La imagen se viene repitiendo casi todas las noches desde que se filtró el vídeo. En las redes sociales se publicó poco después. En él, se ve a un hombre de 30 años de nacionalidad sudanesa sobre otro ciudadano inmóvil intentando apuñalarle. La víctima fue trasladada al hospital en estado grave y mientras la Policía intenta contener la difusión de imágenes violentas, cada noche arde Belfast.
Los altercados los protagonizan decenas de hombres que, escudándose en la agresión, han sacado a relucir su lado más racista. La presencia de grupos de extrema derecha que ya estaba latente antes de la agresión ahora es todavía más evidente. Desde hace días, estos grupos lanzan llamamientos a la protesta a través de internet aprovechando los miles de visualizaciones que, casi una semana después, sigue acumulando la secuencia.
Desde ese día los manifestantes antinmigración bloquean las calles, incendian edificios, estallan vehículos e incluso recorren vecindarios enteros buscando a migrantes para, literalmente, echarlos de sus casas a patadas. Belfast, la capital de Irlanda del Norte, no vivía unos altercados ni siquiera parecidos desde 1998, cuando se firmó un pacto de paz para intentar poner fin a tres décadas de sangriento conflicto sectario y político entre británicos e irlandeses.

Las similitudes con Torre-Pacheco
Las imágenes de extrema violencia de estos días recuerdan inevitablemente a las que hace no demasiado vivimos en España tras la agresión a un jubilado de 68 años por parte de un inmigrante en Torre-Pacheco. En ambos escenarios (y prácticamente en todos en los que hay violencia) se repite el mismo patrón. En ninguno de estos grupos radicales y ultras conseguimos ubicar a las mujeres. Belfast arde, pero están quemando sólo los hombres. Los mismos que el verano pasado salían a la caza del migrante en la localidad murciana.
Para Octavio Salazar, jurista, escritor y experto en masculinidades, no es casualidad. “La violencia forma parte de la construcción social y cultural de la masculinidad”, explica en conversación con este periódico.

Una violencia colectiva y masculina
Esas praxis violentas, en muchas ocasiones colectivas, forman parte de la identidad masculina, que necesita constante validación. “Para los hombres es fundamental demostrar la hombría y constatar nuestra forja en las lógicas dominadoras entre nuestros iguales. Cultural y políticamente hemos sido moldeados con permanentes referencias simbólicas e imaginarios que reproducen esas lógicas: desde la mitología clásica hasta el cine más comercial del siglo XX”, explica Salazar.
Claro está, hay excepciones. Hay mujeres que pertenecen a grupos radicales. Y también hay mujeres que participan en estos disturbios. Sin embargo, su presencia no sólo es menor, sino que es prácticamente anecdótica si la comparamos con la de ellos. En ninguno de los vídeos filtrados a lo largo de estos días en Redes Sociales Artículo14 ha sido capaz de identificar a mujeres. Seguro que las hay, pero su presencia es testimonial. “Por supuesto que hay mujeres violentas y hombres pacíficos. Y por supuesto que las mujeres odian”, explica Salazar, que añade: “pero ellas han sido moldeadas en otros parámetros relacionales mucho más vinculados con la horizontalidad, con la ética del cuidado, con la capacidad de negociar, también emocionalmente”.

La explicación
La explicación de esto no la encontramos en la biología sino en constructos socioculturales. “Históricamente las mujeres han tenido unas referencias que las han dotado de herramientas y capacidades con las que son capaces de solventar, de manera mucho más inteligente los conflictos y las incertidumbres”, explica el experto.
Y si esto ocurre es porque ellas no están pendientes de un estatus que mantener, como los hombres, que necesitan una reafirmación continua entre iguales. “El espacio público ha sido por antonomasia espacio de lo masculino y todavía para las mujeres es un lugar de riesgos y miedos. Un lugar idóneo para desplegar esa suerte de performance que es la viralidad”, sentencia Salazar.
Aunque el fenómeno parece nuevo, tiene más años que el hilo negro. El experto habla de las fratrías, las antiguas agrupaciones de la Antigua Grecia que desde hace años han servido para intentar explicar los mecanismos internos del machismo y del sistema patriarcal: la alianza formal y a menudo inconsciente que los hombres utilizan para relacionarse y seguir ostentando el poder. Lo contrario a este término sería el ya conocido “sororidad”: la agrupación y hermanamiento de mujeres para frenar precisamente esto.

