Irene Montero e Ione Belarra han vuelto a hacer lo que mejor saben hacer: confundir la democracia con su propia comodidad ideológica.
El Papa León XIV intervino en el Congreso de los Diputados y, como era previsible, dijo cosas de Papa. No fue a presentar la nueva temporada de La isla de las tentaciones. No fue a bendecir el programa electoral del Ministerio de Igualdad. Fue como jefe del Estado Vaticano y como líder de la Iglesia católica, dos realidades que algunos distinguen o mezclan según les convenga.
Durante su discurso defendió que toda vida humana debe ser protegida desde la concepción hasta su ocaso natural, en una intervención centrada también en la dignidad humana, la convivencia, la responsabilidad pública y el bien común. Es decir: sostuvo la posición que la Iglesia lleva defendiendo siglos sobre el aborto y la eutanasia. Sorpresón: un Papa siendo católico.
Y ahí aparecieron ellas, indignadísimas. Montero acusándolo de ser el “jefe de una teocracia” y de atacar derechos “democráticamente conquistados” como el aborto y la eutanasia. Belarra dijo que el Congreso se había convertido en una iglesia y que el discurso nunca debería haberse producido en la sede de la soberanía popular. Todo con ese tono de alarma antifascista que reservan para cualquier cosa que no pase por su filtro moral.
¿Podemos calmarnos un segundo?
Escuchar posiciones opuestas en el Congreso es, precisamente, lo que lo convierte en un espacio democrático. La democracia no consiste en que solo hablen quienes repiten tus consignas. Consiste en soportar, escuchar y rebatir ideas que no te gustan sin convertir cada discrepancia en una amenaza existencial.
España no es un Estado confesional, de acuerdo. Pero tampoco es el cortijo laicista de Podemos. La Constitución dice que ninguna confesión tendrá carácter estatal, sí, pero también que los poderes públicos mantendrán relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones. Que esta vez el jefe de Estado invitado llevara sotana no transforma automáticamente el hemiciclo en una sacristía.
La cuestión de fondo no es la aconfesionalidad. Es otra: a Montero y Belarra no les molesta que alguien hable en el Congreso. Les molesta que hable alguien que no comulga con su dogma.
Porque si el problema fuera de verdad proteger la democracia, las habríamos visto igual de indignadas cuando el Congreso se ha usado para acusar a jueces de practicar “guerra sucia”, para hablar de lawfare como si cada resolución incómoda fuera un golpe de Estado, o para presentar al Poder Judicial como una mafia togada al servicio de la derecha. Eso sí erosiona una democracia: atacar la separación de poderes desde dentro de las instituciones. Pero ahí no hubo drama.
Y ya que hablamos de convertir el Congreso en algo que no debería ser, quizá conviene recordar aquella polémica conferencia promovida por Podemos en la que, según informaron varios medios, se calificó el atentado de Hamás del 7 de octubre como una “valiente iniciativa”, hasta el punto de que un juez abrió diligencias por posible enaltecimiento del terrorismo. Pero eso, por lo visto, no convertía el Congreso en una tribuna infame. Eso era “contexto”, “resistencia”, “Palestina” y todos esos comodines morales que sirven para justificar lo injustificable cuando el horror viene envuelto en la bandera adecuada.
Ahí está la hipocresía.
Para Podemos, la democracia no se degrada cuando se insulta a los jueces, cuando se blanquea a socios cuyo pasado político tiene demasiadas sombras o cuando se usa el Parlamento como escenario de propaganda, trincheras y ajustes de cuentas. No. La democracia se degrada cuando un Papa dice en voz alta que no apoya el aborto.
Lo más delirante es que lo llaman “ataque”. Como si el derecho al aborto dependiera de que nadie pueda cuestionarlo moralmente. Como si un derecho aprobado democráticamente quedara blindado frente a cualquier crítica ética, filosófica o religiosa. Como si la democracia consistiera en legislar algo y después prohibir que se discuta. Eso no es democracia. Eso es dogma.
Y por eso resulta tan irónico que acusen al Papa de teocrático. Pocas cosas se parecen más a una religión política que esa izquierda que tiene pecados, herejes, liturgias, dogmas, excomuniones públicas y una lista interminable de verdades reveladas que nadie puede cuestionar sin ser señalado.
Han cambiado el incienso por hashtags, el confesionario por el plató, el sermón por el hilo de Twitter y la excomunión por el linchamiento digital. Pero la lógica es la misma: quien no cree, fuera.
Lo siento, pero la democracia no va de protegerte de las ideas que te incomodan. Va de permitir que existan. Va de que un Papa pueda defender la vida, un liberal pueda criticar al Estado, un conservador pueda hablar de familia y un socialista pueda hablar de igualdad. Y después, se debate. Se vota. Se legisla. Se pierde. Se gana.
Lo que no se hace es fingir que cada discurso que no te gusta es un atentado contra la soberanía popular.
Porque si el Congreso es de verdad el “templo de la democracia”, como dice Belarra, entonces lo mínimo que debería admitir ese templo es la palabra. Y ese es el verdadero problema: no que el Papa hable en el Congreso, sino que algunos solo creen en la libertad de expresión cuando el micrófono lo tienen ellos.
La democracia no se rompe porque un Papa diga algo católico. La democracia se rompe cuando se decide que ciertas ideas no pueden ser pronunciadas en voz alta. Cuando se llama “ataque” a discrepar. Cuando se convierte al adversario en enemigo. Cuando se acusa a jueces, periodistas, instituciones o ciudadanos de conspirar contra el pueblo cada vez que no obedecen al relato correcto.
Así que no, el Congreso no se convirtió en una iglesia.
Durante media hora se convirtió en algo mucho más raro en la política española actual: un sitio donde alguien habló de dignidad, límites, responsabilidad y convivencia.
Y quizá por eso les molestó tanto.

