Arancha comienza su jornada a las 8 de la mañana en una escuela infantil de Asturias. A la vez que prepara biberones tiene que recibir a los bebés que van llegando. En su clase hay ocho bebés. Como solo puede dar los biberones de uno en uno, mientras uno desayuna los demás tienen que esperar. Algunos lloran porque tienen hambre, otros se duermen y quienes van llegando se aclimatan como pueden. El año que viene serán trece infantes de entre 1 a 2 años. Y en la siguiente etapa, dieciocho de entre 2 a 3 años. Las educadoras acompañan a los mismos niños y niñas durante los tres primeros años de vida, así pueden adaptarse mejor a sus necesidades y trabajar desde la confianza construida.
Empieza cada mañana una jornada frenética en la que dos ojos, dos brazos y dos piernas tienen que hacer malabares para atender a todas las criaturas al mismo tiempo: darles el desayuno y la comida, realizar juegos y actividades, protegerles, darles cariño, educarles, dormirles y, en ocasiones, aplicar cuidados especiales porque hay niños con NEE. Mientras Arancha arropa a Susana porque necesita dormir, Pedro se ha hecho caca. Matías está empezando a caminar y necesita atención constante. Marta ha cogido un juguete con el que puede hacerse daño y Alberto está malito, así que necesita un extra de mimos. Javier, Leo y Sofía han abierto un bote de pintura con el que están embadurnando todo. Vera se ha puesto a llorar porque echa de manos a su madre, hay que cambiar el pañal a Lucía. Marcos y Jonathan se están peleando y Alberto quiere ir al baño. La hora de la comida es especialmente estresante. Es imposible que una sola persona pueda dar de comer a tantas bocas a la vez, así que cubiertos y comida acaban esparcidos por todas partes. Luego hay que recogerlo todo y conseguir que duerman un poco. A la hora de la siesta, Arancha intenta comer algo de su táper, mientas canta nanas y reparte caricias.
Pero los cuidados y el juego no son su única función. La Consejería exige a las educadoras infantiles una serie de requisitos educativos: elaborar una programación de actividades dirigidas a estimular determinadas habilidades, realizar memorias de los proyectos, evaluar el progreso de cada niño… Y todo esto deben hacerlo dentro del mismo horario que la atención a bebés, niñas y niños. ¿En qué galaxia del Universo es esto física y mentalmente viable?
La Educación Infantil española está en huelga, y con razón. Las profesiones de educación y cuidados son las más feminizadas (entre el 92% al 97% del profesorado infantil son mujeres) y las menos valoradas económicamente. Nuestras educadoras están desbordadas y exhaustas. Piden lo que es justo para ejercer su trabajo con dignidad y calidad.
Reducir del número de alumnos por aula
Las educadoras piden que España se equipare a la ratio europea, que establece tres bebés, cinco niños de 1 a 2 años y seis niños de 2 a 3 años. Algunas comunidades cuentan pareja educativa (dos educadoras por aula) pero en otras, como Madrid, solo hay una profesora por clase. Es imposible que una persona sola se haga cargo de tantas criaturas durante ocho horas sin terminar enferma, con hernias discales, problemas de espalda o solicitando una baja.
Mejoras salariales
El salario de una educadora infantil en España ronda los 1.200 a los 1.400 euros brutos mensuales. Las educadoras piden un aumento de los presupuestos destinados a la educación infantil. Con la externalización de servicios, muchos ayuntamientos y comunidades autónomas han convertido los derechos de profesoras y alumnos en una subasta, obligando a las trabajadoras a asumir toda la carga por salarios que apenas rozan el salario mínimo interprofesional. Por no hablar de los recursos en el aula, que suelen ser escasos o se quedan anticuados.
Reconocimiento como profesoras
Las educadoras también exigen que se les reconozca como personal docente y no personal laboral. La LOMLOE establece la Educación Infantil hasta los seis años como una etapa de carácter educativo y no solo asistencial. Sin embargo, todavía se considera a las educadoras como meras baby sitter, cuando realizan un trabajo estratégico y fundamental en el desarrollo cognitivo y afectivo de niñas y niños.
Escuchar a las educadoras y valorar el trabajo que hacen es fundamental en un Estado que pretende garantizar los derechos y el bienestar de la ciudadanía. Gracias a mujeres como Arancha, hoy muchas podemos enfrentarnos al mundo porque tenemos una buena base: construida desde la seguridad, la confianza y el desarrollo de nuestras capacidades.
