Opinión

Moción de censura

Pedro Sánchez reacciona durante una rueda de prensa en la Embajada de España ante la Santa Sede, en Roma, Italia, el 27 de mayo de 2026.
Pedro Sánchez reacciona durante una rueda de prensa en la Embajada de España ante la Santa Sede, en Roma, Italia, el 27 de mayo de 2026.
EFE/EPA/FABIO FRUSTACI
María Dabán
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Viendo la corrupción política que nos rodea, se puede decir que los españoles nos parecemos cada vez más a Sísifo, ese rey griego condenado por los dioses a subir una enorme piedra por una montaña y observar cómo, antes de llegar a la cima, la piedra caía hasta el fondo obligándole a iniciar de nuevo esa ardua tarea que se repetiría por toda la eternidad. La piedra sería, para nosotros, esa regeneración que nunca llega.

Han pasado ocho años desde que triunfó la moción de censura que permitió a Pedro Sánchez llegar a la Moncloa bajo la premisa de la lucha contra la corrupción y la regeneración democrática, pero lo que vamos conociendo desde hace meses es que, en realidad, nada más llegar al Gobierno, los socialistas se pusieron a exigir su parte del botín. Las palabras pronunciadas entonces por José Luis Ábalos desde la tribuna de oradores al asegurar que “los españoles no podemos tolerar ni la corrupción, ni la indecencia”, suenan hoy más cínicas que nunca si atendemos al comportamiento del orador. Pero, ¿qué se puede esperar de una persona que visitaba en plena pandemia la basílica de El Pilar de Zaragoza y luego se iba al hotel a realizar un trío con dos prostitutas rumanas a las que habían acreditado como “técnicas” de la empresa que supuestamente pagaba la fiesta a cambio de contratos públicos?

Se calcula que Sánchez tiene imputadas a día de hoy a unas 40 personas de su partido y de su entorno, pero, lejos de asumir responsabilidad alguna por su acción u omisión en estos casos (como la que él echaba en cara a Rajoy), ha elegido ejercer de Retógenes, el caudillo que resistió en Numancia a Escipión hasta que los romanos arrasaron la ciudad.

La resistencia numantina de Sánchez y de los suyos pasa por decir que se están utilizando métodos no democráticos para echarles de la Moncloa, pero, vistas las evidencias que se nos presentan día tras día, cuesta creer ya este argumento, aunque siempre habrá fieles dispuestos a creer todo lo que diga su líder.

Hasta el momento Sánchez tiene una baza a su favor: ni el PNV ni Junts quieren sumar sus votos a una moción de censura en la que esté incluido Vox. Alberto Núñez Feijóo es consciente de que, aunque de momento no le dan los números para llegar a esa meta, ambas formaciones están cada día más incómodas por todos los casos que se están conociendo, por eso las intervenciones de los últimos días del líder del PP se están dirigiendo a presionar a Aitor Esteban y Carles Puigdemont prometiéndoles, además, que, en caso de ser elegido presidente a través de una moción de censura, convocaría elecciones de inmediato. Con esta estrategia, de paso, Feijóo deja claro a los suyos que no está esperando sin más a ver pasar el cadáver político de su adversario.

Para Sánchez, el problema es que el panorama que le espera en las últimas semanas y meses no será probablemente muy halagüeño, que la tormenta no escampará, sino todo lo contrario, sobre todo si algunos de los implicados en las causas abiertas, se deciden a hacer un Aldama y a colaborar con la jueces. Hace ocho años, desde la tribuna del Congreso, Sánchez le dijo a Rajoy una frase que hoy día podría aplicarse a sí mismo: “¿Qué más tiene que pasar- aseguró- para que entienda que su presencia al frente del Gobierno es dañina y un lastre para el país y para su propio partido?”

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