En California nacen las tendencias. Es un hábitat donde se prueban y perfeccionan las modas. Cuando cruzan las fronteras para conquistar el resto del mundo, en Los Ángeles ya forman parte del pasado. La ciudad funciona como una incubadora permanente de tendencias que afectan a la ropa que vestimos, a lo que comemos y, por supuesto, a la manera en que hacemos ejercicio.
En el universo del bienestar nada permanece quieto. El barre, esa mezcla de barra de ballet, pilates, yoga y ejercicios cardiovasculares que hoy se practica en medio planeta, comenzó discretamente en un estudio de North Hollywood. El pilates, nacido en Nueva York a partir del método de Joseph Pilates, encontró en Los Ángeles el escaparate perfecto gracias a las celebridades que lo incorporaron a sus rutinas diarias. Las clases de bicicleta estática dejaron de ser un entrenamiento casi anónimo cuando, a mediados de la primera década de este siglo, las actrices empezaron a salir sudando de los estudios de Sunset Boulevard perseguidas por los fotógrafos. Poco después llegaron el hot yoga, el entrenamiento funcional, el pickleball y una interminable sucesión de disciplinas destinadas a prometer cuerpos más fuertes y mentes más tranquilas.
Cuando una tendencia alcanza Europa, en California suele haberse convertido ya en un fósil cultural.

Llevo tres décadas viviendo en Los Ángeles y el pilates y el pickleball forman parte de mi rutina. Me gustan porque me obligan a desconectar del teléfono y del tráfico, pero, a pesar del tiempo que llevo en Estados Unidos, nunca he caído en la afición tan estadounidense de disparar armas.
Nunca me ha interesado. Ni como deporte, ni como actividad recreativa, ni como forma de defensa personal. Crecí con una relación muy distinta hacia las armas y siempre pensé que esa distancia seguiría intacta aunque viviera en Estados Unidos.
Pero llegó la pandemia y el miedo alteró costumbres profundamente arraigadas. Las calles vacías o el aumento de la sensación de inseguridad llevaron a millones de estadounidenses a comprar un arma por primera vez. Entre ellas, muchas mujeres.
Mi vecina Stacey fue una de las personas que más insistió en que yo debía hacer lo mismo. Era voluntaria nocturna de la Policía de Los Ángeles para vigilar nuestro vecindario. Conocía los protocolos de seguridad mejor que nadie y cada miércoles salía a patrullar. Estaba convencida de que las circunstancias exigían prepararse para cualquier situación. Durante meses me repitió lo mismo: “Debes tener una pistola en casa por si algún día tienes que defenderte”.

Yo siempre le respondía igual. “Si necesito ayuda, grito y me oyes”. Confiaba mucho más en su capacidad para protegerme que en la mía para utilizar un arma de fuego. Pero Stacey no se daba por vencida.
Después de escuchar una y otra vez sus argumentos, acepté acompañarla a una sesión de tiro. Eso sí, con la condición de hacerlo de la manera más californiana posible. Como ya había conseguido convencerme, se puso a buscar una fórmula que hiciera la experiencia algo más atractiva y dio con una clase llamada Pilates y Pistolas.
Aprovechando que Stacey se mudaba y que yo también estaba preparando una nueva etapa, viajamos juntas hasta San Antonio para participar en uno de estos cursos organizados por Buck and Doe Mercantile. Combinar una clase de pilates con un curso de manejo de armas suena a disparate. Sin embargo, la propuesta tiene su público. En Estados Unidos existen talleres similares en distintos estados, desde Texas hasta Florida o Illinois, todos dirigidos casi exclusivamente a mujeres.
El programa parecía sacado de una sátira sobre la cultura estadounidense. Creo que precisamente por eso decidí apuntarme. El curso empieza con cuarenta y cinco minutos de pilates intenso. Después siguen dos horas de formación sobre seguridad con armas de fuego. Y, finalmente, prácticas de tiro. Todo por 85 dólares.

La sesión de pilates no era especialmente distinta de cualquier otra que hubiera hecho en Los Ángeles. Pesas de tres kilos, respiración controlada, trabajo de abdomen y una interminable sucesión de movimientos de pelvis y equilibrio destinados a activar el cuerpo. Mientras fortalecíamos el core, no podía evitar pensar en qué sentiría al tener una pistola entre las manos.
Los organizadores defendían que ambas actividades se complementan porque los ejercicios de respiración ayudan a controlar el pulso y mejorar la concentración antes de disparar. El pilates era, según ellos, el calentamiento mental. Después llegó la clase de seguridad. Nadie puede acceder al campo de tiro sin haber aprendido antes las reglas básicas. La guinda era una sesión de disparos.
Antes de apretar el gatillo por primera vez, Stacey se puso a mi lado para que corrigiera la postura. “Ponte recta. Levanta los pechos”, me ordenó con la misma naturalidad con la que una profesora de pilates minutos antes me alineaba la postura. Durante un instante me sentí como Afrodita A en Mazinger Z, a punto de gritar “Pechos fuera”. Obedecí. Un segundo después llegó el estruendo.
El sonido de los tiros resulta violento. También el retroceso del arma. Cuando intentas mantener la mente fría descubres cómo la tensión termina apoderándose de ti. Lo sorprendente fue comprobar que muchas de las participantes, incluida yo, conseguimos mantener los disparos relativamente agrupados alrededor del centro de la diana. Debo reconocer que acertar no hizo que me gustaran las armas y tampoco pienso en repetir la experiencia por muy de moda que esté.
La inmensa mayoría de las asistentes del grupo eran mujeres de edades muy distintas. Algunas acudían con amigas. Otras con sus madres. Varias confesaban que, como yo, nunca habían sostenido una pistola y hablaban del miedo a vivir solas. Todas buscaban sentirse más seguras.
Durante la pandemia, alrededor del 5% de los estadounidenses compraron un arma por primera vez, entre ellos muchas mujeres. Un estudio del Harvard Injury Control Research Center constató que la proporción de mujeres propietarias de armas pasó del 12% en 2016 al 19% después de la covid.

Las cifras ayudan a entender por qué este tipo de talleres ha encontrado su mercado. Como resumió Stacey al marcharnos: “En el mundo de las armas hay muchas mujeres que simplemente quieren protegerse”.
Entendí por qué estaban allí. Compartí su necesidad de sentirme segura. Lo que no conseguí compartir fue la idea de que una pistola pudiera ofrecerme esa tranquilidad.
Hay tendencias californianas destinadas a conquistar el mundo. Y otras que uno agradece dejarlas allí donde las encuentra.

