Francia afronta una de sus mayores crisis de orden público de los últimos años. Las movilizaciones que comenzaron a finales de septiembre por el deterioro de la educación pública y las condiciones de vida han desembocado en una ola de disturbios, saqueos e incendios que ha sacudido París, Marsella, Lyon y otras ciudades. Durante el fin de semana, más de 2.400 personas fueron detenidas y cerca de un millar de policías resultaron heridos. Miles de comercios y edificios públicos sufrieron daños, mientras el incendio del Ayuntamiento de Limoges se convirtió en una de las imágenes más impactantes de los altercados.
La respuesta del Gobierno ha elevado la tensión política. El primer ministro, Sébastien Lecornu, ha anunciado medidas de seguridad y toques de queda parciales y localizados en algunas ciudades, mientras el ministro del Interior, Laurent Nuñez, ha reconocido que las fuerzas policiales perdieron el control en determinados puntos por falta de previsión y efectivos. El presidente Emmanuel Macron, que ha rechazado la dimisión de Nuñez, ha condenado la violencia y reclamado nuevos métodos operativos. Entretanto, los bloqueos estudiantiles continúan: este lunes, activistas impidieron la apertura habitual del Museo del Louvre en París para respaldar las movilizaciones y denunciar la actuación policial.

La joven francesa Lea Gasser, de 23 años, graduada en Ciencias Políticas e investigadora en Sciences Po y residente en París, cree que la protesta va más allá de las reivindicaciones sobre el sistema educativo. En una conversación con Artículo14, Gasser de una ruptura profunda entre la ciudadanía y las instituciones. Aunque comparte las demandas de los manifestantes, reconoce que tiene miedo de acudir a las concentraciones.
-Qué diferencia estas protestas de otras movilizaciones que ha vivido Francia, como las de los chalecos amarillos o las manifestaciones contra la reforma de las pensiones?
-Creo que hay dos diferencias. Una es que estamos viendo una convergencia de las luchas. Está la lucha contra la precariedad laboral, la emergencia climática y también las reivindicaciones feministas y antirracistas. Se entienden todas como caras de una misma crisis sistémica.

En las manifestaciones hemos visto que se cruzan dos símbolos muy claros: el chaleco amarillo, como emblema de la Francia trabajadora precarizada, y la bandera palestina, como estandarte de la movilización estudiantil contra las políticas del Estado. La otra diferencia es que el problema de fondo no es solamente económico o social. Es una crisis muy general de credibilidad democrática. La palabra política ha perdido todo su valor.
-Sin embargo, la violencia ha terminado ocupando el centro del debate. ¿Representa al conjunto del movimiento o hay grupos minoritarios que aprovechan la situación?
-Creo que hay las dos cosas. Hay personas que están ahí por la violencia y todo eso. Pero también hay algo más profundo: la confianza ciudadana está bajo mínimos. La sociedad civil está muy enfadada con el Gobierno y con el Estado en general. Todo esto parece una guerra civil: el Estado contra la sociedad civil. Creo que es muy grave. Ya nadie cree en las promesas del Ejecutivo. Cuando se rompe ese vínculo de confianza, cualquier medida que anuncie el presidente se recibe automáticamente con hostilidad o indiferencia.
-Emmanuel Macron ha condenado los disturbios, pero también ha anunciado nuevas medidas de seguridad. ¿Cómo valora su respuesta?
-Ayer el presidente Macron pronunció un discurso, pero no dijo nada sobre las reivindicaciones sociales y económicas. Tampoco habló de la condena de la violencia policial, del futuro de este movimiento ni mostró apoyo o empatía. Y eso es un problema, porque el presidente debe transmitir esa imagen de alguien que ayuda al pueblo. Me temo que Francia acabe realmente paralizada por la violencia.
-Desde París, ¿cómo se vive esta situación? Los datos sobre detenidos, policías heridos y comercios saqueados dibujan un escenario preocupante.
-Esta mañana, por ejemplo, el Museo del Louvre estaba bloqueado por activistas que apoyaban al movimiento estudiantil. Ha habido mucha violencia en el centro de París en pleno lunes, y eso es terrible. La gran mayoría de las universidades siguen bloqueadas. En este contexto, creo que la seguridad de todos ya no está garantizada. Las próximas semanas van a ser decisivas y el Gobierno tendrá que reaccionar y tomar medidas muy concretas esta vez. Ahora parece un estado de emergencia.

-¿Teme que esta espiral de violencia termine beneficiando a Marine Le Pen y a la extrema derecha de cara a las próximas elecciones presidenciales?
-Sí, estos acontecimientos van a dar votos a la extrema derecha, seguramente, porque la gente tiene miedo. Ha habido mucha violencia, cientos de tiendas han sido saqueadas y destrozadas y personas han sufrido agresiones. Esas son las imágenes que hemos visto en la televisión y en los medios.
-¿Cuál sería, entonces, el mayor riesgo político de lo que está sucediendo?
-El derecho de manifestación es un derecho fundamental. A mí me emociona ver cómo la sociedad francesa se une y sale a la calle para defender sus derechos. Pero la violencia, ya sea institucional, represiva o de cualquier otro tipo, acaba tomando el control y eclipsa todo ese impulso de solidaridad. Creo que eso es muy grave. Tenemos que informarnos bien y mantener un espíritu crítico, porque la situación no es nada fácil.
-Más allá del análisis político, ¿cómo vive usted esta situación a sus 23 años? ¿Qué sentimientos le despierta entre sus amigos y su entorno?
-Para mí es muy complicado, porque tengo miedo de ir a las manifestaciones. Hay peligro y mucha violencia, así que no quiero ir. Pero es difícil porque, por otro lado, estoy de acuerdo con las reivindicaciones. Creo que hoy es muy importante manifestarse por todos estos derechos. Estas movilizaciones deberían ser un símbolo de esperanza para construir una sociedad más justa e igualitaria para todos, y no un medio más para que los políticos hagan campaña o para que haya violencia.

