Testimonio

“Quiero que el Papa me confiese y me dé la extremaunción”

A los 16 años una enfermedad cambió para siempre la vida de Ana Cuenca. A los 33, se ha convertido en un testimonio vivo de confianza en Dios y ha viajado a Madrid con un deseo muy especial para el encuentro con León XIV

“Mi vida es perfecta. Está bien hecha”. La frase nos desarma. Quien la pronuncia es Ana Cuenca, una valenciana de 33 años perteneciente a una comunidad del Camino Neocatecumenal de la parroquia de San Jerónimo, en Valencia. La dice sin ánimo de impresionar y sin rastro de resignación. Está convencida de ello.

Cualquiera que se acerque a su historia podría pensar que tiene razones suficientes para la queja, la rabia o la desesperación. A los 16 años, apareció una enfermedad que transformó radicalmente el rumbo de su existencia. Hasta entonces, llevaba una vida normal. Tenía proyectos, expectativas y sueños de futuro. De un día para otro se desmoronaron muchas de las cosas que había imaginado.
“Durante un tiempo viví una auténtica lucha interior. No entendía lo que estaba ocurriendo. Llegué a atravesar una profunda depresión”, nos cuenta. Fue precisamente en uno de esos momentos límite cuando ocurrió algo que todavía hoy recuerda con enorme emoción. Estaba en la habitación de su hermano y, al levantar la vista, se encontró con un icono de la Virgen María. “Fui consciente de que no estaba sola. Y desde entonces me cuida muchísimo”.

Ana guarda una relación especial con los girasoles, la flor de Fray Pablo María de la Cruz, un joven que murió en aroma de santidad al que su familia se encomendó cuando ella estaba en coma

Durante la conversación, Ana repite palabras como plenitud, gratitud e incluso belleza. Estos días espera con ilusión uno de los viajes más importantes de su vida, su desplazamiento a Madrid para encontrarse con el Papa León XIV junto a un grupo de medio centenar de personas con discapacidad. “Quiero que el Papa me confiese y me dé la extremaunción”. Es su deseo y lo dice con la misma naturalidad con la que cualquiera hablaría de una fotografía, un saludo o un autógrafo. Pero en Ana nada es convencional. Tampoco su manera de entender la fe.

El valor de la oración

Vivimos en una cultura que considera el dolor un fracaso y la enfermedad como algo que debe ocultarse, combatirse o eliminarse. Ana lo mira desde otro lugar. “El sufrimiento no es un error. Yo lo tengo siempre presente, pero mi existencia está bien hecha. Es perfecta porque la ha creado el Señor”. Tampoco su fe encaja en muchos de los clichés contemporáneos sobre la religión. No habla de un Dios que elimina mágicamente los problemas. Ella no espera soluciones espectaculares ni milagros. Ni siquiera entiende la oración como una fórmula para obtener aquello que desea. “Hablo de un Dios que permanece, me acompaña y me sostiene”.

Exposición del Santísimo en la habitación de su casa

La oración, para ella, no es una evasión de la realidad, sino el lugar donde encuentra sentido cuando las respuestas racionales resultan insuficientes. “Orando puedo expresar mi vulnerabilidad sin necesidad de esconderla. En la oración aprendo a confiar”.

Ciencia y religión, sus aliadas

A pesar de que la medicina no ha conseguido la cura para su enfermedad ni alivio definitivo para su dolor, Ana no enfrenta la fe con la ciencia. “Nunca las presentaría como mundos incompatibles. Al contrario. Solo puedo hablar con admiración de los médicos y de quienes dedican su vida a aliviar el sufrimiento humano. Reconozco el valor inmenso de la investigación científica y de los avances médicos”. Su religiosidad no le impide agradecer el trabajo de la ciencia del mismo modo en que confía en Dios. “La medicina intenta curar. La fe intenta responder a la pregunta de qué hacer con aquello que no puede curarse”.

Su testimonio ha conectado con muchos grupos de jóvenes católicos, pacientes de los hospitales, personal sanitario y usuarios de las redes sociales. Formula preguntas que muchos evitan. ¿Qué valor tiene una vida vulnerable? ¿Es posible ser feliz cuando los planes se frustran? ¿Qué hacemos con el dolor que no desaparece? ¿Cómo se sostiene la esperanza cuando el futuro es incierto? Ana solo puede responder desde la experiencia.

Junto a sus mejores amigos en Valencia

En 2023, conmovió a los presentes en la Vigilia Diocesana que se organizó en Valencia con un poderoso testimonio sobre la fe en medio del sufrimiento. Durante la vigilia se rezaron tres misterios del Rosario que fueron acompañados de distintos testimonios, entre ellos el de Ana. Confesó sentirse amada y proclamó: “Puedes tenerlo todo, pero si no tienes al Señor, la vida está vacía”.

En su viaje a Madrid junto a otras personas con discapacidad para participar en un encuentro, sueña con poder estar cerca del Papa, con escuchar su discurso y compartir unos instantes con él. Su petición, confesarse y recibir la extremaunción, posee una gran carga. Y lo expresa con la paz de quien contempla su propia vida como un regalo.

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