Keiko Fujimori asumirá por fin el próximo 28 de julio la presidencia de la República del Perú. Lo ha peleado como pocos. Varias veces estuvo a punto de acceder a la presidencia, pero no pudo superar la segunda vuelta ni en 2011, ni en 2016, ni en 2021. Ahora sí, con muy escaso margen se impuso en unas reñidísimas votaciones por 50,1% frente al 49,9% a Roberto Sánchez, el candidato de la extrema izquierda, heredero de Pedro Castillo y Ollanta Humala, todos ellos hijos espirituales del general Juan Velasco Alvarado, autor del golpe militar revolucionario de 1968.
No cabe duda de que la trayectoria política y personal de Keiko Fujimori está dominada por su apellido. Decir Fujimori en el Perú provoca que inmediatamente se enciendan las luces rojas por las muchas ronchas que sus políticas dejaron en la memoria colectiva de los peruanos. Atrás queda la lucha institucional contra Sendero Luminoso, las medidas ultraliberales, las grabaciones de Vladimiro Montesinos, la corrupción a raudales y el encarcelamiento de “el chino”, como se le llamaba popularmente. La futura presidenta ya fue primera dama, siendo muy joven, del Perú entre 1994 y 2000 y siempre defendió la trayectoria de su padre.

Keiko es mucho más que la hija de Fujimori. Cuenta con una trayectoria académica y política que le avalan, además de exhibir siempre una amplia sonrisa como expresión de una personalidad arrolladora. Estudió Administración de Empresas en la prestigiosa Universidad de Boston y obtuvo un máster en la todavía más prestigiosa Universidad de Columbia. Nacida en 1975, fue elegida congresista en el 2006, fundó el partido Fuerza Popular en 2011 y se convirtió en la líder indiscutible del fujimorismo, que es tanto como decir la derecha y la extrema derecha peruana. Una especie de trumpismo previo a Trump y precursor de la ola de este perfil de políticos que domina la escena latinoamericana con Milei, Novoa, Espriella, Kast y Bukele, entre otros destacados miembros.
Su figura no puede ser más controvertida. Sus críticos, que son muchos, la presentan como heredera de los excesos de corrupción y autoritarismo de su padre. Ella misma estuvo salpicada por el caso Odebrecht, aunque finalmente sus acusaciones quedaron archivadas. Sus partidarios, que también son muchos, la identifican con el orden en las calles y la estabilidad de la economía. Pero todos coinciden en señalarla como la mujer más poderosa del país. Un auténtico animal político.
Keiko es una política conservadora, tradicional y que profesa un profundo catolicismo. Defiende la economía liberal, practica el populismo y está situada en ese nuevo espectro que une a la derecha con la extrema derecha. Es dura y rocosa, de indestructibles convicciones, siempre se alineó con la trayectoria de su padre, al que se empeña en distanciar de la corrupción de Montesinos y al que sólo cuestiona por su autoritarismo. Esto no la impide señalar que el Perú necesita “mano dura” y democracia “fuerte”.

Vamos con la economía, propósito de esta semanal columna. Desde hace décadas, la economía y la política no van de la mano en Perú. En términos generales, los datos macroeconómicos son buenos en el país, mientras la situación política sólo puede calificarse de calamitosa. En lo que va de siglo, ha conocido doce distintos presidentes. Algunos se suicidaron, otros están perseguidos por la justicia y otros permanecen en prisión. La corrupción y los excesos están detrás de esta desgraciada situación política.
La República del Perú, que alcanzó la independencia en 1821, cuanta con una población de 34 millones de habitantes, un PIB de 340.000 millones de dólares y una renta per cápita que no alcanza los 10.000 dólares. Se la considera como un mercado emergente, calificado por el Banco Mundial de ingreso medio-alto, con enormes desigualdades sociales. Sus principales producciones se encuentran en una potente industria minera, junto a la agricultura, la pesca, la construcción y el comercio. Su población es mestiza desde la época colonial, con unas migraciones abundantes de Europa, Japón y China.
A lo largo de estos años, sus cifras de crecimiento han sido buenas, superando el 3% en muchos ejercicios, y con una inflación bastante contenida para los estándares latinoamericanos. Su deuda se sitúa en el 32% de su PIB, habiendo sido capaces de ir aminorándola en los últimos ejercicios. En las dos primeras décadas de este siglo experimentó uno de los mayores crecimientos de la región motivado por una estabilidad macroeconómica, la inversión extranjera y la exportación de minerales y materias primas. Su PIB está dominado por los servicios, con un 57%, la minería, con un 35%, y la agricultura y pesca, con un 8%. Sus principales productos de exportación son el cobre, el oro, el zinc y la plata, siendo sus principales socios China, que no se pierde una, y los Estados Unidos.
La pobreza afecta a un 28% de la población, cifrándose en un 5% la considerada como extrema, estimando que la economía informal absorbe alrededor del 70% del empleo. Muchos trabajadores carecen de contrato, pensión o cobertura social.

Perú tiene una economía en crecimiento con sectores fuertes en minería, agricultura y pesca. Sin embargo, se enfrenta a retos como la desigualdad de ingresos, un panorama político caótico y la dependencia de las volátiles exportaciones de materias primas.
Este, más o menos, el país que recibe Keiko. Ella lo conoce bien y no duda en plantear políticas inspiradas en las que tanto éxito otorgaron a su padre. Un fujimorismo liberal, orientado al mercado y a la inversión privada, dejando al Estado un papel para las infraestructuras y la seguridad. Respeto a la independencia del Banco Central, disciplina fiscal y monetaria y rechazo a las nacionalizaciones. Promete al sector privado seguridad jurídica, simplificación administrativa y aligeramiento de la burocracia. Apoyo decantado hacia la industria minera, con incentivos fiscales para los proyectos. Apuesta decidida por las infraestructuras, muchas de ellas bloqueadas tras el escándalo Odebrecht. Aspira a reducir la informalidad laboral y apoyar a los pequeños emprendedores. Falta les hace.
Se habla mucho de la paradoja peruana. Sólo hay que pasearse por las calles de Miraflores y San Isidro, en Lima, para ver sus restaurantes de moda, sus cocineros estrella, sus galerías de arte, sus coches de alta gama y su ropa de último grito. Al levantar la cabeza, se ven los cerros que rodean la ciudad, hundidos en la infravivienda, la falta de agua, las calles sin asfaltar y con carencias insultantes. Una paradoja en la que conviven la estabilidad macro y el crecimiento elevado con la pobreza, la desigualdad extrema y la precariedad laboral. Esperemos que Keiko con su eterna sonrisa sea capaz de mantener crecimiento y estabilidad, al tiempo que reduce la informalidad, combate la pobreza, mejora la educación y desarrolla las regiones alejadas de Lima.

