de sus textos. En ese contexto, Violet funciona como una pieza que completa el mapa. No añade una nueva “gran obra”, pero sí desplaza la mirada hacia una etapa y unos vínculos que permiten entender mejor el conjunto.
La edición actual de Violet permite, por tanto, incorporar estos relatos al conjunto de su obra no como textos menores, sino como documentos que iluminan una etapa concreta de su vida y una relación amorosa que influyó en su escritura. También contribuye a una lectura más amplia de Virginia Woolf, en la que sus vínculos afectivos con otras mujeres forman parte del análisis literario y no quedan relegados a la biografía.
