En Bélgica, hasta el 30 de junio de 2026, exactamente dos años después de que entrara en vigor el marco regulatorio que flexibilizó las modificaciones nominativas, un total de 12.921 ciudadanos han presentado formalmente la solicitud para alterar sus apellidos oficiales. Este dato pone de relieve la acogida que ha tenido una norma concebida para desmantelar la exclusividad del patronímico tradicional.
El marco administrativo instaurado en julio de 2024 eliminó el requisito previo de iniciar costosos y prolongados procesos en sede judicial. Actualmente, el procedimiento se completa directamente en el ayuntamiento correspondiente mediante la cumplimentación de una planilla y el pago de un canon municipal de cuantía variable. La resolución administrativa es definitiva e irreversible, permitiendo sustituir el apellido del padre por el de la madre o bien combinar ambas identidades familiares.

Pese a la notable afluencia a las oficinas municipales, el conocimiento general sobre los alcances de esta normativa continúa siendo parcial. Sectores de la abogacía y del activismo señalan que subsiste un desconocimiento generalizado en la población, lo que perpetúa la invisibilización de la línea materna.
El trasfondo histórico de esta legislación refleja un camino gradual de reformas institucionales. En 2014, el legislador belga imitó el modelo francés para permitir la libre elección de apellidos en los recién nacidos. Sin embargo, aquel sistema contenía una marcada asimetría: en caso de desacuerdo entre los progenitores, la ley daba prioridad automática al apellido paterno. No fue sino hasta 2016 cuando el Tribunal Constitucional anuló dicha disposición por discriminatoria, fijando para 2017 la norma subsidiaria de concatenar ambos apellidos en orden alfabético.

Pese a estos fallos judiciales y a los cambios legislativos, la práctica arraigada se resiste a cambiar con celeridad. Diez años después de las primeras modificaciones legales, más del 80 % de las familias belgas continúa inscribiendo a sus descendientes únicamente con el apellido del padre.
Paralelamente, los registros oficiales no diferencian si las 12.921 peticiones tramitadas optaron por la sustitución completa o por la combinación, ni el orden elegido. No obstante, defensores de los derechos de igualdad enfatizan que el ejercicio de este derecho trasciende el ámbito privado o la resolución de conflictos intrafamiliares. Desde esta perspectiva, la adopción del apellido materno es un acto explícito de reconocimiento pleno de la equidad de género en la sociedad .
Un freno cultural en el resto de Europa
La realidad belga no es ajena al resto del continente. En muchos países europeos se han impulsado cambios legislativos para poner fin a la prioridad del apellido paterno, pero la costumbre pesa más que la norma. En España, aunque desde 2017 es obligatorio elegir el orden de los apellidos al nacer un bebé, apenas el 6% de los recién nacidos llevó el apellido materno en primer lugar en 2025. Los expertos apuntan a que gran parte de la población desconoce aún esta opción, sumado al temor de romper inercias familiares o a prejuicios arcaicos que asociaban el apellido materno a la ausencia del padre.
El fenómeno se repite en otros países donde se han flexibilizado las leyes. En Francia, tras más de dos décadas de libertad de elección, más del 80% de los bebés sigue figurando solo con el apellido del padre. En Países Bajos, las recientes reformas para permitir apellidos combinados han chocado con trabas de consentimiento entre progenitores no avenidos, mientras que en Italia el debate parlamentario sigue bloqueado. A pesar de los avances normativos en Europa, la tradición patrilineal sigue condicionando las decisiones familiares, relegando el linaje materno a un acto minoritario.

