Opinión

Esa mujer

Michelle Obama.
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Michelle Obama ha ocupado de nuevo estos días los titulares sin necesidad de presentarse a ninguna elección, o dirigir ningún partido. En realidad, el motivo se su reaparición resultaba bastante banal, la inauguración del centro presidencial dedicado a Barack Obama en Chicago. Michelle pertenece a una categoría muy concreta de mujeres que resultan especialmente difíciles de soportar para una parte de la opinión pública: las que poseen influencia notoria sobre sus esposos y, al menos en apariencia, son dueñas de una personalidad notable.

Las redes han ardido con viejos bulos, fotos manipuladas o mero odio destilado línea a línea, pero esta estrategia es antigua; de hecho, muchísimo vetusta que las redes sociales. Se decía que si el rey mantenía una amante, esta se convertía en el chivo expiatorio de los males del reino; en los raros casos en los que era fiel a su esposa, era ella la que debía soportar ese peso.

Por eso resulta tan previsible el catálogo de ataques que reciben determinadas mujeres en todo el mundo. Michelle Obama en Estados Unidos. Brigitte Macron en Francia. Begoña Gómez en España. No importa la ideología concreta o la personalidad de cada una porque las acusaciones son idénticas. Oh, por supuesto que se las supone ambiciosas, intrigantes, manipuladoras, oscuras. Siempre persiguen algo. Qué exactamente nunca queda del todo claro, pero al fin y al cabo se trata de una versión actualizada a toda prisa de esa Lady Macbeth que susurra al oído del rey.

Conocemos de sobra la teoría conspirativa según la cual serían en realidad hombres o una mujer trans. También se han difundido teorías sobre su maternidad, según la cual sus hijos no serían realmente suyos. Rara vez se acusa a estas mujeres de algo relacionado con sus ideas, sino que se apunta directamente al cuerpo, al sexo, y a su legitimidad como mujeres. Lejos de que baste con criticar lo que hacen, hay que discutir lo que son.

Volvemos a una antigua herencia cultural. Históricamente, cuando una mujer adquiría una influencia difícil de explicar dentro de los esquemas tradicionales, aparecía la sospecha de que no era una mujer verdadera. ¿Es posible que fuera una bruja? ¿O solo perversa, sexualmente insaciable o manipuladora? ¿O una trans, parte de conspiraciones al acceso de unas pocas?

Estas teorías no intentan demostrar nada, y saben que sus pruebas se desmontan en apenas dos búsquedas superficiales. El objetivo es otro, la corrupción de su percepción pública, la contaminación de una reputación muy expuesta y poco susceptible de defenderse con la misma contundencia, porque aceptar la realidad exigiría algo mucho más incómodo: reconocerles criterio propio, prestigio personal y capacidad de influencia independiente.

Y eso perturba a un número importante de personas, de uno y otro sexo; el problema no se trata tanto en que acumulen poder formal (de hecho, muchas veces carecen de él), sino que no puedan ser controladas, que no necesiten ser elegidas para resultar relevantes y que hayan construido una autoridad que no depende de un cargo, un partido o unas siglas.

Nuestro sistema político entiende perfectamente el poder. Con lo que no se maneja tan bien es con la influencia. Sabemos cómo derrotar a un candidato, y cuando todo falla solo basta con que el tiempo cumpla con su tarea, pero ignoramos qué hacer con una persona a la que millones escuchan voluntariamente. Y algunas mujeres generan tanta ansiedad pública porque recuerdan algo que la política profesional y muchos medios de comunicación preferiría olvidar: que no toda autoridad procede de las instituciones. Y a ver qué hacemos con esa peligrosa forma de anarquía.