Pedro Sánchez hará hoy su último balance de esta legislatura… o no, antes de echar el cierre e irse de vacaciones. Pongo en duda lo de que sea el último porque ya hay algunos que apuntan que el presidente intentará exprimir al máximo su mandato, y que ha pedido informes para que esta no acabé cuando se celebraron los últimos comicios, sino cuando se constituyeron las Cortes, es decir, a mediados de agosto. También les digo que, a estas alturas, hacer cualquier quiniela estando quien está en la Moncloa, es un esfuerzo vano.
Creo que no me equivocaré anticipando que el relato de la España de hoy que hará Sánchez será muy positivo: la economía va bien, -dirá-; el Gobierno sigue gobernando para todos, se ha colaborado con la Justicia y hay que seguir porque lo que viene será terrible. No es que yo coincida con este diagnóstico, ojo, es el que pienso que va a plantear (y no hay que ser Nostradamus para ello).
La realidad, sin embargo, es que entramos en la recta final de un Gobierno que no tiene mayoría parlamentaria y que no ha sido capaz de sacar adelante ningún presupuesto en todos estos años (es más, el actual fue aprobado por las Cortes anteriores, ya me dirán si esto no supone ya una anomalía democrática).

Lo peor de todo, sin embargo, es la corrupción que rodea al presidente y al partido socialista. Hasta ahora, el Ejecutivo tiene ya tres sentencias en contra: la de Ábalos y Koldo; la del fiscal general del estado; y la de David Sánchez, el hermano del jefe del Ejecutivo, pero, además, hay unas 130 personas imputadas en distintas causas a cuál más escandalosa, entre ellas, Cerdán, Leire Díez, la directora general de la Guardia Civil, el DAO de la Benemérita, la gerente del PSOE… y, cómo no, José Luis Rodríguez Zapatero, que está ya a punto de decir aquello de “¿a quién cree usted, a mí o a sus ojos? cuando la gente le pregunta por sus joyas. La podredumbre que rodea a Sánchez, no ha hecho reaccionar a sus socios, que seguirán moviendo las líneas rojas que marcaron hace meses y consintiendo que la democracia se resienta ante tanta corrupción, porque mirar para otro lado continúa dándole réditos políticos. Eso sí, de cara a la galería dirán aquello de “la legislatura no da para más”, como si no estuviera en sus manos cambiar la situación.
Una cosa más, esta vez respecto a los incendios. España arde todos los veranos y los políticos se limitan a decir que es cosa del cambio climático. Si eso es así, que yo no lo niego, ¿por qué no adaptamos nuestros métodos de extinguir el fuego a estas nuevas realidades? Contantemente escuchamos la frase de que “los incendios se apagan en invierno”, pero no sé yo hasta qué punto las administraciones se aplican el cuento.
El propio Gobierno central había prometido, por ejemplo, que tendríamos catorce aviones anfibios, pero, en realidad, solo siete estaban operativos (y tres en el taller). También habría que tomarse en serio la limpieza de los montes para que esos fuegos tan virulentos no encuentren a su paso tanto combustible que quemar. Y mientras los partidos se pierden en discusiones bizantinas, hay ciudadanos que lo pierden todo: el negocio, el ganado, las tierras, la casa… e incluso la vida. Su balance sí que es trágico.

